CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7
Hace poco más de un año, en el Teatro Español, se estrenaba Personas, lugares y cosas, el aclamado texto del dramaturgo inglés Duncan Macmillan. Un montaje que cosechó un enorme éxito y que ahora vuelve a reponerse en el mismo teatro de la mano de Pablo Messiez, responsable de su adaptación y dirección, y con Irene Escolar como gran protagonista, en uno de sus trabajos más sobresalientes sobre las tablas.
Uno de los textos más aclamados de Duncan Macmillan
El teatro de Macmillan tiene la capacidad de abordar algunos de los grandes conflictos de nuestro tiempo desde una mirada profundamente humana. Sus personajes se enfrentan a cuestiones como la maternidad, la depresión o las adicciones, pero sus obras rehúyen las respuestas fáciles y buscan, a través del humor y de una mirada tan cruda como sensible, adentrarse en las contradicciones de aquello que nos preocupa como sociedad y como individuos.
Es un dramaturgo que nos gusta especialmente y del que ya hemos tenido ocasión de ver en Madrid otras dos de sus obras más prestigiosas: Pulmones, representada en el Centro Dramático Nacional, y Las cosas extraordinarias, que pudo verse en el off del Teatro Lara. Ambas llegaron a los escenarios madrileños en 2019 y fueron reseñadas en su momento en nuestro blog.
En Personas, lugares y cosas, Macmillan nos lleva hasta un centro de rehabilitación donde Emma, una actriz que acaba de tocar fondo, intenta recomponer las piezas de una vida que se le ha ido de las manos. Su llegada a la clínica se produce después de colapsar sobre el escenario mientras interpreta La gaviota de Chéjov. Allí comienza un proceso de desintoxicación que la obligará a enfrentarse no solo a su adicción, sino también a todo aquello que se esconde detrás de ella.
Rodeada de otros pacientes, entre sesiones de terapia, recuerdos, recaídas y alucinaciones, Emma tendrá que aprender a mirar de frente sus propias contradicciones. Porque si durante años ha encontrado en la interpretación una manera de escapar de sí misma, ahora tendrá que descubrir quién queda cuando ya no hay personaje que interpretar. Y es ahí donde la obra empieza a abrirse a otras preguntas. ¿Qué nos lleva a querer escapar de nosotros mismos? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para no enfrentarnos a aquello que nos duele? Macmillan habla de la adicción, pero también de la necesidad de encontrar un lugar en el mundo y de aprender a vivir con todo aquello de lo que durante tanto tiempo hemos intentado huir.
La adaptación y dirección de Pablo Messiez
Y para llevar esta historia a escena encontramos a Pablo Messiez, uno de los nombres más reconocidos de la escena teatral contemporánea, que a lo largo de los últimos años nos ha dejado trabajos tan destacados como La piedra oscura, La distancia o He nacido para verte sonreír. En esta ocasión, Messiez no solo se encarga de la dirección, sino también de adaptar el texto de Duncan Macmillan, trasladándolo a nuestra escena sin perder la esencia de una historia tan dura como necesaria.
Y es que Macmillan vuelve a enfrentarse aquí a uno de esos temas que atraviesan buena parte de su dramaturgia: la adicción. Pero también el proceso de desintoxicación, la relación del adicto con su entorno y, especialmente, con quienes le quieren, y todo lo que implica intentar salir de un lugar del que no siempre resulta sencillo escapar. Lo interesante es que, pese a la dureza de lo que cuenta, el autor nunca deja que el drama lo ocupe todo. El humor, incluso el humor negro, aparece constantemente, también en los momentos más dolorosos, como una forma de aliviar la tensión y permitirnos respirar dentro de una historia que, de otro modo, podría resultar difícil de sostener.
Messiez entiende bien ese equilibrio y lo potencia en su puesta en escena. El montaje sabe moverse entre el dolor y el humor, entre la crudeza de la adicción y esos momentos de ligereza que permiten que la historia avance sin caer nunca en el dramatismo excesivo. Una combinación que funciona especialmente bien y que consigue que el espectador pueda acercarse a un tema tan complejo desde diferentes lugares.

Una puesta en escena que juega brillantemente con el espacio
Ese equilibrio entre dureza y ligereza también encuentra su reflejo en la puesta en escena. Messiez se encarga de llevar a escena el texto que él mismo ha adaptado y lo hace con una propuesta que nos convence especialmente en su utilización del espacio. La escenografía de Max Glaenzel es uno de los grandes aciertos del montaje. En esa primera escena en la que vemos a los personajes de Irene Escolar y Javier Ballesteros interpretando La gaviota de Chéjov, el escenario todavía aparece ocupado por los elementos necesarios para la representación. Inmediatamente después, todo desaparece y queda completamente desnudo. Apenas algunos elementos y los focos suspendidos sobre el espacio, lo que permite contemplar el Teatro Español en toda su profundidad y belleza y hace que sean los propios actores quienes terminen llenando ese enorme escenario.
Ese espacio prácticamente vacío cambia en el último tramo, cuando aparece una plataforma que recrea la habitación de Emma en la casa de sus padres. El contraste funciona especialmente bien y aporta una intimidad diferente a ese momento de la función. También destacan la iluminación de Carlos Marquerie y el espacio sonoro y la música original de Óscar G. Villegas, que acompañan los diferentes estados de Emma y contribuyen especialmente a transmitir su desorientación durante los momentos más alterados de su proceso de desintoxicación. Por último, alabar el importante trabajo de movimiento escénico -de Josefina Gorostiza-, fundamental para acompañar las transformaciones de Emma y la manera en la que el cuerpo se convierte en una herramienta más para contar su proceso.
No todo nos convence, sin embargo, al mismo nivel, y es en el ritmo donde encontramos nuestro principal reparo al montaje. La primera parte se nos hace, por momentos, excesivamente densa. Las escenas de terapia grupal son interesantes y necesarias para entender el proceso de Emma y conocer a los personajes que la rodean, pero su reiteración termina resintiendo el ritmo. Hay momentos en los que sentimos que la función avanza demasiado despacio y que algunas de estas situaciones podrían haberse concentrado más. No creemos que sobren por lo que cuentan, sino que su acumulación termina generando cierta sensación de monotonía.
La segunda parte, en cambio, nos parece mucho más sólida y compacta. Después de su primer paso por la clínica, Emma ha salido, pero ese intento de recuperación no ha funcionado y termina regresando al centro para comenzar de nuevo el proceso. Es a partir de ahí cuando la función adquiere un ritmo diferente y nos conduce finalmente hasta la casa de sus padres, donde encontramos algunos de sus momentos más potentes. El reencuentro con ellos tiene una enorme fuerza y alcanza una crudeza extraordinaria en las palabras del padre y, sobre todo, en la conversación final con la madre. Son escenas muy dolorosas e intensas en las que la obra encuentra una mayor verdad y contundencia. Y es precisamente ahí donde sentimos que Personas, lugares y cosas alcanza una fuerza que nos habría gustado encontrar con la misma intensidad desde el comienzo. El primer tramo, por tanto, creemos que podría haberse aligerado para llegar a este último tercio con un ritmo más fluido y conseguir que la intensidad de su tramo final tuviera todavía un mayor impacto.
Irene Escolar: una Emma espléndida
Y si hay un elemento que sostiene buena parte del montaje incluso en esos momentos en los que el ritmo se resiente, ese es, sin duda, su protagonista. Uno de los grandes retos de Personas, lugares y cosas era encontrar una actriz capaz de meterse en la piel de Emma y sostener con maestría todos los registros que exige el personaje. Y ahí aparece Irene Escolar, que se convierte en uno de los grandes pilares de este montaje con una interpretación soberbia.
Estamos, sin duda, ante una de las grandes actrices de su generación y aquí vuelve a demostrarlo enfrentándose a un personaje de una complejidad extraordinaria. No es nada fácil asumir un papel como el de Emma. Hay que remontarse a 2015, cuando Denise Gough, al frente de este mismo personaje en el estreno londinense, se llevó, entre otros reconocimientos, el Olivier a la Mejor Actriz. El listón estaba, por tanto, muy alto, y Escolar sale más que airosa del desafío.
Su interpretación está llena de verdad y de matices. La vemos transformarse a lo largo de la función, incluso físicamente, y pasar de un estado a otro con una naturalidad asombrosa: de la fragilidad y la vulnerabilidad al humor, del dolor a la violencia y de ahí a la desesperación. Las escenas de terapia, sus encuentros con el resto de personajes y los diferentes momentos por los que atraviesa Emma exigen una enorme capacidad de escucha y de entrega, y Escolar responde en todo momento. Es un auténtico placer verla sobre las tablas, completamente metida en la piel de Emma y dándolo todo en cada uno de sus estados.

Un sólido reparto en el que brillan Sonia Almarcha, Javier Ballesteros y Pepe Sevilla
Junto a Irene Escolar encontramos un elenco que funciona a muy buen nivel y que consigue acompañar a la protagonista en todo su recorrido. Sonia Almarcha está magnífica en los tres papeles que interpreta: la doctora, la terapeuta y la madre de Emma. Especialmente divertida resulta como terapeuta, con un acento completamente diferente, pero también está estupenda como doctora y como madre, demostrando una enorme versatilidad y consiguiendo diferenciar perfectamente cada uno de sus personajes. Dando vida a la madre, además, nos brinda una de las mejores escenas de la obra y una de las más crudas, en una conversación final con su hija que, por la dureza de lo que se dicen, deja prácticamente sin respiración al patio de butacas.
Javier Ballesteros, por su parte, brilla interpretando a Marc, uno de los personajes que más nos han gustado de la función. Especialmente arisco con Emma durante la primera parte de la obra, resulta muy llamativa la evolución de su relación, que va cambiando a medida que avanza la historia y que nos permite descubrir poco a poco las diferentes capas de ambos personajes. También nos ha encantado Pepe Sevilla como Pastor, uno de los papeles más divertidos de la obra. El actor lo borda gracias a esa vis cómica tan natural que tiene y a esa manera tan particular de jugar con el personaje, llevándolo a su terreno y consiguiendo algunos de los momentos más graciosos de la función.
Tomás del Estal destaca especialmente por el contraste entre los dos personajes que interpreta. Como Pol aporta otro de los registros más cómicos de la función, mientras que como padre de Emma se mueve en un terreno mucho más duro y contenido. Dos papeles muy diferentes que el actor sabe diferenciar y resolver con mucha solvencia.
El resto del elenco contribuye a completar el universo que rodea a Emma, con Daniel Jumillas en la piel de Juan, Claudia Faci interpretando a Charlotte, Mónica Acevedo como Laura, Blanca Javaloy dando vida a Moni y Manuel Egozkue como T. Son personajes que desde diferentes lugares acompañan el proceso de la protagonista y terminan de dar forma al grupo que encontramos en la clínica. A ello se suma Josefina Gorostiza como doble de Emma, quien además es la responsable del movimiento escénico.
Lo mejor
La espléndida actuación de Irene Escolar, que nos ofrece una interpretación llena de verdad y matices; el texto de Duncan Macmillan, crudo y doloroso al mismo tiempo, pero capaz de encontrar constantemente espacio para el humor; y la puesta en escena de Pablo Messiez, con un uso del espacio escénico que aporta mucha fuerza al montaje.
Lo que menos nos ha gustado
La primera parte, que nos ha parecido especialmente densa por momentos, algo que termina afectando al ritmo de la función. Las escenas de terapia grupal, aunque necesarias para comprender el proceso de Emma y conocer a los personajes que la rodean, llegan a hacerse algo monótonas en determinados momentos.
Aldo Ruiz
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