CALIFICACIÓN.- EXCELENTE: 8
Una cerradísima ovación premiaba este sábado la actuación de Natalia Huarte, que a lo largo de sesenta minutos se mete en la piel de Leonora Carrington, pintora, escultora y escritora surrealista de origen británico, símbolo de un espíritu libre e indómito y de una vida consagrada al arte. Huarte vuelve a demostrar que es una de las grandes actrices de nuestro teatro y nos brinda una interpretación luminosa y llena de matices en este monólogo escrito y dirigido por Alberto Conejero.
Leonora es un acercamiento libre al universo de esta artista, inspirado en Memorias de abajo, de la propia Carrington. En palabras del propio Conejero, la obra no pretende capturar ni representar la biografía de la creadora, sino transmitir «la fuerza de voluntad de un ser humano extraordinario que inventó mundos para sobrevivir a un mundo despiadado». Y, como continúa el propio dramaturgo, Leonora es, ante todo, «una carta de amor al deseo de libertad de Carrington en tiempos de penumbra y al misterio de una obra artística excepcional».
Desde esta premisa, durante sesenta minutos la obra recorre algunos de los episodios más importantes y tormentosos de la vida de Leonora Carrington. Desde muy joven, la artista se rebeló contra el destino de «señorita bien» que su familia, rica y ultracatólica, había diseñado para ella. Expulsada de varios colegios de monjas por su carácter indómito, encontró en el arte su verdadera vocación. En Florencia descubrió a los grandes maestros italianos y, poco después, de la mano del pintor alemán Max Ernst, entró en el universo surrealista. Pero la guerra y la persecución truncaron aquella etapa: la detención de Ernst provocó en ella un profundo colapso que la llevó a España, donde sufrió una violación y fue internada en un sanatorio psiquiátrico, sometida a terribles tratamientos que ella misma relataría en Memorias de abajo.
Tras escapar del internamiento y llegar a Lisboa, se refugió en la embajada de México, donde conoció al poeta y diplomático mexicano Renato Leduc. Con él contrajo matrimonio para poder abandonar Europa. Pasaría primero por Nueva York y, en 1942, llegaría a México, país en el que desarrollaría buena parte de su trayectoria artística y donde viviría hasta su muerte en 2011. Una vida marcada por la rebeldía, la creación, la violencia y la supervivencia que Conejero convierte en materia teatral para acercarnos a una mujer que se negó siempre a aceptar el destino que otros habían elegido para ella.
Precisamente ahí reside también una de nuestras principales reservas ante la propuesta. Al partir de Memorias de abajo, el relato se centra fundamentalmente en la dimensión más personal, dolorosa y tormentosa de la vida de Carrington, y echamos en falta una mayor presencia de su faceta artística. Si la creación fue para ella una vocación irrenunciable y, en buena medida, una forma de supervivencia, nos habría gustado que la obra se detuviera más en su pintura, en su universo creativo y en esa pasión que la acompañó durante toda su vida.

La puesta en escena que firma Alberto Conejero constituye uno de los grandes atractivos de Leonora. Hemos visto la mayoría de las piezas escritas y dirigidas por el dramaturgo y, en esta ocasión, vuelve a quedar patente su gusto por la composición escénica. Un tapiz cuadrado, desnudo, se convierte en el espacio sobre el que se desarrolla toda la historia y por el que Natalia Huarte se desliza durante los sesenta minutos de la función. El diseño de iluminación de Leticia L. Karamazana es especialmente brillante: un magnífico juego de luces y sombras que, sobre ese espacio aparentemente vacío, crea distintas atmósferas e imágenes y consigue que Huarte, aunque esté sola en escena, parezca estar acompañada en muchos momentos. A ello se suma la excelente asesoría de movimiento de Luz Arcas. Los desplazamientos de la actriz sobre el tapiz forman parte esencial de la propuesta y, a lo largo de toda la función, adquieren una cualidad casi coreográfica que aporta una dimensión visual de gran belleza.
En esa misma línea, el espacio sonoro y la música de Luis Miguel Cobo contribuyen de manera decisiva a la construcción del montaje. Cobo, uno de los grandes nombres de la creación musical para la escena, vuelve a desplegar aquí todo su talento, acompañando y potenciando cada momento sin imponerse sobre la acción. Es brillante la elección de la música y la utilización de los distintos elementos sonoros a lo largo de toda la función. En definitiva, Conejero consigue en Leonora una mirada escénica sólida y muy consistente, en la que el espacio, la luz, el movimiento y el sonido dialogan de manera orgánica y contribuyen a construir un conjunto de gran coherencia. A nuestro juicio, el dramaturgo firma en este montaje uno de sus trabajos más brillantes a nivel de dirección.
Precisamente por la belleza y el cuidado de esta propuesta, quizá echamos en falta un poco más de riesgo. Sin romper el tono ni la estética elegida por Conejero, una pieza dedicada a una pintora como Carrington parecía pedir, en algún momento, un gesto escénico un tanto más arriesgado, capaz de irrumpir en su universo surrealista y sorprender al espectador. Hay un momento especialmente sugerente en el que Natalia Huarte realiza unos trazos y movimientos con las manos, como si estuviera pintando; es precisamente ahí cuando pensamos que la puesta en escena podría haber dado un paso más y acercarnos, de algún modo, a su universo pictórico. Algún elemento inesperado, especialmente en el tramo final, habría supuesto ese punto de ruptura que echamos en falta y habría llevado la propuesta un poco más lejos, hacia un territorio más arriesgado y más cercano a la singularidad del universo de Carrington.

Pero si hay un elemento que termina de elevar el montaje es, sin duda, la extraordinaria actuación de Natalia Huarte. Desde su primera aparición en escena, incluso antes de entrar en el tapiz, con todas las luces encendidas y dirigiéndose directamente al público para introducirnos en el universo de la pieza, la actriz establece de inmediato una relación de enorme intensidad con el espectador. Hay en su presencia escénica algo arrollador, pero también una gran capacidad para modular el gesto, la palabra y el movimiento. Huarte ocupa el espacio con naturalidad, lo recorre, lo transforma y lo hace suyo, sosteniendo en todo momento la atención del público. Hay luz, verdad y un absoluto dominio del escenario en una interpretación que encuentra el equilibrio entre la fuerza y la elegancia.
Leonora supone, además, un paso importante en su trayectoria. Sostener en solitario durante sesenta minutos el peso de una función exige una capacidad interpretativa fuera de lo común, además de una gran resistencia física y emocional. Huarte supera el desafío con una solvencia que sitúa su trabajo junto a algunos de los grandes monólogos que, en los últimos años, han dejado huella en la trayectoria de sus intérpretes: El testamento de María, con Blanca Portillo; Juicio a una zorra, con Carmen Machi; La violación de Lucrecia, con Nuria Espert; Ifigenia en Vallecas, con María Hervás; Prima Facie, con Vicky Luengo; o La plaza del Diamante, con Lolita. Leonora se incorpora así a esa tradición de grandes trabajos monologales y queda estrechamente ligada al nombre de Natalia Huarte, que encuentra aquí un reto a la altura de su talento.
El propio Conejero ha definido el trabajo de Huarte con unas palabras que resultan especialmente reveladoras: «Muy pocas veces he visto en un escenario una intérprete con un desempeño tan magnético, volcánico y a la vez tan preciso». La definición resulta especialmente certera. Hay magnetismo, intensidad y una energía que nunca se desborda gratuitamente, porque todo en Huarte parece responder a una medida exacta. Cada movimiento, cada pausa, cada inflexión de la voz y cada gesto contribuyen a construir una Leonora compleja, vulnerable, rebelde y profundamente vital. La actriz no se limita a interpretar al personaje: lo habita y consigue que su presencia trascienda la palabra para convertirse en materia escénica. Verla en escena durante estos sesenta minutos es, en definitiva, asistir a una clase magistral de interpretación.
En definitiva, Leonora nos ha gustado muchísimo. Estamos ante un montaje de gran sensibilidad, sostenido por una escritura poética, una dirección de notable inteligencia escénica y, sobre todo, por una extraordinaria actuación de Natalia Huarte. Queda, eso sí, el deseo de que este domingo, día 13, no sea la última vez que podamos verla en La Abadía. Ojalá Leonora vuelva pronto a los escenarios y podamos disfrutar de nuevo de Huarte sobre sus tablas.
Lo mejor:
La extraordinaria actuación de Natalia Huarte, la propuesta escénica de Alberto Conejero y el descubrimiento de una figura como Leonora Carrington, cuya vida y universo artístico nos han cautivado y despiertan el interés por conocer más a fondo a esta fascinante creadora.
Lo que se podría mejorar:
Una mayor profundización en la dimensión artística de Carrington, fundamental en su trayectoria y también en su proceso de transformación vital, y un punto más de riesgo en la propuesta escénica que permitiera trasladar al escenario la singularidad de su universo pictórico.
Aldo Ruiz
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