«DONDE CRECEN LOS TARAYS»: PERIS-MENCHETA CONMUEVE CON TRES HISTORIAS QUE PONEN ROSTRO AL DRAMA DE LA INMIGRACIÓN EN UNA BRILLANTE PROPUESTA ESCÉNICA

CALIFICACIÓN: EXCELENTE — 8

 

Teníamos muchas ganas de ver Donde crecen los tarays, el primer texto original de Sergio Peris-Mencheta, un montaje que se representa en la Sala Mirador y que aborda uno de los dramas más dolorosos y urgentes de nuestro tiempo: la migración. Un tema al que el director ya se había acercado en uno de sus anteriores trabajos, 14.4, que pudimos disfrutar en 2024 en el Matadero. Con texto de Juan Diego Botto, aquel monólogo ponía también el foco en las dificultades de quienes se ven obligados a cruzar el Estrecho en busca de una vida mejor. Ahora, Peris-Mencheta vuelve a acercarse a esta realidad, pero lo hace desde la dramaturgia, con un texto propio que amplía esa mirada y nos presenta otras historias y otras voces.

Donde crecen los tarays nace del impulso de reaccionar ante los acontecimientos que se están viviendo en Ceuta, especialmente ante la llegada multitudinaria de personas migrantes y todo lo que este fenómeno implica. Una realidad que sigue interpelándonos y que el nuevo dramaturgo convierte en materia teatral a través de las historias de tres chicas adolescentes, Amal, Najat y Hayat, que se ven obligadas a adentrarse en el mar por motivos muy diferentes. Un texto y un montaje absolutamente necesarios, que ponen voz y rostro a quienes tantas veces quedan reducidos a cifras y titulares.

Tres historias, tres vidas y un mismo destino: el mar

Amal abandona su casa para impedir que su hermano pequeño, Samir, se lance también al mar; Najat lleva meses preparándose para cruzar a Ceuta; y Hayat huye embarazada de Casablanca, escapando de un hombre posesivo que todavía no sabe que espera una hija. Tres vidas, tres circunstancias y tres motivos distintos que terminan confluyendo en un mismo lugar: el mar.

Pero la obra no se detiene en el momento de cruzar el Estrecho. También nos habla de lo que sucede después, de la llegada y de las dificultades que aparecen cuando, por fin, se alcanza la otra orilla. Porque llegar no significa necesariamente encontrar un lugar donde quedarse, ni dejar atrás todo aquello de lo que se ha huido. Las fronteras no siempre desaparecen cuando se atraviesan: permanecen, adoptan otras formas y siguen condicionando la vida de quienes se ven obligados a abandonar su hogar.

El título de la obra también encierra un significado especial. Los tarays son unos arbustos capaces de crecer en terrenos salinos, junto al agua, y están presentes en la zona de El Tarajal, en Ceuta, un lugar estrechamente vinculado a la llegada de personas migrantes. No es casual que Peris-Mencheta recupere esta imagen para dar nombre a una historia que habla precisamente de la dificultad de encontrar un lugar donde echar raíces, de la búsqueda de pertenencia y de la necesidad de construir una nueva vida lejos de casa. Una idea que aporta una dimensión simbólica al conjunto.

Peris-Mencheta debuta como dramaturgo con un texto sólido y muy bien armado

Aunque Sergio Peris-Mencheta cuenta con una amplia trayectoria como director y ha firmado montajes tan destacados como Un trozo invisible de este mundo, Una noche sin luna, 14.4 o Lehman Trilogy, con Donde crecen los tarays se estrena como autor teatral. Y lo hace con un texto que él mismo define como una obra de teatro urgente, nacida de la necesidad imperiosa de reaccionar ante una realidad que está sucediendo y que sigue estando demasiado presente. La idea surge a raíz de los acontecimientos vividos en Ceuta y, en apenas unos días, el texto fue tomando forma y, a continuación, comenzaron los ensayos. Una escritura nacida, por tanto, de la urgencia del presente, de la necesidad de contar y de no mirar hacia otro lado.

La verdad es que el resultado de esta primera incursión del actor y director en la dramaturgia ha sido una sorpresa muy gratificante. Nos encontramos ante un texto sólido y bien estructurado, de aproximadamente una hora y cuarenta minutos, que se articula en torno a las historias de tres protagonistas que nos van contando sus vivencias en primera persona. Sus relatos se alternan y entrelazan a lo largo de la función: mientras una de ellas toma la palabra para narrar su historia, las otras dos, que permanecen en todo momento dentro del agua, continúan nadando y van dando vida a los distintos personajes secundarios que aparecen en su relato. A su vez, cuando cambia el foco y otra protagonista comienza a contar su historia, las demás vuelven a acompañarla, asumiendo pequeños papeles que enriquecen y completan su narración. De este modo, Peris-Mencheta consigue articular tres historias que avanzan en paralelo y que terminan confluyendo en un mismo destino.

La obra destaca también por su buena construcción narrativa. Tiene un excelente pulso, sabe dosificar la información y administrar los tiempos, manteniendo la tensión y la atención del espectador durante toda la representación. Peris-Mencheta demuestra un notable dominio del ritmo teatral y de los mecanismos narrativos, algo que seguramente tiene mucho que ver con su dilatada experiencia trabajando con grandes autores y con dramaturgos como Juan Diego Botto. Una experiencia que parece haberle proporcionado las herramientas necesarias para afrontar con tan buen resultado este primer trabajo como autor.

 

Otro de los grandes aciertos del texto está en la manera de acercarse a las protagonistas y a sus historias. La verdad y la naturalidad con las que están contadas permiten que el espectador conecte con ellas sin necesidad de recurrir a sentimentalismos ni a situaciones forzadas. Peris-Mencheta evita recrearse en el sufrimiento y opta por acercarse a sus personajes desde su propia mirada: la de tres adolescentes con sus inquietudes, sus sueños y su particular manera de entender el mundo.

También resulta especialmente acertada la sencillez con la que se aborda una realidad tan dura. El texto no necesita cargar las tintas para transmitir la dureza de las situaciones que viven sus protagonistas ni convertir su dolor en un espectáculo. Precisamente, esa contención es una de sus mayores virtudes: dejar que sean las propias historias, sin artificios ni excesos dramáticos, las que emocionen y lleguen al espectador.

Por último, merece la pena destacar el lenguaje elegido por el autor, muy contemporáneo y lleno de referencias a WhatsApp, Instagram, las redes sociales y la tecnología. Unos elementos que contribuyen a situar a las protagonistas en el presente y a dotarlas de una identidad muy reconocible. Son tres chicas de hoy, con códigos, inquietudes y formas de comunicarse que reconocemos perfectamente, algo que las aleja de cualquier estereotipo y las acerca todavía más al público joven.

Una brillante puesta en escena que convierte el escenario en un mar de imágenes

Si algo ha demostrado Peris-Mencheta a lo largo de su trayectoria es su gran capacidad para construir imágenes teatrales de enorme fuerza con muy pocos elementos. Ese talento para crear universos escénicos sugerentes y visualmente muy potentes vuelve a estar presente en Donde crecen los tarays.

El espacio escénico es uno de los grandes aciertos de la propuesta, con un concepto escenográfico concebido por el propio Sergio Peris-Mencheta y materializado en el diseño de escenografía de Alessio Meloni y Eva Ramón. Sobre el escenario encontramos tres pequeñas urnas de metacrilato llenas de agua, en las que las actrices permanecen durante buena parte de la función, con el agua a la altura de los tobillos. Mientras una de ellas narra su historia, las otras dos bracean y nadan, recreando el esfuerzo de quienes se enfrentan al mar para alcanzar la otra orilla. Una disposición escénica que convierte el agua en un elemento central de la propuesta y que permite a las intérpretes recrear físicamente las dificultades de esa travesía.

A estos elementos se suma el plástico que cubre todo el suelo del escenario y varios ventiladores situados estratégicamente, principalmente en los laterales. En determinados momentos de la función, el aire que generan hace que el plástico se mueva y se eleve, consiguiendo recrear de una manera brillante el movimiento de las olas, un efecto que se ve realzado por el magnífico diseño de iluminación. El resultado es una imagen de gran belleza y fuerza visual, especialmente en las escenas en las que las protagonistas se encuentran en medio del mar y luchan por alcanzar la otra orilla. Con muy pocos recursos, el montaje consigue trasladarnos a ese espacio de incertidumbre y peligro en el que transcurren buena parte de las historias.

El diseño de iluminación de Pedro Yagüe contribuye también a crear esa atmósfera. Los juegos de luces, los laterales y los contraluces, junto con el humo, generan diferentes ambientes y ayudan a recrear esa sensación de bruma que envuelve el escenario. En este sentido, resulta especialmente interesante la presencia del taró, esa niebla espesa y persistente tan característica del Estrecho de Gibraltar, que reduce considerablemente la visibilidad y que, en determinadas circunstancias, puede facilitar el cruce. Un recurso atmosférico que refuerza el vínculo de la puesta en escena con el territorio en el que transcurre la historia.

El sonido, como ya hemos señalado, juega también un papel fundamental en el montaje. El diseño de sonido de Benigno Moreno aprovecha el chapoteo del agua, las respiraciones y el esfuerzo físico de las actrices para construir un paisaje sonoro muy presente, al que se suma la composición musical de Joan Miquel Pérez. Es cierto que, a nuestro juicio, en algunos momentos habríamos agradecido alguna pincelada musical más, así como un mayor uso de recursos audiovisuales en determinadas escenas, especialmente cuando las protagonistas hacen referencia a sus conversaciones por WhatsApp o a las redes sociales. Sin embargo, entendemos que la apuesta de Peris-Mencheta pasa precisamente por una puesta en escena sobria, desnuda y muy física, que no distraiga la atención de las historias. Y lo cierto es que, en ese sentido, consigue su propósito con una eficacia extraordinaria.

Atención: spoiler. Dentro de la propuesta escénica encontramos también momentos de extraordinaria belleza, como la escena del parto de Hayat en plena calle, entre plásticos, cuyo grito desgarrador termina enlazándose con el de Amal al recibir la trágica noticia de la muerte de su hermano. Es una de esas secuencias que permanecen en la memoria del espectador, por la fuerza de las imágenes, la inteligente manera de enlazar ambas situaciones y la enorme intensidad emocional que alcanza sin necesidad de grandes artificios.

Tres actrices desconocidas nos regalan tres magníficas interpretaciones

El montaje cuenta con un reparto que ha sido para nosotros todo un descubrimiento. Sergio Peris-Mencheta podría haber apostado por tres actrices populares, de mayor trayectoria o con las que ya hubiera trabajado anteriormente. Sin embargo, ha optado por tres intérpretes desconocidas para el gran público que realizan un trabajo excelente y consiguen dar vida a sus personajes con una verdad que encaja perfectamente con el espíritu de la propuesta.

Alba Simón, que interpreta a Amal, destaca por la naturalidad con la que cuenta su historia. Su personaje se adentra en el mar siguiendo los pasos de su hermano pequeño, Samir, un niño apasionado del Barça cuyo gran ídolo es Lamine Yamal. Simón sabe transmitir con frescura esa mirada joven y contemporánea de Amal, con una frescura que hace que conectemos enseguida con ella, a pesar de que su historia terminará de la manera más trágica.

Como Hayat, cuyo nombre significa vida, Victoria Santana nos brinda una interpretación llena de verdad, delicadeza y sensibilidad. Su manera de contar la historia, sin artificios y transmitiendo las emociones de su personaje con una enorme honestidad, resulta muy convincente. También merece destacarse su trabajo corporal, sobre todo en la escena en la que va nadando en el mar con el flotador y las botellas de plástico. Sus movimientos transmiten el esfuerzo y la vulnerabilidad de quien intenta mantenerse a flote, una imagen especialmente conmovedora tratándose de una mujer embarazada.

Por su parte, Mamumbimbi, que interpreta a Najat, ofrece un trabajo magnífico, marcado por su fuerza, su expresividad y su presencia física en el escenario. Su personaje tiene un desparpajo y una gracia muy particulares. Y es que, aunque estamos ante una historia dolorosa y atravesada por situaciones muy duras, Mamumbimbi consigue contarla con una frescura que permite que aparezcan algunas de las escasas notas de humor de la función. Su interpretación aporta así un contrapunto muy interesante al conjunto.

En definitiva, tres actrices estupendas que consiguen dar vida a tres jóvenes y a unas historias que necesitan ser contadas desde la cercanía y la autenticidad. Una elección de reparto muy acertada por parte de Peris-Mencheta, que ha sabido encontrar a las intérpretes adecuadas para dar voz a estas tres protagonistas.

Una obra necesaria que nos obliga a mirar de frente una realidad incómoda

Donde crecen los tarays es, ante todo, una obra necesaria. Una propuesta que nace de la urgencia de contar y de reaccionar ante una realidad que muchas veces contemplamos desde la distancia, como si no tuviera nada que ver con nosotros. Una obra que nos invita a mirar más allá de nuestra realidad cotidiana y de la comodidad desde la que vivimos en un país como el nuestro, para acercarnos a quienes se ven obligados a arriesgarlo todo en busca de una vida mejor. Es una invitación a escuchar, a comprender y a no olvidar que detrás de cada cifra hay personas, familias, historias y vidas que merecen una oportunidad. Estamos ante una propuesta de enorme sensibilidad, con un texto sólido, una puesta en escena brillante y tres magníficas interpretaciones. Un montaje que emociona, interpela y nos recuerda que no podemos mirar hacia otro lado. Una de esas propuestas que merece mucho la pena ver.

Lo mejor

La elección de un tema de máxima actualidad y enorme relevancia social, que necesita seguir teniendo visibilidad y que Peris-Mencheta aborda dando voz a sus protagonistas y contando sus historias en primera persona. También merece destacarse su brillante puesta en escena, capaz de crear imágenes de gran fuerza visual con muy pocos elementos, así como el descubrimiento de tres magníficas actrices que realizan un trabajo lleno de verdad y humanidad.

Lo que se podría mejorar

Personalmente, habría agradecido alguna pincelada musical más en determinados momentos de la función, así como algún recurso audiovisual o alguna proyección en las escenas en las que las protagonistas hacen referencia a WhatsApp y a las redes sociales. Son, en cualquier caso, apreciaciones personales y cuestiones de gusto que no empañan el magnífico resultado de la propuesta.

Aldo Ruiz

 

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