CALIFICACIÓN.- BIEN: 6’5
Hasta el próximo 1 de noviembre, Nave 10 Matadero acoge Verborrea, una obra escrita y dirigida por Pablo Remón, una de las voces más personales y genuinas de la dramaturgia española contemporánea. Con un universo creativo inconfundible, Remón combina humor, ironía y una mirada incisiva sobre las contradicciones humanas, en un teatro donde lo grotesco y lo absurdo conviven con pequeños pasajes de nostalgia y emoción. La pieza está protagonizada por cuatro grandes intérpretes: Javier Cámara, Israel Elejalde, Marta Nieto y Emilio Tomé, que dan vida a los personajes de esta historia familiar y musical que recorre varias décadas de nuestro pasado reciente.
Verborrea cuenta la historia de Kike (Javier Cámara) y Segis (Israel Elejalde), dos hermanos que, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, forman un grupo punk con el que intentan escapar de sus orígenes. A través de monólogos y voces cruzadas, Remón reconstruye el auge y la caída de la banda y de su cantante, Segismundo Tóxico, convertido con el tiempo en una figura mítica sobre la que los demás proyectan sus sueños, frustraciones y contradicciones. Un relato de recuerdos en el que las versiones de los protagonistas no siempre coinciden.
Para entender esta historia, hay que volver a la infancia de los hermanos, en los últimos años del franquismo, cuando viven con sus padres en un poblado del Valle de los Caídos. Teodoro (Emilio Tomé), funcionario del régimen, representa la autoridad frente a la que Segis empieza a rebelarse. En ese entorno gris y autoritario, el punk y la anarquía se convierten para él en una forma de escapar del mundo que le rodea y de buscar su propio lugar.
Remón vuelve a jugar con situaciones tan absurdas como reconocibles para retratar las contradicciones de sus personajes y sus intentos de escapar de una vida que parece venirles impuesta. Bajo las risas asoman también la frustración y el desencanto. Porque Verborrea no habla solo de un grupo punk y de su caída, sino también de la familia, de las expectativas que arrastramos y de cómo el tiempo transforma los recuerdos. Al final, queda cierta nostalgia por lo vivido y por todo aquello que pudo haber sido. Así lo refleja la bella y conmovedora escena en la que la joven de la que estaban enamorados los dos hermanos muere ahogada en una riada y se despide de este mundo.
Precisamente porque conocemos bien la trayectoria de Pablo Remón y sabemos hasta dónde puede llegar su talento, nos acercamos a cada nuevo trabajo suyo con muchas ganas y unas expectativas muy altas. Por eso, aunque Verborrea nos ha regalado momentos muy divertidos y algunas escenas verdaderamente brillantes, a nuestro juicio, la obra no termina de alcanzar la solidez de algunos de sus trabajos anteriores, como 40 años de paz, El tratamiento, Los mariachis o Doña Rosita, anotada, que nos parecen propuestas especialmente redondas, en las que Remón consigue desarrollar su talento con especial acierto. En Verborrea, en cambio, pese a sus grandes aciertos, sentimos que algunas piezas no terminan de encajar con la misma fluidez.
Uno de los aspectos que menos nos convencen de Verborrea es su estructura narrativa, que nos resulta un tanto irregular. La obra arranca de manera fantástica (y muy divertida) con un monólogo de Javier Cámara, que recuerda a sus padres y reconstruye su infancia junto a su hermano. A partir de ahí, el relato se va construyendo mediante los monólogos de los distintos personajes, con intervenciones que funcionan mejor que otras, hasta desembocar en una recta final en la que los cuatro intérpretes, sentados en sus sillas, van alternando monólogos más breves. Una fórmula que en algunos momentos parece dispersar la atención en lugar de conducir la historia hacia un desenlace más contundente.

Y cuando parece que la función ha llegado a su final, tras un magnífico y emotivo monólogo de Israel Elejalde, la obra se prolonga con una última escena entre Javier Cámara y el propio Elejalde. Creemos que el monólogo habría sido un cierre mucho más contundente por sí mismo. La escena posterior entre los dos hermanos termina alargando el final y diluyendo, en cierta medida, la intensidad emocional que se había alcanzado. No es que esos últimos diálogos carezcan de interés, sino que, después de un momento tan intenso, nos parece que la obra habría ganado fuerza si hubiera confiado más en el impacto de ese monólogo y hubiera optado por un desenlace más breve.
Dicho esto, Verborrea nos deja escenas de enorme calidad. Una de las mejores llega cuando Javier Cámara relata sus peripecias como mánager del grupo y su relación con una famosa tonadillera, en un pasaje lleno de situaciones disparatadas y diálogos ingeniosos. También es divertidísima la escena en la que Juan, el personaje de Emilio Tomé, años después de abandonar la banda, acude a una sesión con una psicóloga y mantiene una conversación imaginaria con Segis (Elejalde). Una situación tan absurda como desternillante, que Remón aprovecha para desplegar todo su ingenio.
Pero la función también encuentra espacio para la emoción. Es el caso del relato de la riada que arrasó el camping en 1986, en la que muere una joven de la que estaban enamorados los dos hermanos, interpretada por Marta Nieto. La escena tiene una delicadeza que nos parece de lo más hermoso de la función y constituye uno de sus momentos más conmovedores. A esa emoción se suma, ya en el tramo final, el monólogo de Israel Elejalde, que aporta una intensidad especial y nos deja uno de los pasajes más especiales de la obra.
A pesar de las irregularidades del texto y de esa cierta inconsistencia en la estructura narrativa, Verborrea se sostiene indudablemente gracias al talento de Pablo Remón, capaz de firmar diálogos llenos de ingenio y golpes de humor buenísimos, que encuentran en el reparto a sus mejores aliados. Javier Cámara está absolutamente genial en todas sus intervenciones. Lleva buena parte del peso de la obra y brilla de principio a fin gracias a su extraordinaria vis cómica y su absoluto dominio de la escena. Su ritmo, su naturalidad y su capacidad para dar en el clavo con cada réplica hacen que sus intervenciones, especialmente cuando relata las peripecias del mánager del grupo, se conviertan en auténticas joyas cómicas.
Marta Nieto está magnífica tanto en el registro cómico como en el dramático. Nos conquista dando vida a Lola, la novia murciana de Segis, con un logradísimo acento de la tierra que da a su monólogo un encanto especial y lo convierte en uno de los pasajes más graciosos de la función. Pero la actriz demuestra que hay mucho más detrás de esa vis cómica. También aporta una luz y una sensibilidad especiales a los otros personajes a los que da vida, como Angelines, la madre de Quique y Segis, o la joven de la que estaban enamorados los dos hermanos en su infancia. En estos papeles aflora su faceta más emotiva, capaz de conmovernos cuando la historia abandona la comedia y se adentra en terrenos más dolorosos.
Emilio Tomé es otro de los grandes aciertos del reparto y uno de esos actores con los que Pablo Remón ha construido una fructífera complicidad artística. Como Juanito, el otro miembro de la banda y compañero inseparable de Segis, saca partido a cada situación con una naturalidad y un sentido del humor estupendos, llevando las escenas hacia el terreno más disparatado sin forzar nunca el gesto. Pero Tomé también se desdobla en otros papeles, como el del padre de Quique y Segis, un hombre autoritario que representa ese mundo del que sus hijos intentan escapar. Este cambio de registro demuestra la versatilidad de un actor que sabe brillar como pocos en manos de Remón.

Israel Elejalde es quizá quien menos nos ha sorprendido en esta ocasión. Durante buena parte de la función, su personaje se mueve en un registro más caricaturesco, que no siempre le permite desplegar todas sus posibilidades como actor y resulta menos lucido que otros que ha interpretado en sus anteriores trabajos con Remón. Sin embargo, en la recta final, el actor da un giro y nos regala un monólogo de gran intensidad emocional, en el que deja atrás esa faceta más caricaturesca para mostrar una interpretación mucho más contenida y vulnerable. Es entonces cuando su trabajo adquiere una profundidad inesperada y nos permite descubrir una faceta interpretativa que hasta ese momento apenas había tenido ocasión de mostrar.
En la dirección, Pablo Remón nos brinda una puesta en escena sobria y eficaz, en la que los elementos escénicos contribuyen a construir el universo de la obra sin necesidad de grandes artificios. En este sentido, adquiere especial protagonismo la escenografía de Monica Boromello, que refuerza esa atmósfera de abandono y memoria. Un pequeño camping, una caravana llena de arena que parece haber quedado en el olvido y cuatro sillas verdes, de esas típicas de camping, bastan para situarnos en ese entorno periférico y destartalado. El espacio evoca el poblado del Valle de los Caídos donde transcurrió la infancia de los hermanos y donde su padre trabajaba como vigilante.
La puesta en escena nos regala también momentos de una delicadeza especial, como cuando Javier Cámara relata la riada que arrasó el camping y la tragedia se evoca mediante una lluvia de arena que cae sobre el escenario. Una imagen sencilla, pero de gran belleza, que demuestra cómo Remón consigue crear momentos de fuerza visual y poética sin recurrir a grandes efectos.
En esta propuesta destaca también el trabajo sonoro de Sandra Vicente, que contribuye a crear la atmósfera de la obra y a acompañar los distintos estados de ánimo de la historia, entre la memoria, el abandono y la nostalgia. Por su parte, el diseño de iluminación de David Picazo acompaña los cambios de tono del relato, alternando los pasajes más desenfadados con aquellos en los que la historia adquiere una mayor carga emocional. Por último, el diseño de vestuario de Ana López Cóbos y Sara Sánchez de la Morena completa la propuesta con algunos detalles que nos han llamado especialmente la atención, como el espectacular primer vestido que luce Marta Nieto y los looks de Javier Cámara, Emilio Tomé e Israel Elejalde.
En definitiva, Verborrea es una obra que hará las delicias de los fieles seguidores de Pablo Remón, que encontrarán en ella ese humor tan personal e inconfundible, cargado de ironía, situaciones disparatadas y diálogos ingeniosos. No es casualidad que la función esté llenando la Nave 10 Matadero, pues cuenta con cuatro intérpretes de primer nivel que saben sacar partido al texto y llevarlo a momentos verdaderamente divertidos y, en ocasiones, también muy emocionantes. Aunque su estructura narrativa nos haya parecido algo irregular y algunas piezas no terminen de encajar con la fluidez que encontramos en otros trabajos del dramaturgo, Verborrea nos deja escenas brillantes, grandes interpretaciones y una muestra del ingenio y la personalidad que hacen reconocible el teatro de Remón.
Lo mejor
Sin duda, Javier Cámara, que está sembrado de principio a fin, sacando el máximo partido a cada una de sus intervenciones con una vis cómica extraordinaria. A esto se suma el ingenio del texto de Pablo Remón, con esos diálogos brillantes y esos golpes de humor tan personales e inconfundibles que nos hacen disfrutar de la función. Y no nos olvidamos de la luz especial que aporta Marta Nieto, capaz de conquistar tanto desde la comedia como desde la emoción.
Lo que menos nos ha gustado
Aunque Verborrea nos regala diálogos buenísimos y escenas verdaderamente brillantes, su estructura narrativa nos resulta algo inconsistente. Hay momentos en los que el relato pierde fluidez y la sucesión de monólogos no termina de conducir la historia con la fuerza que cabría esperar, haciendo que en ocasiones desconectemos de la función.
Aldo Ruiz
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