CALIFICACIÓN.- EXCELENTE: 8
Por fin hemos visto La bola negra, la esperadísima película de Los Javis, uno de los títulos españoles que mayor expectación ha despertado en los últimos años, especialmente después de su paso por el Festival de Cannes, donde la pareja de cineastas se alzaba con el premio a la Mejor Dirección.
Nuestra primera impresión después de verla no puede ser más clara: estamos ante una película extraordinaria por muchas razones. Por la historia que plantea, por la poesia que desprende, por su factura estética y visual, por la banda sonora y, por supuesto, por unas interpretaciones que sostienen con enorme solvencia un relato de gran complejidad. Los Javis apuestan aquí por una obra de notable ambición formal y narrativa, una película grandilocuente y arriesgada, construida con una evidente voluntad de trascender los límites de una narración convencional.
Ya en La Mesías demostraron que detrás de ellos había una evidente vocación cinematográfica que hasta entonces quizá no habíamos podido apreciar en toda su dimensión. Sus trabajos anteriores se habían movido en registros más ligeros —si se nos permite la expresión—, pero La Mesías supuso un auténtico punto de inflexión. Ahora, con La bola negra, terminan de confirmar esa evolución y se consolidan como cineastas capaces de abordar una propuesta de considerable complejidad formal, narrativa y emocional. Estamos, además, ante una cinta de personalidad muy marcada y profundamente bella, tanto por su dimensión visual como por la forma en que se aproxima a sus personajes y a los conflictos que los atraviesan.
La película articula tres historias que dialogan entre sí y que están magníficamente hilvanadas. Sin embargo, no todo encaja con la misma precisión y hay ciertos elementos que, en determinados momentos, desentonan ligeramente dentro del conjunto coral. Son aspectos que conviene analizar con mayor detenimiento y a los que volveremos más adelante.
Y hay un detalle que nos parece especialmente significativo: encontrarse una sala llena de gente joven para ver una película que aborda cuestiones relacionadas con la Guerra Civil. Sabemos que este tipo de temáticas no siempre consiguen atraer masivamente a las nuevas generaciones a las salas de cine. Sin embargo, en esta ocasión había jóvenes, matrimonios mayores, adultos de todas las edades… un público extraordinariamente heterogéneo compartiendo la misma sala. Y eso también dice mucho de La bola negra. Más allá de sus virtudes cinematográficas, estamos ante una película que ha conseguido convertirse en uno de los acontecimientos cinematográficos del año y que demuestra que determinadas historias de nuestro pasado pueden seguir encontrando nuevas formas de conectar con el público.
Un guion brillante y sólido que encuentra su principal fisura en el desenlace
La estructura narrativa es, probablemente, uno de los aspectos más interesantes de La bola negra. El guion se construye a partir de tres historias que transcurren en épocas diferentes —1932, 1937 y 2017— y que se van entrelazando progresivamente hasta terminar confluyendo.
La historia que sirve como eje principal parte de La piedra oscura, la obra teatral de Alberto Conejero, y de la relación entre Rafael Rodríguez Rapún, republicano herido y prisionero, y Sebastián, un joven soldado del bando nacional encargado de custodiarle. A partir de este encuentro entre dos hombres pertenecientes a bandos enfrentados, la película construye una de sus líneas narrativas fundamentales. A ella se suma la historia de 1932, protagonizada por Carlos, que toma como punto de partida La bola negra, el texto inacabado de Federico García Lorca del que apenas se conservan unas páginas. Y, finalmente, llegamos a 2017, donde conocemos a Alberto, nieto de Sebastián, estableciendo así el vínculo entre aquellas historias y el presente.
Lo interesante es cómo Los Javis van intercalando estas tres épocas y haciendo que cada una de ellas aporte nuevas piezas a un relato que solo vamos comprendiendo plenamente a medida que avanzamos. Es una estructura arriesgada, pero planteada con enorme inteligencia, porque obliga al espectador a saltar constantemente de un tiempo a otro y a establecer conexiones entre personajes, situaciones y acontecimientos. Y, al mismo tiempo, hay una dimensión profundamente poética en esa forma de entrelazar las historias, como si los ecos de un tiempo terminaran resonando en otro y cada época arrojara una nueva luz sobre las demás. La película encuentra así una belleza particular en los vínculos que establece entre pasado y presente, entre lo que ocurrió y aquello que permanece, incluso cuando los personajes ya no pueden escapar de las huellas que dejó el tiempo.
A ello se suma un trabajo de montaje extramadamente cuidado, especialmente visible en las transiciones entre las distintas líneas temporales. La película pasa de una historia a otra con una fluidez que permite que las tres terminen dialogando entre sí y adquiriendo un sentido conjunto. Lo que inicialmente pueden parecer tres relatos independientes acaba formando una única narración, y ahí reside buena parte del mérito de la propuesta.
La cinta consigue así sostener una estructura narrativa compleja sin perder de vista a sus personajes ni la dimensión emocional de lo que está contando. Es uno de los puntos en los que mejor funciona la propuesta de Los Javis y también uno de los aspectos que hacen que el espectador permanezca atento a las conexiones que se van estableciendo entre las diferentes épocas.
Sí creemos, sin embargo, que es en su desenlace donde La bola negra muestra su principal debilidad. No porque consideremos que esté poco trabajado —de hecho, todo el desarrollo previo demuestra precisamente lo contrario—, sino porque creemos que es un final al que le falta la depuración que sí encontramos en el resto de la película. La sucesión de cierres, escenas y despedidas termina restándole concentración y contundencia a un tramo que, de haber sabido contenerse, podría haber resultado mucho más poderoso.
Aviso: spoilers. El principal problema que encontramos en la recta final es que la película no parece encontrar el momento adecuado para terminar. Cuando creemos que hemos asistido al desenlace, llega una escena más; cuando parece que esa será la definitiva, aparece otra. El resultado es una sucesión de cierres que, en lugar de reforzar la emoción, termina debilitándola. Puede entenderse que Los Javis busquen otorgar a estos últimos minutos una dimensión épica y emocional, pero, a nuestro juicio, ocurre lo contrario: la acumulación termina restándole contundencia al desenlace.
La escena de Carlos (Milo Quifes) en la nieve es probablemente el ejemplo más evidente. Es una secuencia visualmente poderosa y cargada de significado, pero creemos que permanece en pantalla durante más tiempo del necesario. La película ya ha conseguido transmitir aquello que quiere expresar y, sin embargo, decide prolongar el momento, haciendo que una escena que podría haber sido de una enorme belleza y fuerza pierda parte de su impacto. Aquí no cuestionamos la idea ni su puesta en escena, sino la decisión de no abandonarla cuando ya ha alcanzado todo su potencial emocional. Creemos que algunos de estos momentos podrían haberse condensado sin perder emoción ni capacidad de transmitir lo que la película quiere expresar. No se trata, por tanto, de cuestionar estas escenas de manera individual, sino de señalar cómo su acumulación termina afectando al ritmo y a la capacidad de la película para cerrar con la misma precisión con la que había construido buena parte de su recorrido.
También encontramos algunos momentos de la historia de 2017 que podrían haberse aligerado para evitar una prolongación innecesaria de la trama. Determinadas situaciones funcionan como extensiones de una línea narrativa que ya ha encontrado su rumbo y que no necesita esos desvíos para avanzar. Un ejemplo claro lo encontramos en la secuencia posterior al viaje de Alberto a Santander, cuando regresa y se encuentra en casa con un chill out, una situación que nos parece totalmente prescindible y que no aporta lo suficiente como para justificar el espacio que ocupa dentro de la película. Algo similar ocurre con la aparición del novio de Sebastián en la recta final, una decisión narrativa que podría haberse evitado sin que eso afectara a la comprensión ni al cierre de la historia. Son decisiones que, tomadas de manera aislada, podrían parecer menores, pero que terminan contribuyendo a un exceso de metraje que resta contundencia y fuerza al tramo final.
Mención especial merece la aparición física de Lorca en la recta final de la película, una decisión que nos parece especialmente discutible. Hasta ese momento, Los Javis habían conseguido mantener al poeta como una presencia constante a través de su obra, su legado y su influencia sobre los personajes, sin necesidad de mostrarlo directamente.
Y es precisamente por eso por lo que no entendemos su presencia en este momento concreto de la película. Nos resulta una decisión forzada y que rompe la naturalidad con la que se había construido todo lo relacionado con Lorca hasta entonces. Tenemos la sensación de que su presencia aparece para subrayar o justificar determinadas cuestiones que, en realidad, la película ya había conseguido transmitir por sí misma. No necesitábamos verlo para entender la importancia del poeta ni todo aquello que representa dentro de la historia. Es, por tanto, uno de los recursos que menos nos convencen de la película: una decisión demasiado explícita que termina restando sutileza a algo que hasta ese momento había estado tratado con mucha más inteligencia.
En realidad, todas estas cuestiones terminan remitiendo al mismo problema: la película tiene dificultades para reconocer cuándo ha llegado el momento de detenerse. Y es ahí donde nuestra valoración encuentra su principal matiz: una película que durante buena parte de su metraje demuestra tanta precisión podría haberse beneficiado de una mayor capacidad de síntesis. Menos habría sido más.
Una puesta en escena deslumbrante al servicio de una mirada propia
La dimensión cinematográfica de La bola negra alcanza una de sus mayores expresiones en la puesta en escena. Los Javis demuestran aquí una mirada visual de enorme personalidad, especialmente sorprendente si tenemos en cuenta que estamos ante su segunda película.
Lo más interesante es que esta solvencia no se limita a que la película sea formalmente bella, sino que se aprecia en la manera en la que construyen cada escena. Hay una especial atención a la composición de los planos, a la iluminación, al uso del espacio y a los movimientos de cámara, elementos que contribuyen a dotar de identidad propia a cada una de las épocas y, al mismo tiempo, permiten que las tres líneas temporales formen parte de un mismo universo visual.
Además, Los Javis no rehúyen las escenas de gran escala. Al contrario: se atreven con secuencias que buscan una dimensión casi épica, imágenes muy elaboradas y momentos que podrían haber resultado excesivos si no estuvieran sostenidos por una puesta en escena tan precisa. Sin embargo, incluso en esas escenas más ambiciosas existe un control evidente de la imagen y una clara conciencia de lo que quieren transmitir.
Hay también un trabajo especialmente destacable en la construcción de determinadas atmósferas. La película sabe ser luminosa, íntima, sombría o desoladora cuando la historia lo requiere, y utiliza los recursos visuales para acompañar el estado emocional de los personajes sin convertirlos en un mero ejercicio de estilo. La fotografía, la dirección artística, el vestuario y la propia composición de los espacios contribuyen a que cada periodo histórico tenga una personalidad reconocible.
A esto se suma la manera en la que los directores enlazan visualmente las distintas historias. Las transiciones entre épocas no funcionan únicamente como un recurso narrativo para pasar de una trama a otra, sino que están pensadas cinematográficamente para establecer asociaciones entre personajes, espacios y situaciones. Es una película que presta mucha atención a cómo una imagen conduce a la siguiente, y a cómo el montaje puede generar conexiones incluso antes de que el espectador comprenda completamente su significado.
Es precisamente en este terreno donde entendemos mejor el reconocimiento que Los Javis recibieron en Cannes con el premio a la Mejor Dirección. Hay una enorme confianza en cada decisión visual y, sobre todo, una capacidad para asumir riesgos formales sin que la película pierda nunca su coherencia. El resultado es una realización técnicamente muy precisa, pero también con una mirada propia, capaz de convertir algunas de sus imágenes en auténticos momentos de cine.

Un reparto excepcional encabezado por Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau
El apartado interpretativo es, sin duda, uno de los pilares de La bola negra. Los Javis han reunido un elenco en el que conviven numerosas caras jóvenes con intérpretes de enorme trayectoria y reconocimiento, logrando un equilibrio especialmente interesante entre nuevos talentos y figuras ya consagradas. Penélope Cruz, Glenn Close o Lola Dueñas aportan el peso de nombres de referencia, mientras que otros muchos actores y actrices procedentes del cine y del teatro español aparecen en papeles más breves, pero dotados de una profundidad que hace que prácticamente ninguna de sus intervenciones resulte anecdótica.
Es, por tanto, un reparto sólido, brillante y extraordinariamente bien elegido, en el que incluso los personajes secundarios consiguen dejar huella. Pero si hay dos nombres que brillan con luz propia esos son Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau.
Guitarricadelafuente se pone en la piel de Sebastián, uno de los protagonistas principales de la historia de 1937: un joven soldado del bando nacional encargado de custodiar a Rafael Rodríguez Rapún, un preso republicano con quien terminará estableciendo una relación que transforma por completo el rumbo de ambos personajes. Es la primera incursión del cantante en el cine y, precisamente por eso, resulta especialmente sorprendente la naturalidad con la que se desenvuelve ante la cámara. Hay en su interpretación una delicadeza y una honestidad que terminan desarmando al espectador, una forma de habitar al personaje sin artificios, desde un lugar de absoluta sencillez que hace que resulte imposible no empatizar con él.
Hay algo particularmente poderoso en su manera de mirar, de escuchar y de reaccionar ante lo que sucede a su alrededor. La inocencia es uno de los rasgos que mejor define su interpretación, pero no una inocencia entendida como ingenuidad superficial, sino como una sensibilidad casi desarmada frente a un mundo que le obliga a enfrentarse a sentimientos y circunstancias para los que no está preparado. Guitarricadelafuente consigue transmitir esa fragilidad con una verdad que conmueve, dejando que sean sus silencios, sus gestos y, sobre todo, su mirada los que expresen aquello que Sebastián todavía no sabe cómo nombrar. Hay momentos en los que apenas necesita hacer nada para transmitirlo todo: basta un gesto, una pausa o una mirada para que el dolor, la ternura o el desconcierto del personaje lleguen al espectador con una intensidad descomunal.
A su lado encontramos a Miguel Bernardeau, que interpreta a Rafael Rodríguez Rapún. Es un actor al que conocemos desde hace años, desde aquel debut en Élite, pero que aquí demuestra hasta dónde puede llegar cuando se enfrenta a un personaje de una exigencia dramática como esta. Su trayectoria ha ido alejándose progresivamente de la imagen asociada a sus primeros trabajos y La bola negra supone un paso especialmente significativo en esa evolución. Bernardeau asume a Rafael desde un lugar de enorme humanidad, construyendo a un hombre marcado por sus convicciones, pero también por una vulnerabilidad que aflora a medida que la historia avanza.
Y es precisamente en su relación con Sebastián donde la interpretación de Bernardeau adquiere una dimensión especialmente poderosa. Ambos actores encuentran una conexión extraordinariamente natural, capaz de hacer creíble una relación que nace en unas circunstancias tan complejas. Entre ellos hay complicidad, ternura y una intimidad que va creciendo de manera progresiva, hasta convertir cada encuentro en uno de los momentos emocionalmente más importantes de esta parte de la película. Lo hermoso es que esa relación nunca parece impuesta por el guion: se construye delante de nosotros con una naturalidad que hace que terminemos implicándonos emocionalmente en el destino de los dos. Bernardeau aporta a Rafael una mezcla de fortaleza y fragilidad que permite entender no solo lo que siente por Sebastián, sino también todo aquello que está en juego para él cuando decide abrirse a una relación que, en ese contexto, puede cambiarlo todo.
Milo Quifes brilla en la piel de Carlos, ese joven perteneciente a una familia acomodada de Granada que protagoniza el relato inspirado en el texto inacabado de Lorca. Un personaje que se enfrenta al rechazo y a la condena de su entorno por su homosexualidad y que termina convertido en una de las figuras centrales de la historia de 1932. Quifes es una de las grandes sorpresas interpretativas de la película. No conocíamos al actor y nos ha conquistado la naturalidad con la que construye a Carlos. Hay una espontaneidad especialmente atractiva en su interpretación que consigue acercarnos al personaje sin restarle gravedad a aquello que está viviendo. Tiene una frescura ante la cámara que encaja a la perfección con la juventud de Carlos, pero sabe también dejar espacio para que aparezca la dureza de unas circunstancias que terminan poniendo a prueba esa despreocupación inicial. Es precisamente en ese contraste donde su interpretación encuentra buena parte de su encanto: consigue que Carlos resulte cercano y luminoso incluso cuando la historia empieza a mostrar el lado más oscuro de su entorno.
El cuarteto protagonista se completa con Carlos González, al que ya habíamos podido ver anteriormente en diferentes series y montajes teatrales. Es un actor de fuerte personalidad escénica y una forma muy reconocible de abordar sus personajes. Aquí se pone en la piel de Alberto, el nieto de Sebastián, en una actuación que nos ha gustado especialmente en las escenas que comparte con Lola Dueñas, que interpreta a su madre. La relación entre ambos funciona a partir de un choque constante, cargado de tensión, ironía y un humor negro que convierte algunos de sus enfrentamientos en momentos especialmente divertidos de la película. González sabe aprovechar ese registro con una interpretación desenfadada y llena de personalidad, pero sin convertir al personaje en una simple pieza cómica.
Penélope Cruz, una estrella que llena la pantalla en apenas doce minutos
Penélope Cruz demuestra en La bola negra que no hace falta estar mucho tiempo en pantalla para dejar huella. Su aparición se impone desde el primer instante y convierte a Nené Romero, una cupletista de 1937, en uno de esos personajes secundarios capaces de adquirir una dimensión mucho mayor de la que podría sugerir su escaso protagonismo. Cruz apenas aparece durante 12-13 minutos, repartidos entre dos números musicales y una breve escena junto a Sebastián (Guitarricadelafuente), pero consigue que cada una de sus intervenciones tenga un peso extraordinario.
En su primer número musical aparece caracterizada como morena, con unas cejas muy finas y un marcado acento andaluz, y desplegando todas sus armas como intérprete: canta, baila y actúa con un enorme desparpajo y esa gracia que asociamos al mundo del cuplé. Hay un magnetismo arrollador en su manera de moverse y de apropiarse del espacio, y en ella se percibe ese aura que solo tienen las grandes estrellas. Nené representa el arte como forma de resistencia y evasión en medio de la Guerra Civil, y Cruz consigue encarnar todo ello desde una mezcla de luminosidad y carisma. No nos extrañaría que esta interpretación terminara situándola entre las nominadas a mejor actriz de reparto en los Óscar de 2027 porque, pese al reducido tiempo en pantalla, estamos ante una actuación capaz de convertir unos pocos minutos en uno de los momentos memorables de la película.
Pero es en el camerino, en la escena que comparte con Sebastián, donde la interpretación adquiere otra dimensión. Es una secuencia breve, aunque suficiente para que aflore el lado más íntimo de Nené y podamos vislumbrar a la mujer que existe detrás de la artista que acabamos de ver sobre el escenario. En apenas unos minutos, Penélope consigue dotar al personaje de una personalidad y una historia que parecen extenderse mucho más allá de lo que la película llega a mostrarnos. Es precisamente ahí donde se entiende el cuidado con el que Los Javis han construido a Nené: no estamos ante una simple aparición de una estrella invitada, sino ante un personaje que deja la sensación de que podríamos seguir acompañándolo mucho más tiempo.
En su segunda aparición musical, ya con peluca rubia, Penélope vuelve a dejar patente su impresionante capacidad para adueñarse de una secuencia. La vemos subida a un tanque, cantando junto a los soldados, en un momento de enorme fuerza visual que vuelve a convertirla en el centro absoluto de la imagen. La escena se encadena posteriormente con los soldados y los fuegos artificiales mediante una de las transiciones visualmente más bellas de La bola negra. La música, el espectáculo y la guerra terminan fundiéndose en una misma imagen, y Nené queda suspendida en medio de todo ello como una representación de ese arte que, incluso en los momentos más oscuros, todavía encuentra una forma de sobrevivir.
Glenn Close, Lola Dueñas y un reparto secundario de lujo
Entre los muchos nombres que completan el reparto encontramos a Glenn Close, que interpreta a una hispanista especializada en Federico García Lorca a la que Alberto acude en un determinado momento de la película. Su presencia es breve, pero está perfectamente integrada en la historia de 2017 y, además, es un auténtico placer verla en una película española y escucharla hablar en castellano. Es una de esas apariciones que, pese a su reducido peso dentro de la trama, aportan un punto de distinción y terminan enriqueciendo el conjunto.
Lola Dueñas está especialmente graciosa dando vida a la madre de Alberto, volviendo a demostrar esa enorme capacidad para desenvolverse en el registro tragicómico. La secuencia en la que están en el bar comiendo fabada con su hijo nos parece brutal, especialmente por esa dinámica tóxica que establece con Carlos González y por la naturalidad con la que ambos actores manejan el humor negro de la situación. Su segunda aparición, sin embargo, cuando Alberto la visita en casa mientras ella está pintando, nos resulta excesivamente larga. Aunque funciona muy bien como secuencia independiente y vuelve a poner de manifiesto el talento de Lola, creemos que podría haberse recortado de manera considerable, ya que termina prolongando la trama principal más de lo necesario. Aun así, hay que resaltar que Lola Dueñas está estupenda y vuelve a dejar claro por qué es una de esas actrices capaces de moverse con absoluta soltura entre la comedia y el drama.
Y es que en La bola negra hay muchos personajes secundarios, con poco tiempo en pantalla pero llenos de matices. Es el caso del personaje que interpreta Natalia de Molina, en la piel de la hermana de Carlos, una mujer perteneciente a una familia acomodada cuya vida está condicionada por las convenciones sociales de la época. Prácticamente recluida en casa y dedicada a la costura, su personaje permite mostrar también las limitaciones y expectativas que pesaban sobre las mujeres de aquel momento.
María Morales, por su parte, da vida a la madre de Carlos y comparte con él una de las secuencias más bonitas de la película: una conversación íntima y sincera en la que habla abiertamente con su hijo sobre su condición sexual y le plantea que quizá lo mejor sea marcharse a Madrid. Es una escena preciosa, construida desde la sencillez y la emoción del diálogo entre ambos, en la que Morales consigue transmitir toda la complejidad de una madre que intenta proteger a su hijo dentro de un contexto que no se lo pone nada fácil. Tampoco queremos olvidarnos de Nuria Mencía, que aporta ese particular tono socarrón que tan bien domina como la enfermera que cuida de Rafael Rodríguez Rapún, ni de Mona Martínez, que protagoniza junto a Milo Quifes otra escena especialmente potente. Son solo algunos ejemplos de un reparto amplísimo, en el que encontramos numerosos actores y actrices, muchos de ellos jóvenes, con intervenciones muy breves pero brillantemente aprovechadas.
Una banda sonora vibrante y con mucha personalidad
La música ocupa un lugar fundamental dentro de La bola negra. En una obra de estas características, con una marcada dimensión épica y un componente melodramático tan importante, la banda sonora desempeña un papel esencial a la hora de construir la emoción y acompañar la intensidad de aquello que se está contando. En este terreno, Los Javis han encontrado un aliado extraordinario en Raül Refree, responsable de la producción, los arreglos y la composición de la banda sonora original, después de haber trabajado con ellos en La Mesías.
La partitura de Refree nos ha parecido especialmente vibrante y, sobre todo, dotada de una personalidad muy marcada. Hay algo en su sonido que encaja perfectamente con la dimensión de la película: el protagonismo de los metales, la presencia de la trompeta, determinadas disonancias y esas estridencias que irrumpen en algunos momentos generan una sensación de tensión e inquietud que contribuye enormemente a la atmósfera del relato. No es una música que se limite a acompañar las imágenes, sino que participa activamente en la construcción de cada secuencia y en la manera en la que percibimos emocionalmente lo que está sucediendo. En algunos momentos resulta solemne y casi épica; en otros, mucho más áspera e incómoda, pero siempre mantiene ese carácter tan reconocible que hace que la música de La bola negra tenga una identidad propia.
Además de esta partitura original, la película incorpora distintas canciones que amplían todavía más su universo musical y que dialogan de manera muy particular con las imágenes. Entre ellas destaca especialmente “La Nieve”, interpretada por Guitarricadelafuente y compuesta por el propio artista junto a Raül Refree y Lucas Durán. Nos parece una de las elecciones musicales más acertadas de la película, no solo por la propia canción, sino por la manera en la que termina integrándose en el relato y reforzando su dimensión emocional y poética. Es una pieza que encaja perfectamente dentro de esa identidad sonora tan particular que Refree construye para la película y que termina permaneciendo en la memoria después de que la película haya terminado.
En definitiva, una película extraordinaria con una pequeña grieta
La bola negra es, como señalábamos al comienzo, una película extraordinaria y, en muchos de sus apartados, una obra de arte. Los Javis han construido una obra de enorme personalidad, sostenida por un guion brillante y sólido, una puesta en escena prodigiosa y un reparto magnífico, encabezado por Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau, al que se suman interpretaciones tan especiales como la de Penélope Cruz. Es una película que confirma definitivamente la dimensión cinematográfica de Los Javis y demuestra que estamos ante dos cineastas capaces de asumir una propuesta de esta complejidad sin renunciar a una mirada propia, personal y profundamente reconocible.
Sin embargo, precisamente porque la película alcanza cotas tan altas durante buena parte de su metraje, sus excesos finales resultan todavía más evidentes. En los últimos 30-40 minutos aproximadamente tenemos la sensación constante de que la película va a terminar y, sin embargo, vuelve a prolongar el desenlace, acumulando escenas y cierres que terminan restando fuerza a lo que ya había conseguido construir. A ello se suman algunos momentos y determinados diálogos, especialmente en las historias de 1932 y 2017, que creemos que podrían haberse pulido y aligerado. Quizá con 20 o 25 minutos menos, La bola negra habría encontrado esa concisión que necesita para ser completamente redonda. Y esa es, en última instancia, nuestra única gran objeción: no que le falte talento, personalidad o emoción, sino que le sobra algo de metraje. Porque todo lo que funciona en La bola negra funciona a un nivel extraordinario y, por eso mismo, nos queda la sensación de estar ante una obra extraordinaria a la que le falta únicamente saber cuándo poner el punto final.
Aldo Ruiz
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