«LA PROFANACIÓN DE DON JUAN»: UN MAGNÍFICO MONTAJE QUE RECUPERA LA PARTICULAR VISIÓN DE DALÍ, BUÑUEL Y LORCA SOBRE DON JUAN TENORIO

CALIFICACIÓN: NOTABLE — 7,5

Habitualmente, los aplausos son la mejor recompensa para quienes se suben a un escenario, y mucho más en una noche de estreno, cuando la emoción y los nervios hacen que resuenen con una fuerza especial. Sin embargo, este jueves, en la Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez, los aplausos se transformaron en silencio. Un silencio cargado de emoción y respeto, con el que el público y el equipo artístico quisieron rendir homenaje a las víctimas del accidente ferroviario de Urda. Esta vez, al caer el telón, los aplausos dejaron paso a un sentido homenaje a quienes ya no están y a sus familias. Una forma distinta y profundamente conmovedora de vivir un estreno. Y aunque el silencio ocupó el lugar que habitualmente pertenece a los aplausos, nos quedó un magnífico sabor de boca tras disfrutar de La profanación de Don Juan (Delirio de Buñuel, Dalí, Lorca), un excelente montaje que únicamente podrá verse del 29 de octubre al 1 de noviembre.

Un viaje al Madrid de 1924 y a una generación irrepetible

La propuesta, con dramaturgia y dirección de Juan Mairena, nos invita a viajar hasta el Madrid de 1924, a uno de los espacios más estimulantes de la efervescencia cultural de aquellos años: la Residencia de Estudiantes. Allí coinciden tres jóvenes destinados a revolucionar el panorama artístico del siglo XX: Luis Buñuel, Salvador Dalí y Federico García Lorca. Los tres comparten inquietudes, provocaciones y una misma voluntad de romper moldes a través de una singular aventura teatral: llevar a escena una versión libre y surrealista del Don Juan Tenorio de Zorrilla. Una irreverente incursión en el universo de Don Juan que convierte la tradición en terreno de juego para la imaginación y la vanguardia.

Al frente de esta particular aventura se encuentra Buñuel, acompañado por el ingenio desbordante de Lorca y Dalí, en una experiencia donde los versos de Zorrilla se mezclan con el humor, el absurdo, los anacronismos y la provocación. El resultado es un espacio de experimentación en el que la solemnidad del drama romántico deja paso a un juego escénico tan libre como imprevisible. Y en ese universo creativo también encuentran su lugar Maruja Mallo, Margarita Manso, Pepín Bello y José Moreno Villa, compañeros de una generación que compartía el deseo de cuestionarlo todo y explorar nuevas formas de expresión. Entre ensayos, ocurrencias, risas y debates freudianos, asistimos al retrato de una juventud inquieta, brillante y apasionada, capaz de convertir la creación artística en una celebración de la libertad.

Pero la recuperación de aquella experiencia teatral no se limita a evocar el espíritu transgresor de una generación irrepetible, sino que también dirige la mirada hacia quienes formaron parte de aquel círculo intelectual y artístico y cuya contribución quedó durante demasiado tiempo diluida en los relatos oficiales. La profanación de Don Juan rescata una aventura poco conocida de la Residencia de Estudiantes y nos acerca a la amistad de quienes contribuyeron a transformar la cultura de su época. Al mismo tiempo, la propuesta reivindica el papel de las mujeres que compartieron aquel ambiente de creación y libertad. Maruja Mallo y Margarita Manso adquieren aquí el protagonismo que la historia tantas veces les negó, en un homenaje que reivindica su talento y el de tantas creadoras que merecen ocupar el lugar que les corresponde.

Una dramaturgia ingeniosa que recupera una aventura poco conocida

El texto de Juan Mairena parte de una labor de reconstrucción a través de las huellas que dejaron sus protagonistas: anotaciones manuscritas de Buñuel sobre el texto de Zorrilla, memorias, entrevistas, cartas, fotografías, poemas y otros testimonios de la época. A partir de este material, el dramaturgo construye una versión libre, ágil y llena de ingenio que, en sus aproximadamente 90 minutos de duración, consigue mantener vivo el interés del espectador. Con mucho sentido del humor, constantes juegos de palabras, anacronismos y guiños al lenguaje teatral, Mairena convierte la función en un auténtico divertimento, donde el verso convive con el absurdo y la provocación. Un juego escénico lleno de ingenio y desenfado, en el que las personalidades de quienes habitaron la Residencia de Estudiantes quedan bien dibujadas y cuya atmósfera de complicidad y creatividad impregna la propuesta de principio a fin.

Uno de los momentos más divertidos llega con la presentación de Dalí, Lorca, Maruja Mallo y Margarita Manso, que aparecen en escena entre risas y comentarios después de haberse quitado los sombreros en plena Puerta del Sol. Un gesto que desafiaba las convenciones sociales de la época y que acabaría dando nombre, años después, a Las Sinsombrero. Mairena incorpora este episodio a la función y lo convierte en una entrada muy desenfadada, que nos permite descubrir desde el primer momento la complicidad y el sentido del humor que caracterizaban a aquellos jóvenes.

Precisamente por el interés que despiertan sus protagonistas, especialmente Lorca, Dalí y Buñuel, y por la riqueza de sus trayectorias, nos habría gustado que el texto profundizara algo más en su dimensión humana. Especialmente en el caso de Lorca, cuya intimidad y algunas de sus experiencias vitales apenas se apuntan en un par de escenas. Cuando Buñuel le interpela directamente y la función parece abrir una puerta hacia esa dimensión más personal del poeta, surge la expectativa de que se profundice en ella, algo que finalmente no llega a desarrollarse. Son pinceladas que dejan al espectador con ganas de conocer mejor a las personas que se esconden detrás de aquellos artistas excepcionales. Este es uno de los aspectos en los que la dramaturgia podría haber ido un poco más allá. Quizá habríamos agradecido alguna escena adicional en la que los tres compartieran más confidencias, inquietudes o reflexiones personales, permitiéndonos conocer mejor a los artistas más allá de sus personajes públicos.

Una puesta en escena elegante y muy cuidada, que aprovecha cada rincón del escenario

Uno de los grandes aciertos de esta propuesta reside en su puesta en escena, con la que Juan Mairena demuestra un notable dominio del espacio escénico y una gran sensibilidad para construir un universo visual atractivo y coherente. La Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez es probablemente uno de los espacios más difíciles de aprovechar de toda la cartelera madrileña: una sala muy grande y alargada en la que, en multitud de ocasiones, hemos visto propuestas cuyo escenario parecía quedarles demasiado grande. Sin embargo, esta vez no sucede así. Mairena nos brinda una dirección elegante, cuidada y muy efectiva, que aprovecha el espacio de manera admirable. 

La propuesta está hecha con muchísimo gusto y se apoya en la cuidada escenografía de Juan Sebastián Domínguez, en la que encontramos un piano, situado a la derecha, en el que Lorca se sienta a tocar en varias ocasiones; dos grandes burros de vestuario con decenas de prendas, un gramófono y varias sillas. En la parte izquierda del escenario aparecen también varios ataúdes que, en un momento dado, componen la imagen de un panteón funerario. Y, presidiendo todo el espacio, destaca una gran luna situada sobre una plataforma, un elemento que da mucho juego tanto en la representación de Don Juan Tenorio como en la creación de distintas imágenes evocadoras a lo largo de la función. Una escenografía que, pese a la amplitud de la sala, consigue crear un ambiente cálido y acogedor y ofrece un marco muy atractivo para el desarrollo de la acción.

Merece especial reconocimiento la manera en que el director consigue llenar cada rincón del escenario. Aunque se trata de un espacio enorme, siempre hay algún actor ocupándolo, de manera que la escena nunca queda desangelada ni da la sensación de estar desaprovechada. En este sentido, hay que alabar el trabajo de movimiento y coreografía de Luis Santamaría, que resulta magnífico y contribuye a mantener la atención y la vitalidad de la propuesta. Los intérpretes están muy bien distribuidos y sus desplazamientos se integran con naturalidad en el desarrollo de la acción.

También está muy bien resuelta la convivencia de los dos planos que articulan la función: por un lado, el ambiente de 1924, con aquellos jóvenes reunidos en la Residencia de Estudiantes; por otro, la representación de Don Juan Tenorio que van construyendo entre todos. Ambos universos se entrelazan con naturalidad y dan lugar a una propuesta orgánica, en la que los cambios de registro y las imágenes más cercanas al surrealismo de Dalí encuentran su lugar sin romper la coherencia del conjunto. Hay, además, detalles especialmente inspirados, como la aparición de Doña Inés convertida en una mantis o el magnífico efecto que se consigue en la célebre escena en la que el espíritu del comendador se aparece a Don Juan. En ese momento, la gran luna que preside el escenario se ilumina en tonos rojizos, creando una imagen de enorme fuerza evocadora, con un sugerente aire fantasmagórico. Un recurso visual muy sencillo que demuestra hasta qué punto Mairena saca partido a los elementos de la escenografía para potenciar la expresividad de cada escena.

Hay, además, momentos especialmente festivos, como la escena en la que todos los intérpretes se lanzan a cantar y bailar al ritmo de Sing, Sing, Sing, el célebre tema de Benny Goodman y uno de los grandes clásicos del swing. Con una coreografía juguetona, llena de energía y complicidad, los actores convierten el escenario en una auténtica fiesta, en una secuencia de marcado aire musical que refleja muy bien ese espíritu lúdico y ese amor por el teatro que impregnan toda la propuesta de Juan Mairena. Un momento delicioso y lleno de frescura, que introduce un cambio de ritmo en la función y nos permite disfrutar de la faceta más desenfadada del montaje.

Junto al trabajo de movimiento y la escenografía, merece la pena destacar el fantástico diseño de vestuario de Guadalupe Valero —muy importante en una obra de época— y la iluminación de Bea Francos. Ambos elementos contribuyen a crear esa atmósfera tan acertada y a dar forma a un universo visual muy cuidado, lleno de imágenes sugerentes. El resultado es una propuesta escénica de gran coherencia estética, en la que cada elemento encuentra su lugar y contribuye a reforzar el espíritu lúdico, transgresor y surrealista de la obra. Una dirección que acompaña con inteligencia el texto de Mairena y convierte esta recuperación de la aventura teatral de Buñuel, Dalí y Lorca en una experiencia escénica magnífica.

Un reparto versátil que da vida al universo de Buñuel, Dalí y Lorca

El apartado interpretativo es otro de los grandes atractivos de la pieza. Siete actores se encargan de dar vida a este particular delirio de Buñuel, Dalí y Lorca, asumiendo además distintos personajes en los dos planos que conviven en la función. Un reparto bien conjuntado, que responde con soltura a las exigencias del montaje y demuestra una notable versatilidad para transitar entre el humor, el absurdo y el juego teatral, así como entre el ambiente de la Residencia de Estudiantes y el universo de Don Juan Tenorio.

Manuel Moya aborda a Don Juan con la naturalidad y el aplomo de quien conoce bien el repertorio clásico y se desenvuelve en él como pez en el agua. Su dominio del verso y su presencia escénica encajan especialmente bien con el personaje. También interpreta a Buñuel, aunque en este caso hemos echado en falta que acentuara algo más el marcado acento aragonés, tan característico del cineasta.

Carlos Algaba compone un Lorca sensible y cercano. Su interpretación nos deja algunos momentos especialmente sentimentales, como aquellos en los que se sienta al piano y recita algunos de sus poemas, acercándonos a su faceta más íntima y artística. Después se desdobla en Don Gonzalo dentro de la representación de Don Juan Tenorio. Quique Meléndez, por su parte, aprovecha el personaje de Dalí para desplegar su vis cómica: sus gestos, sus ademanes y ese acento tan peculiar del genio de Figueras dan forma a una caracterización muy divertida. En la obra de Zorrilla asume también el papel de Luis Mejía.

Samuel Viyuela González encuentra en Pepín Bello uno de los personajes más agradecidos de la función. Bello fue un intelectual y un gran animador de la vida cultural de la Residencia de Estudiantes, además de amigo íntimo de Buñuel, Lorca y Dalí. Ingenioso, imaginativo y siempre dispuesto a las bromas, era una de esas figuras que animaban y daban vida al grupo. Viyuela recoge muy bien ese espíritu juguetón. Tiene una vis cómica que le corre por las venas y que aflora con una naturalidad y una gracia excepcionales, lo que da lugar a algunos de los pasajes más divertidos del montaje. También interpreta a Ciutti y al escultor en la representación de Don Juan Tenorio, mostrando su facilidad para cambiar de registro.

Rodrigo Sáenz de Heredia da vida a José Moreno Villa, una figura especialmente relevante dentro del universo de la Residencia. Poeta, pintor, dibujante, historiador y crítico de arte, Moreno Villa vivía allí y ejercía como tutor de los jóvenes, a los que acompañaba y orientaba. Sáenz de Heredia asume también en determinados momentos la función de narrador y se desdobla después en Don Diego, Avellaneda y Doña Inés. Precisamente su transformación en este último personaje, con su correspondiente caracterización, protagoniza uno de los momentos más hilarantes del montaje.

Por último, merece la pena detenerse en María Jáimez, que compone una Maruja Mallo llena de personalidad, y Sara Moraleda, que da vida a Margarita Manso con gran naturalidad. Ambas actrices encarnan a dos mujeres fundamentales de la vanguardia artística de aquellos años: Mallo, una de las pintoras más destacadas de su generación, y Manso, también vinculada a aquel grupo de jóvenes creadores que compartieron el afán de romper con las convenciones de su tiempo. Las dos se desdoblan además en la representación de Don Juan Tenorio: Jáimez como Doña Inés y Moraleda en los papeles de Brígida y Centellas. Dos actuaciones que completan con acierto el retrato de aquella generación y dan presencia sobre el escenario a dos creadoras cuya aportación merece ser recordada.

Una propuesta que merece volver pronto a los escenarios

En definitiva, La profanación de Don Juan nos ha sorprendido muy gratamente: una propuesta divertida, ingeniosa y llena de humor, que además nos acerca a una generación irrepetible y puede despertar, especialmente entre los espectadores más jóvenes, la curiosidad por descubrir a sus protagonistas y profundizar en sus trayectorias. Una pena que un montaje así cuente únicamente con cuatro funciones en el Fernán Gómez. Ojalá vuelva pronto a los escenarios, porque merece mucho más recorrido que el de unos pocos días en torno a la festividad de Todos los Santos.

Lo mejor

La recuperación de esta singular versión de Don Juan Tenorio que imaginaron en su día Buñuel, Lorca y Dalí, gracias al trabajo de dramaturgia y dirección de Juan Mairena; la elegante y cuidada puesta en escena, que aprovecha magníficamente el espacio; y el trabajo de los siete intérpretes, que dan vida a los personajes con gran acierto y se desdoblan con enorme versatilidad entre los dos universos que conviven en la función.

Lo que se podría mejorar

Nos habría gustado que la dramaturgia profundizara algo más en la faceta personal de Buñuel, Dalí y Lorca. Aunque se ofrecen algunas pinceladas sobre la intimidad del poeta granadino, echamos en falta más detalles sobre las vidas personales de los tres artistas que nos permitieran conocer mejor a quienes se esconden detrás de los personajes históricos. En el apartado interpretativo, Manuel Moya podría haber acentuado algo más el marcado acento aragonés, tan característico de Buñuel.

Aldo Ruiz

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