‘AL FINAL DE LAS COSAS’: HUMOR, DESGARRO Y EL INCONFUNDIBLE SELLO DE NOEMI RODRÍGUEZ PARA RETRATAR LA RUPTURA DE UNA PAREJA

CALIFICACIÓN: EXCELENTE — 8

Hay algo que resulta especialmente difícil conseguir a lo largo de una carrera teatral: tener una voz propia. Noemi Rodríguez pertenece a esa categoría de creadoras cuyo trabajo resulta reconocible por su implicación y su libertad formal. Su teatro combina la exposición descarnada de las emociones con el gusto por lo inesperado, sin miedo a romper convenciones ni a adentrarse en terrenos incómodos.

En Al final de las cosas, que escribe, dirige e interpreta junto a Alejandro Jato en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, Rodríguez vuelve a demostrar esa personalidad artística y esa verdad escénica que atraviesa su teatro. Una verdad que no necesariamente tiene que ver con el realismo, sino con la manera de exponer las contradicciones humanas, de llevar las situaciones al límite y de encontrar en los territorios más incómodos una materia escénica de enorme potencia. Lo que importa no es que todo resulte verosímil desde una perspectiva realista, sino la capacidad de la escena para revelar algo verdadero sobre las emociones de sus personajes.

La obra nos sitúa ante los últimos coletazos de una relación sentimental que, cuando comienza la función, parece haber iniciado ya su particular cuenta atrás. Sus protagonistas son una pareja de actores que participa en el rodaje de un anuncio de bodas para un equipo lituano. Lo que, en principio, podría parecer una situación anecdótica o incluso disparatada se convierte en el dispositivo a través del cual van aflorando las miserias, las frustraciones y las grietas de una relación que parece abocada a un desenlace inevitable. Mientras la pareja interpreta su papel ante la cámara, la ficción comienza a contaminarse de realidad y las costuras de su propia historia sentimental se hacen cada vez más visibles. De hecho, uno de los grandes aciertos de la propuesta reside en la manera en que la dramaturga gallega construye la evolución de los personajes y nos hace asistir al doloroso proceso de una ruptura. No se trata únicamente de llegar a una decisión final, sino de transitar por las resistencias, contradicciones y heridas que implica asumir que una relación ha llegado a su fin.

Una dramaturgia que combina registros con una libertad y una precisión admirables

El derrumbe de la pareja lo aborda Rodríguez a través de una combinación de géneros y registros que constituye una de las señas de identidad de su escritura. El humor convive con el drama; el realismo se quiebra para dar paso a situaciones que rozan la psicomagia, mientras determinadas escenas se adentran en terrenos cercanos a lo grotesco e incluso a lo gore. La propuesta avanza por un territorio imprevisible, en el que la risa, la incomodidad, la violencia y la emoción pueden aparecer prácticamente sin previo aviso. Esa libertad formal no impide que aflore una verdad emocional que atraviesa los distintos registros y da sentido a las contradicciones de los personajes.

Es precisamente en esa mezcla donde vuelve a reconocerse el sello de la autora. Rodríguez posee una particular habilidad para transitar entre lenguajes aparentemente antagónicos sin que la propuesta pierda su identidad. No todos los ingredientes tienen por qué encajar con la misma intensidad ni producir el mismo efecto en el espectador, pero hay una personalidad detrás de las decisiones, una voluntad de arriesgar y una manera muy particular de entender el hecho teatral. Una forma de entender la escena en la que la verdad no depende de reproducir la realidad tal como es, sino de encontrar una expresión propia para aquello que, en la experiencia humana, resulta contradictorio, incómodo o difícil de nombrar.

A esta libertad formal se suma el constante juego entre realidad y ficción, entre lo que los personajes representan y lo que verdaderamente son, entre el artificio de la escena y la verdad que se filtra por sus grietas. En Al final de las cosas, ese mecanismo no funciona únicamente como un recurso narrativo, sino también como una forma de poner en cuestión las máscaras que sostenemos en nuestras relaciones y la distancia que puede llegar a existir entre la imagen que proyectamos y aquello que se desmorona en nuestro interior. 

Una de las cosas que más nos ha llamado la atención del texto se encuentra en su recta final, cuando la obra parece encadenar una sucesión de finales. Este mecanismo conecta con una de las dificultades más reconocibles de una ruptura: saber que algo se ha acabado no significa necesariamente estar preparado para dejarlo atrás. Poner fin a una relación supone también renunciar a los planes compartidos y a la vida que uno había imaginado, y enfrentarse a la incertidumbre de empezar de nuevo con la edad que tiene y con todo aquello que arrastra consigo.

Todo ello acaba configurando una propuesta irreverente, incómoda y sorprendente, que encuentra en la ruptura no solo un motivo dramático, sino también un terreno fértil para el juego teatral. Noemi Rodríguez vuelve a desplegar un universo muy personal, en el que la libertad formal y la exposición descarnada de las emociones conviven para sacudir las convenciones, llevar las situaciones al límite y recordarnos que, a veces, para contar la verdad de una historia es necesario deformarla, retorcerla y llevarla hasta lugares en los que el espectador no esperaba encontrarse.

Dos magníficas interpretaciones que transitan entre la ironía y la vulnerabilidad

La complejidad emocional de Al final de las cosas encuentra en Alejandro Jato y Noemi Rodríguez dos intérpretes capaces de dar verdad escénica a una relación en pleno proceso de descomposición. Ambos construyen una pareja en la que el afecto, el resentimiento y las expectativas frustradas conviven sin llegar a anularse, de modo que cada enfrentamiento parece arrastrar consigo el peso de una historia compartida.

En el caso de Noemi Rodríguez, la precisión con la que transita de la comicidad a la vulnerabilidad constituye uno de los puntos fuertes de su actuación En la primera parte de la función, micrófono en mano, protagoniza un monólogo cargado de humor negro, retranca y sarcasmo en el que desgrana sus reproches contra quien está a punto de convertirse definitivamente en su expareja. La actriz maneja los tiempos cómicos con una notable seguridad y convierte la ironía en un arma con la que atacar al otro y, al mismo tiempo, protegerse de su propio dolor. La risa que provoca el discurso no oculta la herida que lo alimenta; al contrario, hace más perceptible la frustración que se esconde tras cada pulla.

Ese tono hilarante da paso a un registro más íntimo cuando el personaje empieza a evocar el futuro que había imaginado junto a él: los años compartidos, la vejez y una vida en común que ya no llegará a cumplirse. La pérdida adquiere entonces una dimensión especialmente conmovedora, al desplazar el foco de los reproches hacia todo aquello que la separación amenaza con borrar. La secuencia culmina cuando él propone recrear cómo sería la muerte de ella. Convertida en una anciana, Rodríguez imagina su despedida del mundo con él a su lado, acompañándola hasta el final. La escena introduce una ternura que contrasta con la hostilidad anterior y permite vislumbrar no solo el futuro perdido, sino también el vínculo que todavía los une. Es uno de los momentos más emotivos de la función, en el que la dimensión imaginativa de la propuesta abre un espacio para que aflore, bajo el conflicto, el deseo de haber permanecido juntos.

Alejandro Jato está también magnífico en la construcción de un personaje cuya aparente frialdad inicial va resquebrajándose a medida que avanza la función. Al comienzo de la obra, parece tener clara su decisión de poner fin a la relación: es él quien ha abandonado la casa y quien se muestra más distante y reacio a intentarlo de nuevo. Sin embargo, esa seguridad inicial va dejando paso a otras facetas del personaje. El actor encuentra también espacio para la comicidad en una escena en la que responde al monólogo de ella imaginando qué ocurriría si fuese catalán, después de que esta lo tache de tacaño y lo compare, precisamente por ello, con un catalán. La situación introduce un contrapunto humorístico en el enfrentamiento y permite apreciar la capacidad de Jato para desenvolverse en registros diferentes.

En el tramo final, la contención inicial da paso a un desbordamiento emocional que deja al descubierto la fragilidad e incluso el patetismo del personaje. La interpretación de Jato hace visible la evolución de una figura que, tras su aparente frialdad y resistencia a retomar la relación, revela progresivamente sus contradicciones y vulnerabilidades. En ese desvelamiento gradual de sus distintas capas se aprecia con especial claridad el arco del personaje y la riqueza del trabajo dramatúrgico de Noemi Rodríguez.

La solidez de ambos trabajos se aprecia también en la manera en que los intérpretes se escuchan y reaccionan el uno al otro. El trabajo conjunto permite que la relación resulte verosímil en sus distintas etapas, desde la familiaridad de quienes se conocen demasiado bien hasta la hostilidad de quienes ya no encuentran la manera de entenderse. Se percibe un trabajo de ensayo minucioso en la escucha, los tiempos y las reacciones, así como en la naturalidad con la que las escenas pasan de la confrontación a la ternura. No parece una relación construida únicamente a partir del texto, sino una historia compartida que los intérpretes han trabajado también desde el cuerpo, los silencios y los pequeños gestos. Esa labor compartida refuerza precisamente la verdad escénica que sostiene la propuesta: los personajes no parecen limitarse a representar una ruptura, sino que transmiten la sensación de estar atravesándola ante nuestros ojos.

En conjunto, ambos intérpretes consiguen que la ruptura trascienda el enfrentamiento entre culpables e inocentes. La química escénica y el conocimiento mutuo que transmiten constituyen otro de los grandes aciertos del montaje. Al tratarse de una propuesta todavía en plena efervescencia, será interesante comprobar cómo evoluciona ese trabajo a medida que se sucedan las funciones y qué nuevos matices encuentran ambos en una relación escénica que ya cuenta con una base sólida.

Una puesta en escena con personalidad y pequeños detalles por depurar

Además de escribir e interpretar Al final de las cosas, Noemi Rodríguez asume el reto de dirigir un montaje que exige transitar por registros muy diversos sin perder su coherencia. La comicidad, el sarcasmo, la crudeza, el drama y los momentos de mayor vulnerabilidad conviven en una propuesta que obliga a encontrar para cada situación el tono, el ritmo y la expresión escénica adecuados. Es precisamente en este terreno donde se percibe una madurez artística cada vez más asentada en la trayectoria de Rodríguez. En comparación con otros trabajos suyos, aquí se aprecia una mayor capacidad para integrar los distintos lenguajes de la obra y darles continuidad, sin renunciar a la personalidad irreverente que caracteriza su teatro.

Esa evolución se advierte en la construcción de las escenas y en la manera de articular el recorrido escénico de principio a fin: desde el arranque, con la recreación de una boda en Las Vegas, hasta un desenlace en el que el derrumbe de la pareja encuentra una expresión escénica de gran fuerza. A lo largo de la función, la acción fluye con agilidad y los cambios de registro se producen, en líneas generales, con naturalidad, dando continuidad a una propuesta que combina situaciones y tonos muy diferentes.

Con todo, el ritmo y algunas transiciones son aspectos que todavía podrían afinarse. Hay pasajes cuya duración podría ajustarse y escenas en las que el desarrollo de la acción permitiría una mayor precisión. Son detalles puntuales que parecen propios de un montaje que todavía está dando sus primeros pasos y que pueden ir encontrando su medida con el rodaje de las funciones. No se trata de modificar la estructura ni de rebajar la libertad formal de la propuesta, sino de pulir algunos desajustes para que las escenas se encadenen con mayor precisión y el conjunto gane en fluidez.

Entre los momentos más impactantes de la puesta en escena se encuentra aquel en el que la novia corre una y otra vez hacia una puerta y se estrella violentamente contra ella, en una secuencia de gran intensidad en la que el desgaste emocional encuentra una poderosa expresión física, como si su cuerpo intentara exteriorizar una angustia que ya no puede contener. La repetición de ese gesto convierte el dolor interior en una imagen tan perturbadora como expresiva. La interpretación, la iluminación y el espacio sonoro se conjugan para dotar a esta secuencia de una enorme fuerza visual y emocional. Esta dimensión física del conflicto se extiende también a otros pasajes de la obra, en los que la danza amplía los recursos expresivos de la propuesta e incorpora el cuerpo al desarrollo dramático. Rodríguez demuestra así su capacidad para integrar distintos lenguajes escénicos y enriquecer la narración.

En el apartado visual destaca la escenografía de Pablo Chaves, sencilla y funcional, pero especialmente eficaz a la hora de acompañar los distintos estados emocionales por los que atraviesa la pareja. Su diseño encuentra el equilibrio entre funcionalidad y expresividad, se adapta a las transformaciones de la acción y construye un espacio que acompaña el conflicto sin restar protagonismo a los intérpretes. A ello se suma la iluminación de Paloma Parra, fundamental en la creación de atmósferas, así como el vestuario de Cecilia Molano y el espacio sonoro de Marc Álvarez, que contribuyen a definir y enriquecer el universo escénico.

Mención especial merece el trabajo coreográfico de Amaya Galeote, especialmente relevante en una obra en la que el deterioro de la relación se manifiesta también a través del cuerpo. A medida que avanza la función, el desgaste emocional de los personajes encuentra su correspondencia en el agotamiento físico, que se hace visible en sus movimientos y en su manera de habitar el espacio. La coreografía convierte así el cuerpo en una prolongación del conflicto, haciendo visible aquello que las palabras no siempre alcanzan a expresar. El movimiento se integra en la dramaturgia y acompaña la evolución de los personajes, reforzando la dimensión física de una ruptura que termina por afectar a todas las capas de su existencia.

En definitiva, Al final de las cosas reafirma a Noemi Rodríguez como una de las voces creativas más singulares de su generación. Pese a ciertos ajustes de ritmo todavía pendientes, la dirección despliega una propuesta brillante, arriesgada y de enorme personalidad, capaz de conjugar registros muy diversos y convertirlos en un universo teatral reconocible y lleno de fuerza.

Lo mejor

El universo escénico propio que crea Noemi Rodríguez y su genial mezcla de registros, junto a la magnífica interpretación del dúo protagonista y la complicidad que transmite sobre el escenario.

Lo que menos nos ha gustado

El montaje ganaría con una mayor depuración del ritmo y una dosificación más precisa de ciertos cambios de registro, de manera que los recursos más extremos no compitieran entre sí y los momentos de intimidad tuvieran más espacio para asentarse. Son ajustes que podrían reforzar una propuesta que ya cuenta con una base interpretativa sólida y una dramaturgia reconocible. 

Aldo Ruiz

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