CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7

El club de los poetas muertos llega al Teatro La Latina con una adaptación teatral de corte clásico basada en el texto original de Tom Schulman, autor de la historia que en 1989 se convirtió en un fenómeno cinematográfico y obtuvo el Óscar al mejor guion original. Ahora, la historia da el salto a las tablas de nuestro país de la mano de Juan Luis Iborra y con Juanjo Artero dando vida al profesor John Keating. Una propuesta que traslada al teatro el universo de una película que permanece muy presente en el imaginario colectivo.
La obra está ambientada en Welton, un estricto internado masculino en el que la disciplina, la tradición y las expectativas familiares marcan el futuro de los alumnos. Todo cambia con la llegada del profesor de literatura John Keating (Juanjo Artero), que anima a sus estudiantes a pensar por sí mismos, encontrar su propia voz y acercarse a la poesía desde una perspectiva más libre y personal. Sus enseñanzas llevarán a un grupo de jóvenes a recuperar el Club de los Poetas Muertos, un espacio secreto en el que compartir lecturas, sueños y deseos, pero también les enfrentarán a la autoridad y a las exigencias de su entorno.
Lejos de plantear una traslación literal de la película al escenario, esta propuesta parte del texto original de Tom Schulman para construir una adaptación que introduce algunas modificaciones respecto a la obra cinematográfica. La reducción y condensación de personajes, la reorganización de determinadas escenas y la profundización en algunas relaciones, como la que mantienen Keating y el director del colegio, responden a la necesidad de adaptar la historia a las exigencias del lenguaje teatral.
En este proceso de adaptación, el propio Schulman ha señalado la importancia de que el intérprete de John Keating encuentre su propia manera de abordar el personaje, sin limitarse a reproducir la interpretación de Robin Williams. Una intención que se percibe claramente en el trabajo de Juanjo Artero, que ofrece una interpretación solvente y comprometida, en la que se aprecia el empeño por construir su propio Keating y alejarse de la referencia cinematográfica. Artero se muestra entregado al personaje y consigue hacerlo suyo, aportándole una personalidad propia y una presencia escénica sólida. Aun así, desde nuestra perspectiva, echamos de menos ese algo especial que Robin Williams aportaba al personaje: una combinación de calidez y profundidad emocional que hacía especialmente conmovedoras algunas de sus intervenciones.
En la misma línea, Manu Rodríguez, en el papel del director de Welton, y Tomy Álvarez, como el señor Perry, ofrecen unas interpretaciones muy resolutivas y ajustadas a la autoridad que requieren sus respectivos personajes. En determinados momentos, sin embargo, echamos en falta una mayor naturalidad, un aspecto que pensamos puede ir mejorando con el paso de las funciones. El contraste entre la línea interpretativa de los jóvenes y la de los personajes adultos es evidente, y confiamos en que ambas vayan encontrando progresivamente un mayor equilibrio, algo que contribuirá sin duda a reforzar el conjunto de la propuesta.

Todos los componentes del joven elenco brillan en sus respectivos papeles
Uno de los grandes aciertos del montaje se encuentra en el trabajo de su joven elenco. El conjunto funciona con gran solidez: todos los perfiles están muy bien definidos y cada intérprete consigue trasladar al escenario los distintos matices de sus personajes. Se percibe, además, una dirección actoral muy cuidada, que permite que cada uno encuentre su propia personalidad dentro del grupo sin perder nunca la cohesión del conjunto.
Especialmente destacable es la complicidad que mantienen entre ellos sobre el escenario. Sus relaciones, su energía y la naturalidad con la que interactúan hacen que el grupo resulte creíble y aportan dinamismo a la función. Son ellos, junto al profesor Keating, quienes sostienen el peso de la historia, y el elenco joven responde con brillantez y talento a esa responsabilidad.
Jacobo Camarena está estupendo dando vida a Neil Perry, un joven lleno de sueños, inquietudes y una enorme sensibilidad que sueña con ser actor, pero que se encuentra con la oposición de un padre que ha decidido por él su futuro. Camarena consigue transmitir con naturalidad esa mezcla de entusiasmo, ilusión y angustia que define al personaje. A su lado, Sergio Aguado realiza una magnífica interpretación en la piel de Todd Anderson, el compañero de habitación de Neil, un muchacho extremadamente tímido e inseguro al que le cuesta encontrar su propia voz. Aguado construye con sensibilidad la evolución del personaje y cómo, poco a poco, gracias al estímulo de Keating y al apoyo de sus compañeros, comienza a vencer esa timidez.
Destaca también Marcos Saneiro dando vida a Richard Cameron, el alumno aplicado y estudioso al que muchos de sus compañeros consideran un pelota, y que representa una forma mucho más acomodaticia de enfrentarse a las exigencias de Welton. Álvaro de Paz, por su parte, se mete en la piel de Knox Overstreet, el joven enamoradizo que vive pendiente de la chica de la que está enamorado y que aporta al grupo una mirada más romántica e impulsiva.
Gabriel Flores se luce en la piel de Steven Meeks, uno de los personajes que aporta mayor comicidad a la función, y protagoniza algunos de sus momentos más divertidos con su particular forma de comportarse y de poner siempre la nota discordante. Flores aprovecha muy bien esa vertiente cómica y consigue que Meeks resulte especialmente cercano y simpático. Por último, Lennon Jon Sharp aporta mucha energía a Charlie Dalton, un alumno al que le encanta la música y que parece tener una facilidad especial para meterse siempre en líos. Sharp consigue transmitir muy bien esa actitud rebelde, convirtiendo al personaje en uno de los más carismáticos del grupo.

Una puesta en escena elegante y efectiva
Juan Luis Iborra, director muy vinculado al Teatro La Latina y responsable de montajes como Los chicos del coro y Oliver Twist, el musical, resuelve la puesta en escena con precisión y elegancia a lo largo de los 120 minutos que dura la función. La propuesta escénica de David Pizarro destaca especialmente en la recreación del aula, cuidada hasta el último detalle, así como en esos espacios secundarios, como el bosque y la cueva, donde los jóvenes se reúnen para recuperar el Club de los Poetas Muertos. Dos escenarios muy bien integrados y resueltos desde el punto de vista escenográfico, que contribuyen a crear la atmósfera adecuada para la historia y acompañan con naturalidad el desarrollo de la acción.
La escenografía resulta funcional y, al mismo tiempo, visualmente atractiva. Aunque el teatro no permite reproducir todas las posibilidades narrativas y visuales del lenguaje cinematográfico, la propuesta encuentra soluciones eficaces para trasladar los distintos espacios de la historia al escenario. El diseño de vestuario de Gabriela Salaverri, la iluminación de Juanjo Llorens, la música de Gerardo Gardelín y el movimiento escénico de Luis Santamaría contribuyen a construir una puesta en escena cohesionada y reconocible.
Sin embargo, en algunos momentos el montaje pierde ritmo, y a ello se suma el peso inevitable de la película, cuya presencia sigue siendo muy fuerte para quienes conocemos la versión cinematográfica. Aunque hay escenas en las que la propuesta teatral consigue encontrar su propia identidad, en otras la comparación con el filme resulta inevitable. El propio traslado de una historia concebida originalmente para el lenguaje cinematográfico a las tablas plantea, además, otros tiempos y otras formas de narrar que, en determinados momentos, hacen que la trama avance de manera más pausada y no alcance toda la fluidez que cabría esperar.
Entre los momentos más logrados de la puesta en escena destaca, sin duda, la escena trágica de Neil Perry, resuelta con gran belleza y notable sensibilidad. Es uno de esos instantes en los que la dirección escénica, la interpretación y la carga emocional de la historia convergen de manera especialmente efectiva. Los silencios, los gestos y las miradas adquieren aquí tanto peso como las propias palabras, dando forma a una escena contenida, pero profundamente conmovedora.
También nos gusta muchísimo el arranque del espectáculo, cuando todos los jóvenes del elenco aparecen caminando por el pasillo del patio de butacas portando la bandera. Es una imagen de gran fuerza visual, casi ceremonial, que nos introduce de lleno en el universo de estos estudiantes y establece desde el primer momento una conexión muy directa con el público. Una entrada sencilla, pero muy efectiva, que transmite desde el comienzo ese espíritu de rebeldía, amistad y libertad que atraviesa toda la obra.
Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de la impactante escena final, uno de esos grandes momentazos que nos regala El Club de los Poetas Muertos. La imagen de los alumnos sobre sus pupitres, desafiando por un instante las normas y rindiendo homenaje a su profesor, posee una enorme fuerza teatral y emocional. Un cierre que condensa buena parte del espíritu de la obra y que consigue que la emoción traspase el escenario para llegar directamente al patio de butacas.

Una adaptación que deja buen sabor de boca
El club de los poetas muertos nos ha dejado un buen sabor de boca, aunque reconozco que personalmente me esperaba algo más. La historia conserva su capacidad para emocionar y continúa planteando cuestiones relacionadas con la libertad individual, la presión familiar, la educación y la necesidad de encontrar una voz propia. No obstante, la presencia constante de la película y algunos problemas de ritmo hacen que el resultado no alcance siempre la intensidad que, en nuestra opinión, podría haber conseguido.
Una propuesta recomendable tanto para quienes guardan un recuerdo especial de la película como para quienes se acercan por primera vez a esta historia. Una oportunidad para disfrutar de una buena tarde de teatro bien hecho y volver a encontrarse con un mensaje que sigue invitándonos a pensar, a cuestionar lo establecido y, sobre todo, a encontrar nuestra propia voz.
Lo mejor:
El joven elenco, sólido, entregado y con una gran complicidad sobre el escenario. Un grupo que sostiene buena parte de la historia y que destaca por la definición de sus personajes y el trabajo conjunto.
Lo que se podría mejorar:
El ritmo de la función, especialmente en algunas transiciones, puede ganar fluidez a medida que avancen las representaciones. También sería interesante que el elenco adulto vaya encontrando progresivamente un tono más natural en sus interpretaciones.
Aldo Ruiz
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