CALIFICACIÓN: BIEN — 6
María Garralón, la inolvidable Julia de Verano azul, está de vuelta sobre las tablas y lo hace con un personaje hecho a su medida en los Teatros Luchana. En Pactos y promesas, una comedia escrita y dirigida por Luis Flor, la actriz se convierte en el alma de una propuesta entrañable en la que tiene la oportunidad de desplegar todos sus registros interpretativos, desde su indiscutible talento para la comedia hasta ese otro lado más sentimental, emotivo y tierno. Y, como broche, la actriz también se lanza a cantar, sumando la música a una actuación que es, sin duda, uno de los grandes atractivos de la función.
A su lado, Roger Álvarez, siempre magnífico, y Néstor Rubio completan el trío protagonista de esta historia. Garralón interpreta a Angelines, una mujer ya entrada en años que vive en un pueblo, es una apasionada de las telenovelas turcas y tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Después de haber permanecido soltera durante toda su vida, y quizá huyendo de la soledad, acaba de casarse con Rachid (Néstor Rubio), un joven marroquí, en una relación que parece responder a una especie de matrimonio de conveniencia.
Su única familia es un sobrino que está muy pendiente de ella y que teme que su recién estrenado marido pueda estar aprovechándose de su buena voluntad. Preocupado por la situación de su tía, encarga a Gregorio (Roger Álvarez), un músico callejero en horas bajas, que se acerque hasta su casa para entregarle una cartera. Este acepta el encargo sin imaginar lo que le espera ni sospechar nada. Al llegar, algo no encaja. Lo que parecía un sencillo favor se transforma en una situación cada vez más desconcertante cuando queda retenido contra su voluntad por este peculiar matrimonio. Así arranca la trama de una comedia que juega con lo inesperado y nos introduce en una historia tan singular como imprevisible.
Más allá de los enredos y las situaciones disparatadas que plantea, Pactos y promesas aborda dos temas tan importantes como el amor y la soledad en la vejez, así como las oportunidades sentimentales que pueden surgir en cualquier momento de la vida. A través de sus personajes, la obra nos acerca a esa realidad, a veces triste y silenciosa, de tantas personas mayores que pasan sus días sin alguien con quien compartir sus vivencias, sus recuerdos y sus ilusiones. Una historia que nos recuerda que nunca es tarde para volver a enamorarse y que encontrar compañía y cariño puede cambiar la vida de una persona.
Un texto con muchos ingredientes que busca el equilibrio entre el humor y la ternura
En 2020 ya tuvimos la oportunidad de acercarnos al universo creativo de Luis Flor con Vete de mis sueños, una comedia que escribió junto a Felipe Alonso y que pudimos disfrutar también en los Luchana. Una propuesta que nos dejó muy buen sabor de boca y nos permitió descubrir su capacidad para construir situaciones divertidas y personajes con personalidad. Ahora, unos años después, volvemos a encontrarnos con su escritura en Pactos y promesas, aunque en esta ocasión Flor asume un doble reto: no solo firma el texto, sino que también se pone al frente de la dirección. Un desafío en el que intenta combinar el humor, el disparate, la ternura y la emoción para hablarnos del amor, de la soledad y de las oportunidades que todavía pueden surgir en la madurez.

El problema es que no todos estos ingredientes terminan de encontrar su sitio dentro de la función. Y es que, para nosotros, uno de los mayores atractivos de la propuesta se encuentra en la historia de Angelines (María Garralón) y Gregorio (Roger Álvarez), que merecería ocupar un lugar más central. En esa relación encontramos algunos de los momentos más bonitos y entrañables de la obra: la posibilidad de volver a enamorarse, los recuerdos de juventud y esas historias sentimentales que, aunque parecían haber quedado atrás, todavía pueden encontrar una segunda oportunidad. Cuando María Garralón comparte los sentimientos de Angelines y Roger Álvarez recuerda aquel amor de juventud que vivió en su pueblo y que ya no pudo recuperar, la función alcanza una sensibilidad especial. Es en esos momentos de intimidad y emoción donde, a nuestro juicio, se encuentra el verdadero corazón de Pactos y promesas.
Sin embargo, la historia de Angelines y su relación con Rachid, un joven al que acaba de conocer y con el que contrae un matrimonio de conveniencia, aunque ofrece momentos muy divertidos, introduce situaciones que por momentos resultan bastante inverosímiles. Es cierto que la obra juega con el disparate en todo momento, pero quizá habría sido necesario encontrar un mayor equilibrio en la construcción de esta relación para que resultara más creíble.
Rachid, interpretado por Néstor Rubio, aporta una vertiente más alocada a la historia. Fanático de Bruce Lee, está constantemente realizando movimientos de artes marciales y protagoniza algunas de las situaciones más disparatadas, con una katana incluida. Todo ello permite incorporar una buena dosis de humor que funciona bien, aunque también contribuye a dibujar un personaje tan excéntrico que cuesta terminar de encajar su relación con Angelines. No es tanto la diferencia de edad entre ambos ni el hecho de que su matrimonio responda a un interés mutuo, sino el perfil tan extremo de Rachid y la manera en que está construido el personaje lo que hace que la relación entre ambos resulte poco verosímil. Además, tenemos la sensación de que acaba adquiriendo demasiado peso dentro del conjunto, desplazando otras líneas argumentales que nos parecen más interesantes.
Una de ellas tiene que ver precisamente con el universo de las telenovelas turcas, tan presente en la vida de Angelines y que da título a la propia obra. A lo largo de la función vemos cómo la protagonista sigue cada noche Pactos y promesas, comenta las andanzas de sus personajes e incluso llega a dirigirse a los galanes como si formaran parte de su vida. Por eso, resulta especialmente divertido el momento en el que uno de ellos sale literalmente de la televisión y aparece en el salón para sentarse junto a ella en el sofá. Nos parece una idea con muchísimo potencial teatral que Luis Flor podría haber desarrollado mucho más, haciendo que otros personajes de la ficción televisiva irrumpieran también en la realidad de Angelines. Creemos que esta vía habría aportado nuevas posibilidades al desarrollo de la comedia y una mayor riqueza dramatúrgica al conjunto. Es una de esas ideas que aparecen apenas esbozadas y que nos dejan con ganas de ver hasta dónde podría haber llegado la función si se hubieran explorado con mayor profundidad.
En este sentido, pensamos que Luis Flor ha querido introducir muchos ingredientes en una misma receta teatral, pero quizá no ha terminado de encontrar la proporción adecuada entre todos ellos. A nuestro juicio, dando mayor protagonismo a la historia de Angelines y Gregorio, dejando que Rachid funcionase como un contrapunto cómico y desarrollando algo más el universo de las telenovelas, la obra habría ganado en equilibrio y profundidad.
Una puesta en escena sencilla y funcional
Más allá de las cuestiones relacionadas con el texto, Pactos y promesas cuenta con una puesta en escena sencilla y funcional, adaptada a las características de los Luchana. No hay que olvidar que estamos ante un espacio con varias salas y una programación continuada, en el que, en ocasiones, apenas hay treinta minutos entre una representación y la siguiente. Esta dinámica obliga a realizar los cambios de escenografía, iluminación y ambientación con un margen de tiempo muy limitado, algo que inevitablemente condiciona las posibilidades de cuidar determinados aspectos visuales de cada montaje. No se trata tanto de una cuestión de planteamiento artístico como de las propias limitaciones que impone este tipo de espacios, muy diferentes a las de un teatro convencional en el que se dispone de más tiempo y medios para trabajar cada detalle de la puesta en escena.
Dicho esto, la puesta en escena está resuelta con solvencia y el público disfruta de una representación que cuenta con numerosas situaciones capaces de arrancar las carcajadas de la sala. Entre ellas, destaca especialmente la escena en la que los tres protagonistas comparten sofá y Rachid, que está fumando un porro, se lo ofrece a Angelines, que acaba dándole varias caladas. A partir de ahí, la risa se adueña de la escena y, especialmente, de Angelines, cuya risa contagiosa va creciendo hasta extenderse al propio público y desembocar en uno de los momentos más hilarantes de la función. Por su parte, Néstor Rubio, como Rachid, también nos brinda algunos de los momentos más divertidos de la función, especialmente cuando se empeña en aterrorizar al pobre Gregorio con sus bruscos movimientos de artes marciales, sus poses de combate y sus inesperados ataques de katana.

Sin embargo, si hay algo que termina conquistándonos de Pactos y promesas es su lado más entrañable y emotivo. Especialmente cuando Angelines desnuda su corazón y cuenta cómo ha transcurrido su vida en el pueblo, sintiéndose sola y sin haber encontrado a esa persona con la que compartir sus días. María Garralón consigue transmitir toda la vulnerabilidad del personaje y su necesidad de cariño, regalándonos algunos de los pasajes más emocionantes de la función. También resulta especialmente conmovedora la escena en la que, vestida de novia, huye de noche y se refugia en la iglesia, así como aquella otra en la que, también con el traje de boda, baila el vals con su marido. Un instante cargado de ternura que cuenta, además, con la delicada interpretación de Roger Álvarez, que acompaña la escena al canto y con su guitarra.
María Garralón y Roger Álvarez ponen voz al momento más emotivo de la función
Y es precisamente la música la que cobra un protagonismo especial en los últimos compases de la representación, cuando María Garralón y Roger Álvarez interpretan «Quién iba a pensar», una preciosa canción original, compuesta por el propio Roger para la ocasión, que toma forma de bolero, con una melodía envolvente y pegadiza que ambos defienden con enorme sensibilidad. Un broche de oro para una función que, entre risas y emociones, termina tocando una fibra muy especial: ese anhelo tan humano de encontrar a alguien con quien compartir la vida.
Y es que Roger Álvarez es uno de esos actores que siempre suponen una garantía sobre el escenario. Ya tuvimos ocasión de disfrutar de su trabajo hace unos años en Los sombreros olvidados, en el Off del Teatro Lara, donde nos regaló una preciosa interpretación que dejó patente su talento y su capacidad para moverse entre la ternura y la comedia. En Pactos y promesas vuelve a demostrar que es un actor espléndido, que domina todos los registros, tanto el cómico como el dramático, y que posee además unas grandes cualidades vocales. Está estupendo dando vida a Gregorio, un personaje que, a nuestro juicio, merecería tener más peso y recorrido dentro de la función.
Pero está verdaderamente genial cuando se desdobla en otros dos personajes en sendos sketches: una amiga vidente de Angelines y un sacerdote. Son dos momentos graciosísimos en los que Roger demuestra una vez más su enorme versatilidad y su capacidad para sacar partido a la comedia. De hecho, nos habría gustado que Luis Flor hubiera profundizado más en esta línea, incorporando otras apariciones y personajes de este tipo, que funcionan estupendamente y podrían haber dado todavía más juego a la función. Quizá habría sido otra vía más ingeniosa para desarrollar el humor y no conceder tanto protagonismo a Rachid.
Por su parte, Néstor Rubio está también muy divertido dando vida a Rachid, potenciando toda la comicidad de un personaje excesivo y alocado, al que sabe sacar mucho partido. Nuestra reflexión sobre el peso que adquiere dentro de la función no tiene que ver, en absoluto, con su trabajo interpretativo, sino con una cuestión de equilibrio en el desarrollo de las distintas tramas. De hecho, nos gusta especialmente ese momento en el que Rubio abandona su papel de Rachid para convertirse en el galán de la telenovela y poder mostrar así otro registro.
En definitiva, Pactos y promesas es una comedia con muchos ingredientes, en la que el humor, el disparate y la música conviven con una historia cargada de ternura. Quizá habría que potenciar algo más su vertiente emocional y encontrar un mayor equilibrio entre las distintas tramas, pero la propuesta tiene momentos muy buenos y consigue que el espectador disfrute de una tarde de teatro divertida y entrañable. Y uno de los grandes alicientes del montaje es, sin duda, María Garralón, que se mueve con enorme soltura entre la comicidad y la emoción, haciendo que Angelines resulte un personaje tan divertido como humano. La actriz transita de la risa a la emoción con naturalidad y sencillez, dos cualidades que hacen que su interpretación conecte con el espectador en todo momento.
Lo mejor
María Garralón, auténtica alma de la función, sobre la que gira buena parte de la historia y que encuentra en Angelines un personaje con el que brilla tanto en el registro cómico como en el dramático. También Roger Álvarez, que aporta humanidad a Gregorio y que, cuando se desdobla en los personajes de la pitonisa y el sacerdote, protagoniza dos de los momentos más divertidos de la obra.
Lo que se podría mejorar
Un mayor equilibrio en el desarrollo de las distintas tramas, que no necesitan tener todas el mismo peso dentro de la función. A nuestro juicio, la historia de Angelines y Gregorio debería ocupar un lugar más central, pues es ahí donde se encuentran los momentos de mayor ternura y emoción. También podrían cuidarse algunos aspectos de la puesta en escena, aunque en este sentido hay que tener presentes las limitaciones propias de un espacio teatral con varias salas y una programación tan ajustada.
Aldo Ruiz
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