CALIFICACIÓN: NOTABLE — 7
Llega por primera vez a España Drácula, una comedia terrorífica, de Gordon Greenberg y Steve Rosen, una propuesta que se estrenó en el Off de Broadway en 2023 y llegó a Londres dos años después, antes de dar el salto a Madrid. La obra revisita el universo creado por Bram Stoker desde una perspectiva muy alejada del terror clásico y lo transforma en una propuesta desenfadada, irreverente y cargada de humor.
El montaje español se representa en Rooftop Lírico, un espacio moderno y muy atractivo situado en la azotea del Teatro Calderón, con un aforo aproximado de 350 personas y reabierto hace poco más de un año. Su estética contemporánea, su amplitud y su ubicación privilegiada lo distinguen de las salas de teatro convencionales y le confieren una identidad propia. Un entorno singular que amplía la experiencia teatral y aporta un valor diferencial a la propuesta, convirtiéndose en un aliciente más para acercarse a disfrutar del espectáculo.
La adaptación al español de Drácula, una comedia terrorífica corre a cargo de Sara Pérez y Javier Ruescas, mientras que la dirección es responsabilidad de la propia Pérez. Con una duración aproximada de 90 minutos, el montaje plantea un importante reto interpretativo: cinco actores dan vida a más de quince personajes, con continuos cambios de papel que exigen agilidad, versatilidad y un considerable esfuerzo físico.
Antes de entrar de lleno en el análisis, hay que tener en cuenta que estamos ante una producción recién estrenada y que se representa en un espacio con características muy distintas a las de una sala convencional. Esto se nota en algunos aspectos del montaje, especialmente en el ritmo y en determinados recursos escénicos, que todavía necesitan pequeños ajustes. Pese a ello, estamos ante una comedia divertidísima que ofrece muchos motivos para disfrutar, aunque también presenta algunos puntos que conviene analizar con más detenimiento.
Una comedia irreverente que provoca carcajadas a raudales
Uno de los puntos fuertes de Drácula, una comedia terrorífica es su capacidad para provocar la risa. La obra recurre a situaciones absurdas, juegos de palabras, gags visuales y una comicidad muy física y gestual que consigue arrancar carcajadas al público. A ello se suma la excelente adaptación de Sara Pérez y Javier Ruescas que incorpora referencias actuales y guiños a la cultura española que acercan la historia al público y generan momentos especialmente divertidos. El humor es el motor principal del montaje, que apuesta por el disparate y por una forma de abordar la historia muy alejada de la solemnidad que suele acompañar al personaje del vampiro.
La propuesta juega con las convenciones del relato original y las lleva hacia un terreno abiertamente cómico. El resultado es una sucesión de situaciones inesperadas que busca sorprender al espectador mediante el absurdo. Su carácter irreverente es una de sus señas de identidad, y buena parte de su atractivo reside precisamente en que no se toma demasiado en serio el universo de Drácula.
Sin embargo, esa sucesión de situaciones cómicas también tiene un aspecto que podría mejorarse. En algunos momentos, los gags se encadenan a tal velocidad que apenas hay tiempo para disfrutar de uno antes de que llegue el siguiente, lo que termina restando fuerza a determinadas situaciones. La propuesta tiene recursos suficientes para provocar la risa, pero esa acumulación no siempre juega a su favor. Dejar respirar algunas escenas y dosificar mejor los golpes de humor permitiría que cada gag tuviera mayor impacto, sin renunciar al absurdo, al ritmo ágil ni a la irreverencia que caracterizan a la obra.

Una puesta en escena ingeniosa y llena de recursos
Ese tono disparatado se apoya en una magnífica puesta en escena, dirigida por Sara Pérez, que destaca por el ingenio con el que resuelve las distintas situaciones y por la capacidad de los intérpretes para sacar partido al espacio disponible. Los movimientos, las entradas y salidas y las transiciones entre escenas contribuyen a mantener viva la acción. El montaje demuestra que no siempre hacen falta grandes recursos para construir situaciones teatrales eficaces, siempre que exista creatividad y los actores sepan aprovecharlos.
La escenografía, diseñada por Carlos Brayda, destaca por su sencillez y funcionalidad, pero también por su capacidad para recrear los distintos espacios en los que transcurre la historia. Al comienzo, el decorado nos sitúa en la mansión de Drácula, gracias a una combinación de tonos rosados, morados y verdes y a elementos como las puertas, las ventanas y el ataúd situado al fondo. A partir de esta misma estructura, el montaje consigue trasladarnos a otros escenarios, como la casa de los protagonistas o distintos edificios de Londres, sin necesidad de grandes transformaciones. La disposición de las puertas y ventanas, que recuerda a los recursos del teatro clásico, facilita las continuas entradas y salidas de los personajes, mientras que los cambios de iluminación y de atmósfera ayudan a definir cada lugar. Una escenografía versátil que, sin renunciar a su identidad visual, se adapta a las necesidades de la acción y contribuye a mantener la agilidad del montaje.
Esta economía de elementos también se aprecia en el uso del teatro físico y la mímica para resolver situaciones que, de otro modo, requerirían muchos más recursos. Los actores construyen espacios y acciones a través de sus movimientos, dejando que la imaginación del público complete aquello que no está presente físicamente sobre el escenario. Este recurso aporta dinamismo y da lugar a algunos de los momentos más cómicos de la función. Un buen ejemplo es una de las escenas finales del carruaje, en la que los intérpretes recrean el movimiento del vehículo con sus propios cuerpos. La situación se vuelve todavía más disparatada cuando Jonathan y Lucy mantienen relaciones sexuales en la parte trasera, convirtiendo la escena en un gag visual de lo más divertido.
También resulta muy ingeniosa la escena de Mina en la cama. Como esta se encuentra de espaldas al público, solo vemos la parte trasera de la peluca que representa su cabeza. Los demás actores la mueven y la zarandean para simular los movimientos del personaje, creando una situación cómica con un recurso tan sencillo como eficaz.
El vestuario, diseñado por Antonio Blasco, constituye otro de los aciertos de la producción, con una estética barroca, pomposa y exagerada que encaja a la perfección con el universo de Drácula, una comedia terrorífica y con la personalidad de sus personajes. El diseño de sonido, a cargo de Carlos Otero, contribuye a crear la atmósfera de las escenas y refuerza algunos de los gags y situaciones cómicas.
La iluminación, obra de Himar Santana, también desempeña un papel relevante en el desarrollo de la función, con numerosos efectos de luz que acompañan la acción y refuerzan los diálogos de los actores. No obstante, hay algunos aspectos que convendría revisar. Durante los diez o quince primeros minutos, nos resultó difícil distinguir con claridad los rostros de los intérpretes, quizá por una iluminación insuficiente o por un exceso de neblina en el ambiente. Es un aspecto que merece especial atención, ya que buena parte de la comicidad de la propuesta se apoya en los gestos, las expresiones faciales y los movimientos corporales. Aunque las características de un espacio no convencional pueden plantear ciertas dificultades técnicas, un mejor ajuste de la iluminación desde el inicio permitiría disfrutar plenamente del trabajo actoral.
A nuestro juicio, también se abusa de los efectos de iluminación estroboscópica, especialmente en las transiciones a negro. Aunque utilizados de forma puntual pueden resultar efectivos, su repetición constante hace que pierdan impacto y lleguen a resultar molestos para el público. La cuestión no es eliminarlos, sino dosificarlos y variar las transiciones entre escenas para evitar que terminen resultando cargantes o distrayendo de la propia acción.
La interpretación, el gran pilar del montaje
Más allá de la puesta en escena, el trabajo del elenco es el principal sostén de la función. Los cinco intérpretes afrontan una tarea exigente, marcada por la rapidez de los cambios de personaje y por la necesidad de pasar de una situación a otra sin perder el ritmo. La versatilidad, la energía y el esfuerzo físico del reparto constituyen uno de los grandes aciertos de la propuesta.
Alexandre Ars interpreta a Drácula, un personaje seductor, narcisista y consciente del poder de atracción que ejerce sobre quienes lo rodean. El actor se desenvuelve a la perfección en el código exagerado y desinhibido que propone la obra y construye un vampiro con una presencia muy marcada. Eso sí, se trata de una interpretación que se mueve constantemente en una línea muy fina entre la exageración cómica y el exceso histriónico. El actor tiene que manejarse en ese límite sin sobrepasarlo, algo que en determinados momentos no consigue del todo.
José Cobertera brilla dando vida a Jonathan Harker, el agente inmobiliario tímido, ingenuo y algo bobalicón que se ve envuelto en las circunstancias de la historia. El actor está fantástico en este papel y sabe jugar con todos los matices del personaje, al que dota de ese aire de galán de las películas del cine clásico americano, llevado aquí a un registro cómico. Sus gestos, sus reacciones y su manera de afrontar las situaciones contribuyen a construir una interpretación muy divertida. Además, resuelve con soltura los demás papeles que interpreta. Por su parte, Paula García Lara encarna a Lucy, un personaje apasionado y de temperamento ardiente que se siente cada vez más atraída por Drácula. La actriz aporta energía y desparpajo al papel y sabe sacar partido al carácter impulsivo y sensual de Lucy, contribuyendo a la comicidad de las situaciones que protagoniza.
Víctor Nacarino interpreta brillantemente a Mina, la hermana de Lucy, y a la doctora Van Helsing, dos personajes que le permiten desplegar su versatilidad y su vis cómica. Su trabajo demuestra una gran capacidad para el humor absurdo y la exageración, apoyándose en el juego interpretativo para potenciar el carácter disparatado de las situaciones. Como el resto del elenco, también asume otros personajes, y su actuación ayuda a mantener el dinamismo del montaje. Completa el reparto Mercedes Salvadores, estupenda en la piel del doctor Westfeldt y de uno de los enfermos a su cuidado en la residencia psiquiátrica, dos personajes que dan mucho juego y aportan momentos especialmente divertidos a la función. Su trabajo encaja como un guante en el tono disparatado de la propuesta y demuestra una gran soltura a la hora de afrontar los distintos registros que exige el montaje.
En definitiva, Drácula, una comedia terrorífica es un montaje que apuesta por el humor absurdo y la irreverencia para ofrecer una mirada diferente al mito del vampiro. Su principal fortaleza reside en la entrega del elenco, en el ingenio de una puesta en escena que aprovecha los recursos teatrales y en el atractivo de un espacio tan singular como Rooftop Lírico (la azotea del Teatro Calderón), que ofrece un marco diferente para disfrutar de la experiencia teatral. Aunque en algunos momentos el exceso de gags y la reiteración de ciertos recursos podrían dosificarse mejor, la función es de lo más divertida. Una propuesta ideal para disfrutar del teatro en estas fechas de Halloween.

Lo mejor
El magnífico reparto, cuyos cinco intérpretes se desenvuelven como pez en el agua en esta comedia disparatada, irreverente y llena de humor absurdo. A ello se suma una propuesta que apuesta por el ingenio, el disparate y una forma desenfadada de acercarse al mito de Drácula.
Lo que se podría mejorar
Algunos desajustes propios de una función que acaba de iniciar su recorrido, especialmente en la iluminación, que necesitaría ciertas mejoras para facilitar la visibilidad. También convendría dar algo más de aire a determinados gags y chistes, dejando pequeñas pausas que permitan disfrutar mejor de cada momento cómico.
Aldo Ruiz
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