«YERMA»: UN MAGNÍFICO MONTAJE QUE RECUPERA LA ESENCIA DE LORCA Y DESPLIEGA UNA PUESTA EN ESCENA DE GRAN BELLEZA VISUAL

CALIFICACIÓN: EXCELENTE — 8

El Teatro Español acaba de estrenar una nueva versión de Yerma, la inmortal tragedia de Federico García Lorca, que podrá verse en cartel hasta el próximo 27 de diciembre. Al frente de esta propuesta se encuentran Eduardo Vasco, responsable de la versión y la dirección, quien plantea una mirada a las raíces del universo lorquiano para devolver al texto su esencia y toda su fuerza dramática. Una nueva aproximación a una obra que, pese a sus innumerables incursiones en los escenarios, conserva intacta su capacidad para conmover y dejar una profunda huella en el espectador.

Una tragedia rural de alcance universal

Yerma ocupa el segundo lugar de la conocida trilogía rural de Lorca, entre Bodas de sangre (1931) y La casa de Bernarda Alba (1936). Estrenada el 29 de diciembre de 1934 en el Teatro Español, con Margarita Xirgu como protagonista, la obra parte del universo rural para construir una tragedia que trasciende su contexto social y alcanza una dimensión universal.

En Yerma, Lorca explora el deseo, la frustración, la represión social y el enfrentamiento entre la libertad individual y las convenciones de una sociedad tradicional a través de un conflicto profundamente doloroso: el de una mujer para quien la maternidad se convierte en una necesidad vital e irrenunciable. Casada con Juan, un hombre resignado a la ausencia de descendencia, la protagonista vive con angustia una realidad que no consigue aceptar. Las habladurías, la honra y las rígidas normas de su entorno van estrechando progresivamente su margen de libertad, mientras la atracción que siente por Víctor alimenta la posibilidad de una vida diferente, aunque también condenada a permanecer en el terreno de lo imposible. Atrapada entre sus anhelos y las imposiciones de su mundo, Yerma avanza hacia un desenlace trágico.

Eduardo Vasco y la búsqueda de la esencia lorquiana

Sobre esta historia se construye la propuesta de Eduardo Vasco, que ha querido acercarse a Yerma desde una premisa muy concreta: regresar a la esencia lorquiana. Una apuesta especialmente interesante si tenemos en cuenta que estamos ante una de las obras más representadas de nuestro teatro, un texto que ha conocido decenas de versiones y aproximaciones escénicas. Encontrar una mirada propia sobre una pieza tan transitada no es sencillo. Sin embargo, Vasco no parece interesado en forzar una lectura novedosa ni en trasladar la obra a un contexto ajeno a su naturaleza, sino en volver a aquello que constituye su verdadera identidad teatral.

Vasco toma como punto de partida las propias palabras de Lorca, que definió la obra como «un cuerpo de tragedia que yo he vestido con ropajes modernos». Desde ahí, su versión reivindica la pureza de la tragedia clásica, sus formas esenciales y su dimensión más ritual. Vasco plantea también una revisión de las raíces folclóricas del poeta granadino, sin olvidar otras influencias más cultas, refinadas e intelectuales que conviven en su escritura. Se trata de recuperar ese equilibrio entre lo popular y lo sofisticado, entre la tradición y la vanguardia, entre el arraigo a la tierra y la extraordinaria elaboración poética del dramaturgo.

Una de las decisiones más significativas para llevar a escena esa concepción trágica es la incorporación de un coro femenino, que acompaña a Yerma a lo largo de la representación. No se trata únicamente de un grupo de mujeres que interpreta coplas y canciones de raíz popular: su presencia remite directamente al coro de la tragedia griega y sitúa a la protagonista en la dimensión de una heroína trágica enfrentada a un destino que parece inevitable. El coro adquiere así un papel fundamental, tanto en el desarrollo dramático como en el propio tejido del texto. Sus cantos, sus intervenciones y su relación con la protagonista contribuyen a crear una atmósfera ritual en la que lo popular y lo ancestral se funden con la estructura de la tragedia clásica.

Y es precisamente en esa búsqueda donde el montaje encuentra algunos de sus rasgos más singulares. La versión de Eduardo Vasco demuestra que regresar a un clásico no significa necesariamente repetir fórmulas ni limitarse a reproducir lo que ya conocemos. Su aproximación al texto busca poner en primer plano la esencia trágica de la historia y encontrar nuevas posibilidades de expresión desde el propio lenguaje de Lorca. Una propuesta que parte del respeto profundo al original, pero que incorpora una mirada y unos elementos diferenciadores que iremos descubriendo también en su puesta en escena.

Una puesta en escena con imágenes de enorme fuerza y belleza

Vasco traslada a escena su concepción de Yerma a través de una propuesta que concede un lugar central al coro trágico y a los elementos que articulan el universo popular y simbólico de Lorca. La música, los cantos y la presencia de las mujeres que acompañan a la protagonista adquieren así una importancia decisiva, no solo como componentes estéticos, sino también como recursos dramáticos que contribuyen a contar la historia y a subrayar su dimensión trágica. El resultado es una lectura escénica que pone en valor la fuerza del texto y la vigencia de sus conflictos, sin perder de vista la naturaleza poética y popular de la obra.

En esa misma línea, la música, las canciones y el coro femenino establecen una conexión directa con las raíces folclóricas de la dramaturgia lorquiana, al tiempo que conviven con una cuidada elaboración escénica. La propuesta encuentra así un equilibrio entre la vitalidad de lo popular y la estilización poética, con una presencia constante de la naturaleza y de sus resonancias simbólicas. El montaje tiene, además, una significación especial por regresar al Teatro Español, escenario en el que Yerma se estrenó en 1934, en un homenaje a la figura de Lorca y a su estrecha vinculación con este histórico coliseo madrileño.

El resultado es una puesta en escena elegante, sobria y de enorme sensibilidad poética, en la que se demuestra que no hacen falta grandes artificios para construir imágenes teatrales de extraordinaria belleza y fuerza dramática. Uno de sus grandes aciertos reside en la escenografía y el atrezzo de Carolina González, articulados alrededor de tres elementos fundamentales: una gran sábana blanca suspendida de una estructura triangular, un piano acompañado de otros instrumentos musicales a la derecha del escenario y un olivo situado a la izquierda. Tres elementos aparentemente sencillos con los que se consigue construir un universo escénico cargado de simbolismo.

Especialmente brillante resulta el juego escénico que se establece con esa gran sábana blanca, auténtica protagonista de la propuesta escenográfica. Uno de los hallazgos visuales más significativos del montaje llega cuando la estructura triangular se abre y la tela desciende hasta transformarse en una especie de río en el que aparecen cuatro lavanderas. Mientras lavan, las mujeres hablan de Yerma, alimentan los rumores sobre su matrimonio y cuestionan su comportamiento. Se trata de una solución escénica de enorme imaginación y brillantez que permite recrear una de las escenas más emblemáticas de la obra.

La misma sábana articula otra de las transiciones escénicas más hermosas de la representación. Tras la escena del río, la tela vuelve a elevarse hasta quedar completamente extendida en sentido vertical, formando una gran superficie que ocupa todo el escenario. Entonces, mediante un delicado juego de luces, comienza a perfilarse poco a poco la figura de Juan. Una transición de gran sutileza que permite dar paso a una nueva escena sin romper la continuidad visual de la propuesta. A continuación, asistimos al encuentro entre Yerma, que regresa de la fuente con dos tinajas, y Juan, que la espera junto a sus dos hermanas. La tensión entre ambos va creciendo hasta desembocar en una nueva discusión, tras la cual la protagonista acaba desplomándose.

 

También resulta muy sugerente el simbolismo del olivo. En un momento de la representación, las mujeres van retirando progresivamente sus ramas, una imagen que sirve para expresar el paso del tiempo y que demuestra la capacidad de esta propuesta para extraer un enorme rendimiento teatral de elementos escénicos aparentemente sencillos. Lo mismo ocurre con la imagen de las dos hermanas de Juan arrojando tierra sobre el escenario con unas palas, un gesto de gran fuerza visual que contribuye a reforzar el carácter simbólico y telúrico del montaje.

La representación encuentra en su tramo final uno de sus mayores aciertos. La escena en la que Yerma acaba con la vida de su marido posee una enorme fuerza dramática y está resuelta con gran inteligencia teatral. Eduardo Vasco opta por cerrar la función de una manera especialmente sutil, con el coro situado en primer plano, velando la acción y evitando mostrarla de forma explícita. Una solución escénica de gran belleza y potencia teatral que devuelve a esas mujeres, compañeras de Yerma a lo largo de la tragedia, todo el protagonismo en ese instante decisivo.

Junto a la escenografía, merece una mención especial el vestuario diseñado por Lorenzo Caprile. Los trajes de la protagonista, así como la indumentaria del coro femenino, destacan por su elegancia, su riqueza cromática y el cuidado de cada detalle, aportando al montaje una personalidad visual muy definida. También sobresale la iluminación de Miguel Ángel Camacho, que adquiere un gran protagonismo a lo largo de la representación y dibuja con precisión las distintas atmósferas de la obra. Sus cambios de luz acompañan los estados emocionales de los personajes y acentúan tanto la dimensión poética de la propuesta como la intensidad de sus momentos más dramáticos. Por último, hay que destacar la música y el ambiente sonoro creados por el propio Eduardo Vasco. La música tiene una importancia capital en esta propuesta, y las canciones interpretadas por el coro de mujeres constituyen uno de sus grandes atractivo. A través de ellas se recupera esa dimensión popular, folclórica y poética de Lorca, al tiempo que se reivindica la función del coro trágico como elemento esencial de la representación.

En esta excelente dirección de escena hay que señalar, no obstante, algunos aspectos puntuales que resultan menos convincentes. Así sucede en el primer encuentro entre Yerma y la Vieja Pagana, donde la excesiva distancia física entre ambas se prolonga durante buena parte de su conversación, salvo algún acercamiento ocasional. Esta misma falta de proximidad se aprecia en la primera escena que comparten Yerma y Víctor (Toni Agustí), que habría ganado fuerza con una mayor cercanía física entre ambos. Por otra parte, la sobriedad y la elegancia que caracterizan la propuesta de Eduardo Vasco dan paso, en algunos momentos, a una cierta desnudez escénica que quizá podría haberse enriquecido con una mayor elaboración visual. Son pequeños aspectos mejorables dentro de una propuesta que, por lo demás, ofrece un trabajo de dirección escénica extraordinariamente sólido.

 

Lara Grube brilla como Yerma rodeada de un magnífico coro femenino

Dentro de un elenco amplio y de marcado carácter coral, destaca especialmente Lara Grube, que compone una Yerma espléndida y llena de matices, trazando con sensibilidad el arco evolutivo de la protagonista. En la primera escena, junto a su marido, la vemos entusiasmada, casi como una adolescente, con una ingenuidad e ilusión que pronto darán paso a sentimientos mucho más sombríos. A medida que avanza la obra y se hace más evidente su imposibilidad de ser madre, Grube hace aflorar la frustración, la amargura, la tristeza e incluso el asco y el odio hacia Juan. Resulta especialmente hermoso el modo en que expresa, en su encuentro con la Vieja Pagana, el contraste entre sus sentimientos hacia Juan y el deseo que llegó a sentir por Víctor. Grube construye así una interpretación de intensidad creciente, llena de hondura dramática y sin perder la elegancia que caracteriza a su Yerma, transmitiendo con enorme acierto todos los matices de un personaje cuyo dolor acaba por desbordarse.

Francisco Ortiz encarna a Juan, el marido de Yerma, un hombre huraño, posesivo y profundamente machista, que pretende mantener a su mujer sometida y sin salir de casa. Tras esa actitud autoritaria se esconde un hombre atormentado, incapaz de corresponder a los sentimientos de Yerma y que acaba volcando sobre ella su frustración y su rabia. Ortiz aborda con mucha fuerza ese tormento interior y el conflicto matrimonial, aunque en algunos momentos su interpretación nos resulta algo excesiva y forzada, con una intensidad que no siempre encuentra el equilibrio con el registro de su compañera Lara Grube. Es una cuestión de códigos interpretativos: quizá una mayor riqueza de matices y cierta contención en la expresión corporal habrían aportado más naturalidad y una mayor sintonía entre ambos trabajos.

En un reparto fundamentalmente femenino, hay que destacar también al otro actor del elenco, Toni Agustí en el papel de Víctor, que destaca por la complicidad que establece con Lara Grube y por la manera en que ambos dejan entrever ese amor que pudo haber sido y no fue. En sus encuentros asoman el deseo, el afecto y también cierta melancolía por una historia que quedó atrás, pero que todavía parece latir entre los dos. 

Completa el reparto un excelente grupo de actrices que, además de formar parte del coro de mujeres, dan vida a distintos personajes que enriquecen y aportan matices al conjunto de la representación. Yolanda Arestegui interpreta a la Vieja Pagana, que en su encuentro con Yerma alardea de su fertilidad, de sus numerosos hijos y de los maridos que ha tenido, en un contraste que acentúa la frustración de la protagonista ante una maternidad que se le resiste. María Isasi, también integrada en el coro de mujeres, asume el papel de Dolores, la conjuradora, y resuelve con aplomo su intervención en el ritual al que acude Yerma. Lucía Bravo y Lidia Guillem encarnan, respectivamente, a las hermanas mayor y menor de Juan. Por su parte, Elena Rayos, Manuela San Leandro y Silvia de Pé dan vida a tres lavanderas, sin dejar de participar en el coro femenino, en una de las escenas más logradas del montaje. Ana Veganzones encarna con acierto a María, una vecina que adquiere especial relevancia en este grupo al representar a una mujer que sí consigue quedarse embarazada, circunstancia que vuelve a poner de relieve el deseo frustrado de la protagonista. Completan el conjunto Cristina Salvador, que compagina su papel de muchacha con su participación al piano, y Lidia Guillem, que hace lo propio con el violín. Ambas incorporan así una valiosa dimensión musical a la representación. Todas ellas contribuyen a dotar de personalidad al montaje, en el que la presencia femenina, tanto desde los personajes individuales como desde el trabajo coral, resulta imprescindible.

Lo mejor

La capacidad de Eduardo Vasco para recuperar la esencia del universo lorquiano, tanto en el respeto al texto original como en una puesta en escena que sabe extraer toda su fuerza poética y dramática. Destacan especialmente el protagonismo del coro femenino y algunas soluciones escénicas de gran belleza e impacto visual, como el sugerente uso de la sábana blanca y la resolución del desenlace, que dejan imágenes de enorme intensidad.

Lo que se podría mejorar

Sería conveniente ajustar el registro interpretativo de Francisco Ortiz, cuya actuación resulta en determinados momentos demasiado enfática y podría ganar en naturalidad con una mayor contención y una mejor gradación de los matices.

Aldo Ruiz

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