CALIFICACIÓN.- SOBRESALIENTE: 9
Salgo de ver ‘Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos’ en Nave 10 de Matadero y todavía estoy intentando ordenar todo lo que me ha provocado. Hacía tiempo que una función no me removía de esta manera. Y lo digo, además, con total sinceridad, porque no siempre he comulgado con las propuestas dramatúrgicas de María Velasco. Esta vez, sin embargo, reconozco que me ha tocado la fibra con una pieza brillante, contemporánea, arriesgada y visceral.
La obra, de alrededor de 95 minutos, está dividida, para mí, en dos bloques claramente diferenciados. El primero, de unos 40 o 45 minutos, concentra buena parte de la fuerza de la propuesta. El texto de María Velasco despliega aquí una gran riqueza poética, salpicada de un humor negro y ácido. Este tramo funciona con emoción y precisión mientras aborda el desamor y la soledad desde una perspectiva muy personal. Después, la función cambia de registro y se adentra en un territorio más delirante y fantástico, con hallazgos muy estimulantes, aunque también con una dramaturgia menos compacta.
‘Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos’ aborda el momento vital de una mujer de 40 años que acaba de romper una relación de muchos años y a la que, además, tampoco le acompaña la suerte en el terreno profesional. Escritora de profesión y autónoma, acaba de recibir otro rechazo de una editorial a su nueva novela. «Le falta trama», no paran de decirle, mientras la ahogan las facturas y las penas. Está atravesando el desamor y una depresión, y no para de medicarse. Desde ese punto de partida Velasco construye una dramaturgia que combina poesía, humor y dolor para mostrar la experiencia de estar sola desde lugares inesperados. A lo largo de la pieza hay crudeza, pero también ironía, inteligencia y mucha emoción.
El amor está presente durante toda la obra a través de una idea tan fascinante como sugerente: el paralelismo entre enamorarse y ser abducido. Entre perder el control y convertirse, de alguna manera, en un extraterrestre dentro de tu propia vida. Esa idea se desarrolla plenamente en la segunda parte, cuando la obra abandona el realismo inicial y se adentra en un universo alienígena, con la aparición de un extraterrestre y la sensación de abducción de la protagonista. Es un tramo más libre, imaginativo y arriesgado, pero también menos preciso. Algunas imágenes y situaciones son muy potentes, aunque la dramaturgia se dispersa por momentos y no alcanza la misma solidez que en la primera parte. Aun así, contiene escenas de gran belleza y demuestra la valentía de Velasco de llevar su propuesta hasta las últimas consecuencias.
Uno de los grandes descubrimientos de la función, y al mismo tiempo uno de sus mayores atractivos, es la presencia de Maricel Álvarez, soberbia en la piel de la protagonista. La actriz argentina se deja la piel y el alma sobre el escenario en una interpretación llena de verdad y magnetismo. Sin miedo a exagerar, estamos ante una de las mejores actuaciones que hemos visto en los últimos tiempos.
Su manera de decir el texto, la expresión corporal, los silencios, las miradas y cada gesto contribuyen a que el dolor de su personaje llegue como un puñal al espectador y, por momentos, nos resulte incómodamente cercano. Maricel, a la que nunca habíamos visto en un escenario, sostiene el peso de la función con una presencia escénica arrolladora. Habla de la ruptura, del vacío que queda cuando desaparece alguien que durante años ha formado parte de tu vida y de la dificultad de reconstruirse después. Y lo hace con una naturalidad extraordinaria que consigue traspasar la cuarta pared.
Pero ella no está sola sobre las tablas. La acompaña el actor, cantante y bailarín Carlos Beluga, fantástico en su capacidad para transitar entre distintos lenguajes escénicos. La función comienza precisamente con su aparición, convertido en astronauta y bailando ‘Space Oddity’, de David Bowie. Un tema brillantemente escogido, al igual que el resto del repertorio musical. Beluga desprende un enorme carisma y su entrada funciona como una auténtica declaración de intenciones: desde el primer momento, la función mezcla lo cotidiano con lo extraño y lo emocional con lo fantástico. La música de ‘Space Oddity’ no se limita únicamente a ese arranque. Sus acordes reaparecen en diferentes momentos de la función y terminan funcionando como un hilo que conecta distintos pasajes de la propuesta. Hacia el final, además, vuelve a sonar la misma canción, esta vez en italiano.
Beluga también brilla en otros dos momentos musicales especialmente desgarradores: cuando interpreta, guitarra eléctrica en mano, ‘Se me va’, el mítico tema de Bambino, y cuando canta ‘El amor’, de Massiel, igualmente emblemático. En ambos demuestra que su presencia va mucho más allá de la interpretación y la danza. Son dos actuaciones de enorme intensidad y cargadas de sentimiento, en las que la música adquiere un peso propio y Beluga alcanza dos de los momentos más memorables de la función.

La propuesta escénica que plantea María Velasco está a la altura de la personalidad y la potencia del texto. El magnífico espacio escénico, creado por José Novoa, se articula alrededor de tres espacios perfectamente definidos: una cama en el centro, sobre la que se alza un ovni que adquirirá un papel protagonista en el tramo final y que termina por convertirse en una de las estampas más identificativas de la función; a la derecha, una especie de armario que acaba transformándose en una terraza poblada de plantas, casi un refugio para la protagonista; y, a la izquierda, una estructura metálica que adquiere un peso fundamental en la obra y que sirve también de escenario para las interpretaciones musicales. Sobre ella, una frase que funciona como toda una declaración de intenciones: «El amor es un ovni».
Especialmente notable resulta el diseño de luces -obra de Pilar Valdelvira-, que acompaña con precisión los diferentes cambios de registro de la función y contribuye a construir esa atmósfera suspendida entre lo íntimo, lo extraño y lo extraterrestre. A ello se suma el diseño de sonido y la excelente composición de la música original que ha hecho Tagore González, que es una auténtica maravilla. Una selección de canciones, hecha con un gusto exquisito y absolutamente idónea para la obra.
Los audiovisuales firmados por Albert Coma cobran especial protagonismo en la recta final de la función y amplían ese universo entre lo cotidiano y lo delirante que atraviesa la obra. Las proyecciones dialogan directamente con la protagonista y generan algunos de los momentos más ocurrentes de la representación. Es especialmente divertido el juego con el Ecce Homo y la aparición virtual de su sobrino Carlos, que mantiene una graciosísima conversación sobre sexo con tu tía. La máscara del extraterrestre merece asimismo una mención especial: concebida casi como una pieza escultórica, posee una impactante presencia visual. Parece sacada de una película de aliens.
No podemos olvidarnos tampoco de las coreografías, diseñadas por Josefina Gorostiza, que contribuyen a acentuar ese carácter excéntrico de la propuesta. Ya desde el comienzo, Carlos Beluga, convertido en astronauta, se entrega a una secuencia de gran fuerza escénica al ritmo de la canción de David Bowie que mencionábamos anteriormente, en una escena que funciona como una perfecta carta de presentación del particular universo de la obra. En la segunda parte, Beluga y Maricel Álvarez protagonizan una divertida y perfectamente sincronizada coreografía conjunta, llena de complicidad.

Todo este entramado de espacio, luz, sonido, música, audiovisuales y movimiento queda integrado bajo la dirección escénica de María Velasco para construir un universo propio, extraño y perfectamente coherente con la naturaleza de la obra. Una dirección que no se limita a acompañar el texto, sino que dialoga con él, lo expande y participa activamente en la narración, conduciendo al espectador desde el territorio reconocible del desamor y la depresión hasta ese paisaje delirante de extraterrestres, ovnis y abducciones. Es precisamente en ese tránsito, entre lo íntimo y lo insólito, donde la propuesta escénica encuentra buena parte de su identidad.
Hay otro detalle que no quiero pasar por alto: la cantidad de público joven que había en la sala. Desde el momento de entrar se percibía una presencia muy significativa de espectadores jóvenes, aunque, como es lógico, había público de todas las edades. Y no creo que sea casual. La manera en que María Velasco aborda asuntos como el amor, la ruptura, la soledad o la depresión desde lenguajes contemporáneos, híbridos y poco convencionales conecta con una generación abierta a nuevas formas de contar y de mirar la realidad.
Quizás uno de los grandes valores de la función esté precisamente ahí: en que se atreve. Se atreve con la forma, con el texto, con la mezcla de lenguajes y con la decisión de llevar una historia de desamor hasta los extraterrestres y la abducción. Ese riesgo no siempre produce el mismo resultado y, en algunos momentos, la obra puede llegar a desbordarse, especialmente en su segunda parte. Pero incluso entonces hay imaginación, personalidad y una voluntad muy clara de hacer algo diferente.
Me quedo con una Maricel Álvarez inmensa, con algunos momentos magníficos de Carlos Beluga y con un texto que merece ser escuchado con atención y degustado. Hacía tiempo que una obra no me provocaba una reacción así, de esas que continúan rondándote en la cabeza después de abandonar la sala. Y por eso, a pesar de sus irregularidades y de que la segunda parte me resulte menos sólida, ‘Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos’ me parece una obra realmente brillante. La cerradísima ovación con la que el público despedía este martes la función, en una Nave 10 del Matadero llena hasta el último asiento, confirmaba la impresión que deja el montaje: una pieza imposible de comparar con todo lo que podemos encontrar ahora mismo en la cartelera madrileña, que se sale de lo convencional, asume riesgos y deja poso.

Lo mejor:
El texto de Velasco, lleno de poesía y desgarro; la inmensa actuación de Maricel Álvarez; la desgarradora interpretación de Carlos Beluga de ‘Se me va’ y ‘El amor’ y la dirección escénica del montaje.
Lo que se podría mejorar:
La segunda parte de la obra es más irregular que la primera, más libre, más loca, donde prima la excentricidad, pero a pesar de eso nunca se pierde la identidad de la propuesta.
Aldo Ruiz
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