‘LAS AMISTADES PELIGROSAS’: ROBERTO ENRÍQUEZ DESTACA EN UN MONTAJE IRREGULAR MARCADO POR LA COMPARACIÓN CON LA FAMOSA PELÍCULA

CALIFICACIÓN.- BIEN: 6

Hemos estado viendo Las amistades peligrosas en el Teatro Marquina, donde estará en cartel hasta el 18 de octubre. Se trata de la adaptación teatral de la novela de Pierre Choderlos de Laclos realizada por Christopher Hampton hace 41 años, ahora versionada por Curro Novallas y David Serrano, quien además dirige el montaje.

Indudablemente, antes de verla ya acudimos a ella con ciertos prejuicios. Porque, evidentemente, quienes hemos visto la película homónima dirigida por Stephen Frears en 1988 —como es mi caso— tenemos en la cabeza unos personajes que resulta muy difícil separar de la historia. A mí me marcó profundamente aquella cinta protagonizada por Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer y Uma Thurman, entre otros. Sus interpretaciones y sus imágenes forman parte de nuestro imaginario y hacen inevitable establecer comparaciones al enfrentarnos ahora a una nueva versión teatral.

Una puesta en escena sobria y elegante

Al entrar en el Marquina nos encontramos con una escenografía minimalista, diseñada por Ricardo Sánchez-Cuerda. En ella, vemos un espacio negro, prácticamente vacío. En el centro del escenario, un módulo -de color naranja y varias sillas dispuestas alrededor- que se convierte durante gran parte de la obra en el lugar de encuentro de los personajes. Allí se sientan unos y otros para mantener sus conversaciones, urdir sus venganzas y poner en marcha los diferentes enredos que atraviesan. Y, presidiendo el espacio desde arriba, un enorme espejo roto, con una apariencia casi ensangrentada, domina visualmente la escena.

Es lo primero que vemos al entrar y, de alguna manera, ya nos da una pista de lo que vamos a encontrarnos: una puesta en escena claramente atemporal, muy austera y despojada, en la que los actores y el texto tienen que sostener prácticamente todo el peso de la función. En esta misma línea, David Serrano apuesta por una puesta en escena sencilla basada en la sobriedad y la elegancia, que evita deliberadamente cualquier exceso y se aleja de la ambientación de época que tenemos tan presente en la película de Frears: los grandes trajes, las pelucas, los decorados y toda aquella estética dieciochesca. Y, a nuestro juicio, al despojar a la obra de todos esos elementos se pierde también una parte de su esencia. Es una opción escénica perfectamente coherente con esa apuesta por la atemporalidad, pero que, en nuestra opinión, hace que el universo de Las amistades peligrosas pierda parte de su identidad visual.

Para llevar a escena el montaje de la mítica película, Serrano se ha rodeado de un equipo de profesionales de primer nivel: el diseño de iluminación de Juan Gómez-Cornejo, que nos ha gustado especialmente; la ya citada escenografía de Ricardo Sánchez-Cuerda; el diseño de vestuario de Elisa Sanz; el espacio sonoro y la música original de Luis Miguel Cobo, elegante y muy acertado.

La primera parte del montaje adolece de ser demasiado lineal muy lineal

La obra está dividida en dos partes: la primera, de aproximadamente una hora y diez minutos, y la segunda, de unos cuarenta y cinco, a la que se llega después de un breve descanso. Y es precisamente esa primera mitad la que nos ha resultado más difícil. La adaptación y la puesta en escena avanzan de manera excesivamente lineal, sin terminar de encontrar el ritmo ni la tensión que cabría esperar de una historia como Las amistades peligrosas. La función se hace larga durante buena parte de ese primer tramo, en el que echamos en falta una mayor intensidad dramática y una evolución más dinámica de los acontecimientos. Resulta difícil determinar hasta qué punto esta sensación responde a la propia adaptación, a las decisiones de puesta en escena o a la combinación de ambas, pero lo cierto es que el conjunto se percibe plano y monótono.

David Serrano, responsable de la dirección y, junto a Curro Novallas, de la adaptación, no parece encontrar aquí la misma precisión que ha demostrado en otras propuestas. Su trabajo, habitualmente caracterizado por una extraordinaria capacidad para articular los distintos elementos de un montaje y potenciar el talento del equipo artístico, se muestra en esta ocasión menos afinado, especialmente durante una primera parte en la que el ritmo y la tensión dramática no terminan de despegar. Una valoración que, inevitablemente, alcanza tanto su labor como director como su responsabilidad en la adaptación del texto.

Es en la segunda parte, sin embargo, cuando todos los elementos empiezan a confluir. El texto adquiere más fuerza, el trabajo actoral gana intensidad y la puesta en escena encuentra un ritmo diferente. Es entonces cuando emerge verdaderamente la trama que reconocemos: esa historia de deseo, manipulación, seducción y poder que teníamos en mente al acercarnos a Las amistades peligrosas. Y es, especialmente, en el tramo final cuando el montaje alcanza sus mejores momentos.

El cruce de cartas entre los distintos personajes está brillantemente resuelto desde el punto de vista escénico. La manera en que se construye progresivamente esta secuencia, hasta reunir a los seis actores sobre el escenario, genera una tensión que habíamos echado en falta durante buena parte de la representación. Un desenlace brillante desde el punto de vista dialéctico y, sobre todo, de gran eficacia escénica, que demuestra el potencial que el montaje alcanza cuando sus distintos elementos encuentran, por fin, el ritmo y la intensidad adecuados.

Ya por último en este apartado, me gustaría destacar un recurso escénico que me ha gustado especialmente: el de las transiciones entre escenas, resueltas con elegancia y originalidad. Cuando termina una secuencia y uno de los personajes abandona el escenario, el otro permanece unos segundos más mientras el siguiente ya ha iniciado una conversación con un tercero. Es un recurso muy efectista que permite enlazar los distintos momentos de la función con bastante fluidez y aporta, además, continuidad al relato. Un recurso aparentemente sencillo, pero que aporta dinamismo y riqueza a la narración escénica.

Roberto Enríquez brilla en la piel del vizconde de Valmont

Si hay un elemento especialmente determinante en una producción de estas características, ese es el reparto. Como señalábamos anteriormente, son personajes que todos tenemos muy presentes a través de los actores que los interpretaron en la película de Frears. Y precisamente por eso, quienes ahora se ponen en su piel deben enfrentarse al reto de superar esa imagen previa que tenemos en la cabeza y aportar una identidad propia a unos personajes tan complejos como fascinantes. 

Sin duda alguna, el nombre más destacado de este reparto es el de Roberto Enríquez, encargado de dar vida al vizconde de Valmont. En su interpretación encontramos buena parte de los rasgos que definen al personaje: un aristócrata seductor y libertino, antiguo amante y cómplice de la marquesa de Merteuil, con quien mantiene una relación permanente de rivalidad, juego y manipulación. Enríquez construye un espléndido Valmont, en una composición que va creciendo en intensidad a medida que avanza la función y que alcanza su climax en el segundo acto. Es de esos actores que llenan el escenario cada vez que aparecen, con una fuerza y una presencia escénica que atraen inevitablemente nuestra mirada. 

Pilar Castro, que se pone en la piel de la marquesa de Merteuil, es una actriz a la que admiramos mucho y cuyo talento hemos podido disfrutar sobre las tablas en numerosas ocasiones. Sin embargo, en esta ocasión creemos que no estamos ante una de sus interpretaciones más logradas. Su trabajo nos ha resultado irregular y, en determinados momentos, hemos echado en falta una mayor intensidad y carga dramática dando vida a esa mujer tremendamente inteligente, calculadora y sibilina. Hay escenas especialmente potentes en la segunda parte, sobre todo en sus enfrentamientos dialécticos con Valmont, en las que Castro no termina de explotar todos sus virtudes, que son muchas. 

En el papel de Madame de Tourvel encontramos a Marta Levenfeld, que en nuestra función se encargó de interpretar a este personaje, con el que se alterna con Ángela Cremonte. Levenfeld ofrece una interpretación solvente, aunque percibimos cierta falta de profundidad emocional y, sobre todo, de intensidad en determinados momentos. Tourvel es un personaje marcado por el conflicto entre sus convicciones, el deseo y la pasión, y creemos que esa lucha podría haber tenido una mayor presencia en la interpretación. 

Completan el reparto Carmen Balagué, convincente en la piel de la tía de Valmont, además de asumir otros pequeños personajes; Iván Lapadula, dando vida al caballero Danceny; y Elisa Scianca, como Cécile de Volanges. Tanto Lapadula como Scianca resuelven sus respectivos papeles con corrección y solvencia, aunque, en conjunto, habríamos agradecido un elenco más sólido, más homogéneo y con una mayor presencia escénica. Sus actuaciones cumplen con las necesidades de la función, pero no siempre consiguen aportar la profundidad o la intensidad que esperábamos. Las amistades peligrosas exige intérpretes capaces de sostener la complejidad y los múltiples matices de unos personajes que viven entre el deseo, la manipulación y el conflicto, y creemos que no todos consiguen alcanzar esa intensidad.

Lo mejor:

Sin duda, lo mejor del montaje es Roberto Enríquez. Su fuerza y presencia escénica se imponen especialmente en el segundo acto, donde está realmente soberbio.

Lo que menos nos ha gustado:

La primera parte del montaje: plana, larga y, por momentos, monótona. También creemos que algunas interpretaciones deberían alcanzar mayor contundencia e intensidad. 

Aldo Ruiz

Otras críticas recientes: 

 

Deja un comentario