‘UN SEÑOR… CUALQUIERA’: LA JOVEN RESCATA A MERCEDES PINTO, UNA VOZ INCÓMODA Y REIVINDICATIVA, EN UN MONTAJE CUIDADO Y ELEGANTE

CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7

Hasta el próximo 4 de octubre, LaJoven pone en escena Un señor… cualquiera en el Teatro Fernán Gómez, una obra de Mercedes Pinto versionada por Raúl Losánez y dirigida por José Luis Arellano García y Mabel del Pozo. Para quienes no conozcan a Pinto, o apenas hayan tenido ocasión de acercarse a su figura, conviene recordar que esta escritora, periodista y dramaturga canaria hizo de la defensa de los derechos de las mujeres una parte esencial de su vida y de su obra. En 1923, durante la dictadura de Primo de Rivera, pronunció en Madrid la polémica conferencia El divorcio como medida higiénica, en la que defendió públicamente el derecho al divorcio. El escándalo que provocaron sus palabras y las consecuencias de aquel episodio terminaron empujándola al exilio.

Ese espíritu de rebeldía atraviesa Un señor… cualquiera, una obra que cuestiona las convenciones sociales, el matrimonio entendido como una institución opresiva y la renuncia a la propia autonomía. Mercedes Pinto combina la ironía con recursos teatrales como los personajes simbólicos y los títeres para poner en cuestión la hipocresía de la sociedad burguesa y reivindicar a quienes se resisten a aceptar el destino que otros han trazado para ellos. Pero la obra va más allá de la reivindicación de la mujer: también habla del peligro de acomodarse, de abandonar los sueños y de permitir que las normas acaben decidiendo por nosotros. Escrita hace casi un siglo, esa reflexión sobre la autonomía individual es quizá una de las razones por las que el teatro de Pinto todavía puede interpelarnos.

Raúl Losánez realiza una notable versión de la obra de Pinto, condensada en apenas 60-65 minutos y en la que todos los personajes están interpretados por únicamente tres actores. Una adaptación que sabe sintetizar el texto original sin perder su esencia ni el espíritu de la obra, y que encuentra en esa concentración una de sus principales virtudes: agilizar la narración y trasladarla al escenario con un ritmo muy vivo.

La obra nos sitúa desde el primer momento ante las consecuencias de un crimen. Él, «Un señor cualquiera», es un hombre acomodado, aferrado a las normas y a la respetabilidad de su mundo, que ha matado al amante de Ella y ha separado a su mujer de su hijo, Pablo. Ella, por su parte, se rebela contra el lugar que le ha sido asignado dentro del matrimonio y de la sociedad.

A partir de ahí, la trama da un salto en el tiempo y nos muestra a Pablo ya adulto, repitiendo, casi como si estuviera condenado a ello, algunos de los comportamientos de sus padres: mantiene una relación con una mujer casada, Margarita, mientras abandona a su joven prometida, Gretchen. La Sombra, convertida en esta adaptación en narradora y guía, acompaña ese recorrido junto a figuras como Margarita, su marido y su hijo, al que veremos convertido en títere. El resultado es una estructura en la que unas situaciones se reflejan en otras y en la que Pinto vuelve una y otra vez sobre una misma pregunta: cuánto de nuestras decisiones nos pertenece realmente y cuánto hay de los papeles que la sociedad nos ha enseñado a representar.

Como ya hemos señalado antes, todos los personajes de Un señor… cualquiera están en manos de tres magníficos intérpretes: Raúl Martín, Paula Feror y Helena Lanza. Martín sostiene de principio a fin la figura de «El señor cualquiera», ese hombre acomodado y aferrado a las normas establecidas que encarna el modelo de marido y de autoridad social que Mercedes Pinto cuestiona constantemente. El actor está especialmente acertado a lo largo de toda la representación, en un papel nada fácil y que, visto hoy con la perspectiva de casi un siglo, conserva ecos sorprendentemente actuales. 

Por su parte, Paula Feror da vida a Ella para después ir asumiendo otros papeles dentro de la trama. Feror resuelve con solvencia ese ejercicio de desdoblamiento, uno de los grandes retos del montaje: transitar de una identidad a otra sin romper en ningún momento el ritmo de la representación. Su capacidad para cambiar de registro con naturalidad hace que las distintas transformaciones se integren en el propio juego teatral, sin que el mecanismo del desdoblamiento llegue a convertirse nunca en protagonista. 

Mención especial merece Helena Lanza, que se enfrenta quizá a la figura más particular y compleja del montaje: La Sombra. Una especie de narradora y guía que no se limita a acompañar lo que sucede, sino que se involucra en la acción, da vida a otros personajes y cuestiona algunas de las conversaciones, decisiones y comportamientos que se producen ante nuestros ojos. Es una presencia que se mueve en ese territorio tan sugerente entre estar dentro y fuera de la narración, y Lanza consigue resolverla con la naturalidad y la frescura que son una de sus señas de identidad. Además, su capacidad para desdoblarse sin perder el hilo de lo que se nos está contando contribuye decisivamente a que el ritmo del montaje fluya con absoluta soltura.

Partiendo de estos mimbres, José Luis Arellano García -director habitual de LaJoven- se une en esta ocasión a Mabel del Pozo para ofrecernos un montaje hecho con mucho mimo y cuidado hasta el más mínimo detalle. La puesta en escena, especialmente coqueta y concentrada, le viene como anillo al dedo a la Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez, un espacio pequeño en el que cada elemento adquiere una presencia especial. Hay algo de plató cinematográfico o televisivo en la manera en que se dispone el espacio y en cómo los intérpretes entran y salen de él. La escasez de elementos no resta posibilidades al montaje, sino que hace que cada uno de ellos adquiera un peso y una presencia mucho mayores.

Dentro de esta propuesta merece la pena destacar la escenografía y el vestuario de José Luis Raymond, la iluminación de Óscar Fernández y la música original de Koki Lortkipanidze. Son elementos que, lejos de funcionar como simples acompañamientos, contribuyen a crear esa atmósfera tan particular del montaje: elegante, clásica y llena de pequeños detalles que enriquecen lo que sucede sobre el escenario. Se percibe así un trabajo conjunto entre la versión de Raúl Losánez, la dirección de Arellano García y del Pozo y el resto de los equipos artísticos, que consiguen dar forma a un universo escénico coherente y muy cuidado.

Entre todos esos elementos escénicos hay uno que adquiere una especial fuerza simbólica: la ventana. Es el lugar desde el que Ella observa un exterior que queda más allá de las paredes de su casa y de las normas que condicionan su vida. Pero su función va mucho más allá de la de un simple punto de observación: la ventana se convierte en una frontera entre el mundo que se le impone y aquel que imagina posible. Desde ahí, Ella contempla una sociedad cuyas reglas cuestiona, pero que, al mismo tiempo, ha interiorizado.

Esta posición resulta especialmente sugerente porque convierte a Ella en una espectadora dentro de la propia obra. Mientras nosotros observamos desde fuera lo que sucede en escena, ella contempla, desde su encierro, un mundo en el que las expectativas sociales no siempre coinciden con la realidad. La ventana hace visible, así, esa distancia entre lo que se espera de una persona y aquello que verdaderamente desea o podría llegar a ser.

Y es precisamente en este punto donde la ventana encuentra su contrapunto en La Sombra. Si una nos invita a mirar hacia fuera, la otra nos obliga a mirar hacia dentro, hacia aquello que permanece oculto tras las apariencias y los papeles que cada personaje desempeña. Son dos formas distintas de observación que terminan confluyendo en una misma cuestión: hasta qué punto nuestras decisiones nacen de nuestra propia voluntad y hasta qué punto responden a los papeles que la sociedad nos ha enseñado a representar.

En definitiva, Un señor… cualquiera es una propuesta singular y sugerente, muy diferente de lo que podemos encontrar actualmente en la cartelera madrileña, y hay que reconocer la valentía de LaJoven al rescatar un texto de una autora todavía muy desconocida para muchos espectadores. Ojalá este montaje sirva para que su voz incómoda y reivindicativa resuene con más fuerza y para que su obra encuentre el lugar que merece. Casi un siglo después, algunas de las situaciones y comportamientos que denuncia Pinto siguen resultando reconocibles, especialmente aquellos que limitan la autonomía de las mujeres y de quienes se atreven a salirse del papel que la sociedad les ha asignado. Recuperar a Mercedes Pinto es, por tanto, mucho más que rescatar un texto del pasado: es volver a poner en circulación la voz de una mujer feminista, adelantada a su época y profundamente comprometida con la libertad individual

Lo mejor:

Mercedes Pinto, el descubrimiento de una autora y de una obra con una mirada social que sigue teniendo vigencia, junto al trabajo de los tres intérpretes y una puesta en escena cuidada hasta el detalle.

Lo que menos nos ha gustado:

Quizá la propia condensación de la obra hace que algunas situaciones y personajes secundarios queden algo esbozados y que determinados conflictos pudieran tener algo más de desarrollo. Además, el texto exige en algunos momentos una atención especial por parte del espectador para no perder ningún detalle de la trama.

Aldo Ruiz

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