CALIFICACIÓN: BIEN.- 6

Comienza septiembre y, con él, arranca la temporada teatral. En los Teatros Luchana, hasta el 20 de septiembre, se representa ‘Se nos fue de las manos’, un monólogo protagonizado por Antonio Molero a partir de un texto de Craig Wright, con adaptación y dirección de Zenón Recalde.
A lo largo de sesenta minutos, Molero se mete en la piel de Félix Artifex, un productor teatral que se enfrenta a una de esas empresas que, desde el principio, parecen condenadas al desastre: poner en pie una obra mastodóntica sobre La Revolución Francesa, totalmente desmesurada e imposible de producir. Y, como no podía ser de otra manera, todo aquello que puede salir mal no solo sale mal, sino que acaba saliendo todavía peor. Desde esta premisa, ‘Se nos fue de las manos’ construye una comedia de humor ácido que pone sobre la mesa la lucha constante entre la culpa y el instinto de supervivencia.
La función avanza entre un constante ir y venir de estresantes y disparatadas llamadas telefónicas que llevan al límite a su protagonista. La propia condición de Félix Artifex se convierte así en el motor de una historia que, desde la comedia, habla de la necesidad de seguir adelante cuando todo parece venirse abajo. El resultado es una comedia implacabe que tiene en Antonio Molero a su principal baza y que le ofrece un personaje lleno de capas y matices, un auténtico caramelo para cualquier intérprete. Estamos convencidos de que, con el paso de las funciones, Molero podrá seguir profundizando en Félix Artifex y desplegar todas sus virtudes interpretativas sobre el escenario, haciendo crecer una función que tiene en sus manos gran parte de su potencial.
La acción transcurre íntegramente en el despacho de este productor desesperado por sacar adelante su proyecto, un espacio que adquiere un notable protagonismo dentro de la puesta en escena. La escenografía, diseñada por Asier Sancho Senosiain, recrea con acierto el universo de ese productor en decadencia y se convierte en el marco perfecto para que se desarrolle este particular descenso al caos. A ello se suman el diseño de vestuario de Silvina Falcón y el trabajo de Alba Santiago al frente del diseño de iluminación y sonido, elementos que contribuyen a dotar a la propuesta de la atmósfera perfecta.
Como apuntábamos al comienzo, la obra parte del texto de Craig Wright que ha sido adaptado por Zenón Recalde. Y es precisamente en la adaptación y en el ritmo del montaje donde encontramos algunos de los aspectos que, a nuestro juicio, todavía podrían afinarse. El estrés que provocan las continuas llamadas telefónicas que recibe Félix a través de su secretaria se traslada progresivamente al patio de butacas, hasta el punto de que, en determinados momentos, llega a saturar al espectador. Evidentemente, esta sensación puede responder a una decisión consciente de la dirección: hacer partícipe al público del estado de ansiedad y desesperación en el que vive el protagonista. Sin embargo, creemos que el montaje todavía necesita algo más de rodaje para encontrar el equilibrio adecuado.

Molero afronta desde prácticamente el comienzo un personaje instalado en un estado de agitación permanente, con muy poco espacio para respirar y para que aparezcan otros registros. Precisamente por eso, sería interesante que, al margen de ese estado casi agónico que exige el personaje, el actor pudiera introducir progresivamente nuevos matices, modulando la intensidad y permitiendo que el espectador perciba también otras capas de Félix. Hay, además, una interesante traducción escénica de ese creciente desasosiego: a medida que la situación se descontrola, el personaje va desprendiéndose de su ropa —primero la chaqueta, después la corbata— hasta mostrarse cada vez más desbordado. Es un recurso sencillo pero eficaz que visualiza ese proceso de descomposición. Por eso, insistimos que a medida que pasen las funciones y Molero pueda explorar todos esos matices, la función mejorará considerablemente.
En la adaptación también echamos en falta una mayor profundización en alguna de las líneas argumentales. Por ejemplo, la faceta personal del protagonista -a través de las llamadas con su ex- pensamos que podría desarrollarse algo más para permitirnos conocer mejor a Félix, desnudarlo emocionalmente y comprender qué hay detrás de ese productor al borde del colapso. Esa mayor profundidad aportaría, probablemente, un contraste muy interesante con el tono de comedia y haría que el personaje trascendiera el puro mecanismo del desastre.
Por otro lado, está la trama relacionada con las ovejas —sobre la que no vamos a extendernos para no hacer spoilers—, que nos parece que no termina de alcanzar toda la comicidad que debería para ‘desatascar’ el colapso. Pensamos que es una trama propicia para provocar las carcajadas del público pero que evidentemente no logra su objetivo. Al menos en la adaptación al castellano que hemos podido ver, algunas de las posibilidades cómicas de esta línea argumental parecen quedar diluidas, y eso acaba repercutiendo en el equilibrio de la estructura narrativa. Son cuestiones que, en cualquier caso, pueden ajustarse con el paso de las funciones y que no empañan el principal valor de la propuesta: la notable actuación de un Antonio Molero que sostiene sobre sus hombros todo el peso de la obra.
En definitiva, ‘Se nos fue de las manos’ es una pieza con mucho margen para seguir creciendo a medida que se sucedan las funciones y el montaje vaya adquiriendo un mayor rodaje.

Lo mejor:
La actuación de Antonio Molero que irá mejorando con el paso de las funciones hasta convertirse en sobresaliente.
Lo que se podría mejorar:
Es una obra que necesita matices, profundidad y más rodaje. Con el paso de las funciones, estamos convencidos de que mejorará muchísimo y Molero irá encontrando y mostrando todas las aristas que tiene ese productor sumido en el caos.
Aldo Ruiz
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