‘EL ALMA AL AIRE’, EL MUSICAL DE ALEJANDRO SANZ: LUZ, FLAMENCO Y UN ENORME POTENCIAL EN UN ESPECTÁCULO LLENO DE FUTURO

CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7’5

Ya hemos visto El alma al aire, la nueva producción de Stage Entertainment construida a partir de las canciones de Alejandro Sanz. Es, sin duda, una de las grandes apuestas de la temporada y uno de esos musicales que han despertado una enorme expectación desde que se anunció. De hecho, es un proyecto que lleva gestándose entre cuatro y cinco años y se nota. Estamos ante un montaje grande, ambicioso, cuidado y pensado para quedarse.

Pero también estamos ante una producción nueva, y eso es importante para entender algunas de las sensaciones que nos ha dejado. El espectáculo todavía tiene recorrido por delante: es una propuesta abierta a seguir creciendo, encontrando sus ritmos y asentándose función a función. No por falta de trabajo, sino porque hay elementos que solo terminan de afianzarse con el rodaje, especialmente en una producción de estas dimensiones.

El alma al aire es una propuesta visualmente muy atractiva, con una escenografía cuidada al detalle, un excelente reparto y un repertorio que, en muchos momentos, logra una conexión inmediata con el público. Además, es un espectáculo que claramente va de menos a más. Sus primeros minutos transitan por un tono más ligero y luminoso, pero, a medida que avanza la función, la historia gana peso y la propuesta escénica y musical adquiere mayor fuerza y contundencia. Es entonces cuando llegan algunos de los momentos más potentes del montaje y cuando se hace más evidente todo lo que El alma al aire puede llegar a ofrecer.

La historia nos sitúa en un pequeño pueblo pesquero de Cádiz, Azulena, un lugar marcado por el viento de Levante y por una comunidad en la que las vidas de sus habitantes están profundamente conectadas. Allí conocemos a Ale, un joven músico que vive junto a su madre, su abuelo y su amigo Bruno. La aparente calma del pueblo cambia con la llegada de Alma, una promotora inmobiliaria madrileña que aparece acompañada de sus dos hijas. Su presencia se convierte en el punto de partida de una serie de historias, relaciones y conflictos que irán entrelazándose a lo largo de la función. 

Un libreto construido alrededor de las canciones de Alejandro Sanz

El alma al aire construye una historia coral a partir de las canciones de Alejandro Sanz, utilizando su repertorio como hilo conductor de las emociones y conflictos de sus personajes. El resultado combina romance, humor, emoción y un cierto componente de realismo mágico, con el sur como elemento esencial de su identidad.

Al frente de este libreto encontramos a Álvaro Tato, dramaturgo de reconocido prestigio, vinculado a la compañía Ron Lalá y doble ganador del Premio Max, que ha sido el encargado de confeccionar la dramaturgia de El alma al aire. Y hacerlo alrededor de un repertorio ya existente no es, precisamente, un reto menor. Tomar una colección de canciones tan reconocibles de uno de los artistas más importantes de la música en habla hispana y conseguir que forme parte de una dramaturgia sin que parezca simplemente insertada es un desafío mayúsculo.

No es, además, un reto nuevo dentro de los musicales en España: ya lo hemos visto en propuestas como Hoy no me puedo levantar, construido alrededor del repertorio de Mecano, o Más de cien mentiras, a partir de las canciones de Joaquín Sabina. Cuando se trabaja con temas que forman parte del imaginario colectivo y que el público conoce casi al completo, el reto no está únicamente en encontrarles un lugar dentro de la historia, sino en conseguir que dejen de percibirse como canciones independientes para convertirse en una pieza orgánica de la dramaturgia.

En El alma al aire, el mecanismo funciona en términos generales, aunque todavía encontramos algunos puntos en los que la dramaturgia necesita terminar de asentarse. Hay relaciones, escenas y diálogos que, en determinados momentos, se sienten algo forzados, y algunas situaciones necesitan encontrar un ritmo más natural. Lo mismo ocurre también con determinadas canciones, cuya entrada no parece responder de manera orgánica a lo que está sucediendo.

Un ejemplo muy concreto lo encontramos en los personajes interpretados por Inés León y Miriam Madrid, que dan vida respectivamente a Soledad y Alma. El momento en el que descubrimos que existe un vínculo previo entre ellas llega de una manera algo abrupta desde el propio libreto, especialmente por la manera en la que se introduce dentro de la narración. No tanto por lo que plantea la historia, sino por la forma en la que el espectador llega hasta ese descubrimiento, que podría construirse de una manera más natural y progresiva.

Es precisamente a partir de ese descubrimiento cuando ambas interpretan Aprendiz, una canción que, por su propia carga emocional, podría convertirse en uno de los momentos más significativos de esta relación. Sin embargo, la entrada del tema no termina de sentirse del todo orgánica, en parte porque llega inmediatamente después de un descubrimiento que el libreto introduce de manera algo abrupta. La canción tiene un enorme potencial emocional, pero para que ese momento alcance toda su fuerza sería necesario que el vínculo entre ambas estuviera más asentado previamente y que la transición hacia la canción encontrara un desarrollo más natural. Aquí creemos que está uno de los principales márgenes de mejora del libreto: permitir que algunas escenas respiren algo más, que determinados silencios encuentren su duración y que las situaciones tengan tiempo para asentarse. También sería deseable que algunas de las transiciones entre diálogo y canción resultasen más orgánicas.

A medida que la historia avanza, sin embargo, la dramaturgia encuentra una mayor fluidez. Los conflictos adquieren más peso, las escenas están mejor sostenidas y los personajes parecen moverse con mayor naturalidad dentro de la historia. La integración entre personajes, trama y repertorio se vuelve entonces mucho más fluida. Y es precisamente ahí donde el libreto demuestra con mayor claridad su potencial: cuando consigue que las canciones de Alejandro Sanz dejen de sentirse como piezas que hay que encajar y pasen a formar parte natural de la historia que se está contando.

Una puesta en escena que alcanza el clímax en la segunda parte

Uno de los puntos fuertes de El alma al aire es su puesta en escena. Hay una belleza especial en la propuesta visual de Jonathan Kent, que consigue construir desde el primer momento una atmósfera cálida, luminosa y profundamente ligada al sur. Los tonos azules, la luz, los espacios abiertos y esa sensación constante de Cádiz consiguen envolver al espectador en un universo reconocible y muy acogedor.

En los primeros compases, además, hay algo en el tono general —tanto desde lo visual como desde determinadas situaciones y personajes— que por momentos nos recuerda, salvando todas las distancias, al espíritu más desenfadado de Mamma Mia!. No porque ambas propuestas compartan historia, estructura o planteamiento, sino por esa combinación de color, luz, humor, romance y una cierta ligereza que domina buena parte de sus primeras escenas. Es una sensación que funciona como una referencia estética más que como una comparación directa y que cambia de manera notable a medida que avanza el espectáculo. Porque El alma al aire termina llevando su tono hacia otros territorios.

La escenografía de Tom Pye juega aquí un papel fundamental. La acción transcurre en un pequeño pueblo pesquero y el escenario nos sitúa rápidamente en ese entorno: en primer plano encontramos el muelle, con el agua, un espacio en el que está habitualmente el abuelo pescador, uno de los personajes fundamentales de la historia; a un lado, el chiringuito El Tren de los Momentos; y, al fondo, una gran duna bajo un cielo azul que termina de completar esa imagen de pueblo costero. Es una escenografía que transmite calidez, luminosidad y ese aroma del sur que necesita la historia.

A partir de este espacio principal, la producción va incorporando diferentes elementos escenográficos que aparecen, desaparecen y transforman el escenario según lo requiere la narración. La maquinaria teatral está bien integrada y permite que el espacio evolucione sin perder nunca esa identidad inicial. Durante buena parte de la función, sin embargo, este dispositivo se mantiene en un registro relativamente contenido, hasta que llega el momento de desplegar todas sus posibilidades.

Hay, eso sí, algunos momentos especialmente hermosos en la primera parte. Uno de ellos llega cuando los dos protagonistas se besan y la luna anaranjanda desciende sobre el escenario. Es una imagen sencilla pero de una gran belleza, de esas que consiguen que la puesta en escena acompañe perfectamente a la emoción de la historia sin necesidad de grandes artificios.

Pero es cuando la producción decide llevar sus recursos más lejos cuando encontramos algunas de sus imágenes más poderosas de El alma al aire. Jonathan Kent y el equipo creativo elevan entonces la apuesta y llevan el espectáculo hacia una dimensión mucho más espectacular y sorprendente. Las imágenes ganan fuerza y el escenario comienza a jugar con sus posibilidades de una manera mucho más ambiciosa.

Y entonces llega uno de los momentos culminantes del espectáculo: Hoy llueve, hoy duele, interpretado por Inma “La Carbonera” en el papel de Levante. Al borde del muelle, su voz flamenca, desgarrada y poderosa se enfrenta a la tormenta mientras la lluvia cae de verdad sobre el escenario, con un efecto extraordinariamente conseguido, hasta envolver por completo la escena. Entre truenos y relámpagos, la luz hace aparecer y desaparecer, sobre el ciclorama, cuerpos que parecen emerger de la propia tempestad: parejas de bailarines contemporáneos que, atrapados en el fulgor de cada destello, adoptan fugaces formas, se desplazan, se desvanecen y vuelven a surgir como si la tormenta misma los arrastrara. La escena adquiere entonces una dimensión casi onírica, de una belleza oscura y profundamente teatral.

Es una auténtica explosión escénica, un instante en el que todo parece fundirse en una sola imagen: el flamenco, la música, la lluvia real, la iluminación, las proyecciones y la coreografía. Es entonces cuando El alma al aire lleva su propuesta visual hasta un territorio verdaderamente impactante.

La reacción del público lo confirma: la secuencia desemboca en una de las grandes ovaciones de la función. Y no solo por la interpretación de la artista, sino por la intensidad que alcanza el conjunto de la escena. Es precisamente en momentos como este cuando la producción demuestra hasta dónde puede llegar y el enorme potencial que tiene cuando apuesta por la fuerza de sus recursos escénicos.

El aire flamenco de Cádiz

Y es a partir de momentos como este cuando aparece otro de los rasgos que definen la propuesta: el aire flamenco del sur. No se trata únicamente de que algunas de las canciones de Alejandro Sanz puedan acercarse a ese lenguaje, sino de que el flamenco forma parte de la propia identidad escénica del espectáculo. Está en la atmósfera, en el movimiento de los cuerpos, en la coreografía o en la presencia de una bailaora que irrumpe con su zapateado y lleva al escenario una de las expresiones más reconocibles de esa tradición.

La presencia del flamenco no funciona aquí como un simple recurso ornamental, sino que participa de la construcción de todo el universo visual del musical. Está en determinados movimientos, en la fuerza de algunos números, en la estética y en esa evocación de un imaginario gaditano que atraviesa la propuesta. No es, por tanto, una cuestión que se limite al repertorio: es un lenguaje que se incorpora al cuerpo del espectáculo y que ayuda a definir su personalidad.

Y es ahí donde encontramos otro de los elementos que hacen especial a El alma al aire: la capacidad de llevar las canciones de Alejandro Sanz a un universo escénico propio, en lugar de limitarse a convertirlas en una sucesión de números reconocibles. Las canciones se reinterpretan dentro de una propuesta profundamente ligada al sur, en la que la danza, la estética y la tradición flamenca dialogan con el universo musical del artista. 

Un elenco brillante y con personalidad

El reparto es uno de los pilares de El alma al aire, un elenco muy heterogéneo y con personalidad que consigue moverse con solvencia entre el humor, el romance, el drama y las exigencias vocales de un repertorio tan reconocible, al tiempo que encuentra su lugar dentro de una historia eminentemente coral. Empezamos por Pepe Nufrio, que está estupendo como Ale, el protagonista. Es un intérprete con mucho ángel, de esos que consiguen conectar con el público desde el primer momento y llenar el escenario con una naturalidad especial. A ese magnetismo se suman una voz preciosa y un dominio escénico que va creciendo a medida que avanza la función. Es a partir de Pisando Fuerte cuando sentimos que Nufrio aparece con toda su fuerza: es el momento en el que parece decir “aquí estoy yo” y empieza a comerse el escenario. Después, Amiga mía le permite lucir voz, matices y poderío vocal, antes de cerrar la primera parte junto a Amanda Digón con Y, ¿si fuera ella?, uno de los duetos más bonitos de la función. Para nosotros supone todo un descubrimiento, ya que es la primera vez que lo vemos en un papel protagonista, y nos deja muy buenas sensaciones.

Si Nufrio aporta esa frescura a Ale, Amanda Digón encuentra en Estrella una compañera de viaje a la altura. Interpreta a un personaje al que todos llaman Ella y demuestra desde que interpreteta Cuando nadie me ve que estamos ante una de las voces más sobresalientes del reparto, combinando potencia, matices y una gran seguridad en escena. Pero su trabajo va más allá de lo musical: construye un personaje con presencia y personalidad, y encuentra junto a Nufrio una química especialmente natural. Hay complicidad, conexión y una buena sintonía entre ambos, algo fundamental en una historia en la que su relación ocupa un lugar central.

Natán Segado, como Bruno, el mejor amigo de Ale, aporta una importante dosis de simpatía y naturalidad. Es un personaje muy de pueblo, sencillo y con un punto de inocencia que le permite protagonizar algunos de los momentos más divertidos de la función. Segado brilla especialmente en el terreno de la comedia, manejando con soltura los tiempos y encontrando siempre el tono adecuado para sacar partido a cada situación. Y, además, cuando le toca cantar, demuestra también una voz especialmente bonita. Todo ello hace de Bruno uno de los mejores personajes dentro del conjunto del espectáculo.

Y precisamente en ese terreno encontramos también a Lydia Fairén, que interpreta a Sandy, la hermana de Ella. Es otra de las intérpretes que destaca especialmente por su vis cómica, con una gran capacidad para aprovechar cada una de las situaciones en las que participa y dotarlas de personalidad. Quizá Sandy no sea un personaje concebido especialmente para el lucimiento vocal, pero Fairén consigue hacerlo suyo y extraer todo su potencial de cada escena, aportando desparpajo y sentido del humor. 

Entre los nombres del reparto que consiguen dejar huella destaca también Inés León, que se mete en la piel de Soledad, la madre de Ale. Es una de las grandes intérpretes del teatro musical de nuestro país y aquí vuelve a demostrar por qué, gracias a una gran capacidad para construir personajes y dotarlos de verdad, matices y emoción. A todo ello suma un gusto especial a la hora de cantar, algo que queda especialmente patente en «Cai» y «Se vende», dos de los temas en los que su interpretación alcanza una intensidad especial y en los que vuelve a demostrar la personalidad de su voz.

Y una de las sensaciones del elenco es Inma “LA CARBONERA”, que da vida a Levante, uno de los personajes más misteriosos de la función. Desde su primera aparición, la actriz consigue imprimir al personaje una presencia magnética y una fuerza muy particular, convirtiendo cada uno de sus momentos en escena en algo que trasciende lo puramente interpretativo. Pero es en ese gran número flamenco de la segunda parte cuando alcanza toda su explosión escénica. Ahí, “LA CARBONERA” firma una interpretación arrolladora, cargada de potencia y verdad, en una secuencia que se convierte por derecho propio en uno de los momentos más memorables del musical.

Cierran este recorrido por el reparto Miriam Madrid, Antonio MM y Hugo Ruiz, tres intérpretes que completan el universo de personajes de El alma al aire. Madrid, en el papel de Alma, la madre de Ella y Sandy, realiza un trabajo solvente dando vida a la antagonista de la historia, aunque todavía se intuye un margen interesante para que el personaje gane mayor profundidad y presencia a medida que avancen las funciones. Antonio MM, como el abuelo de Ale, aporta verdad, calidez y una entrañable humanidad a un personaje muy ligado a las raíces del protagonista y a ese pasado que atraviesa buena parte de la historia. Por último, Hugo Ruiz interpreta a Jamie, un guiri que llega al pueblo y se convierte en uno de los principales contrapuntos humorísticos de la historia. Junto a Natán Segado y Lydia Fairén, aporta ese tono más desenfadado y divertido que recorre buena parte del espectáculo.

El repertorio de Alejandro Sanz al servicio de la historia

Como ya señalábamos al comienzo de esta crítica, la integración del repertorio de Alejandro Sanz es uno de los elementos que más condicionan el resultado de la propuesta. Merece la pena detenerse en cómo se articula ese repertorio a lo largo de la función, porque es precisamente en el contraste entre unos números y otros donde aparecen algunos de sus mayores aciertos, pero también determinados aspectos susceptibles de afinarse.

A la primera persona es, probablemente, uno de los mejores ejemplos. Es un número especialmente bonito, construido a varias voces y desarrollado en distintos momentos de la escena, en el que cada intervención encuentra su lugar dentro de la acción. La canción está perfectamente cohesionada con el libreto y funciona también desde el punto de vista musical, haciendo que ambos elementos avancen en una misma dirección. No sentimos que estemos ante una canción insertada dentro de la historia, sino ante una escena que necesita de esa canción para desarrollarse.

En otros momentos, sin embargo, algunas canciones parecen incorporarse de una manera más forzada y su presencia no termina de encontrar una justificación clara dentro de la historia. Es el caso, por ejemplo, de la ya citada Aprendiz y de Mi persona favorita, integrada en una secuencia de karaoke que, más allá del reconocimiento inmediato que puede despertar en el público, no termina de aportar demasiado al desarrollo narrativo de la función. Algo parecido sucede en la segunda parte con uno de los popurrís, donde la acumulación de temas termina resultando excesiva y transmite la sensación de que la selección podría haberse planteado de una manera más contenida.

Creemos que este es uno de los aspectos con mayor margen de mejora: que la elección de cada tema responda a una necesidad narrativa y escénica concreta, especialmente en un repertorio tan amplio y reconocible. Cuando esa conexión se produce, el resultado gana en fuerza y permite que las canciones trasciendan su condición de éxitos conocidos para convertirse en parte orgánica de la propia función.

Hay, sin embargo, un detalle musical que nos gusta especialmente y que refuerza esa sensación de cohesión: la manera en que comienza y termina el espectáculo. Ambos momentos quedan unidos por los mismos acordes de La música no se toca, creando una suerte de círculo musical que envuelve toda la función. Es un recurso muy bonito y, precisamente por su sencillez, brillante. Los acordes que abren el espectáculo regresan al final y dejan la sensación de que todo vuelve a su punto de partida. Una decisión pequeña en apariencia, pero que dota al conjunto de una hermosa sensación de unidad.

En definitiva, el repertorio de Alejandro Sanz es uno de los grandes activos de El alma al aire. Su variedad y su enorme reconocimiento proporcionan al espectáculo un material musical de primer nivel y, cuando las canciones encuentran su lugar dentro de la dramaturgia, contribuyen de manera decisiva a la fuerza y personalidad de la propuesta.

Una producción con mucho futuro por delante

Después de ver El alma al aire, la sensación que queda es la de haber asistido a una producción que ya tiene una identidad muy definida, pero que todavía está descubriendo hasta dónde puede llevarla. Y quizá ahí resida precisamente lo más interesante del montaje en este momento. No todo funciona con la misma naturalidad, pero cuando las distintas piezas encuentran su sitio —la historia, las canciones, el reparto, la escenografía y el flamenco—, el resultado alcanza una dimensión que va mucho más allá de un musical construido alrededor de un repertorio conocido.

Hay, por tanto, determinados aspectos de la dramaturgia, algunas transiciones y la conexión entre ciertas situaciones y números musicales que todavía pueden afinarse. Son detalles que no impiden disfrutar de la propuesta, pero que marcan el camino que todavía tiene por delante un montaje que parte de una idea ambiciosa, un repertorio con una enorme capacidad de conexión con el público y un equipo artístico capaz de ofrecer momentos verdaderamente brillantes. El alma al aire tiene ya muchos de los ingredientes necesarios para convertirse en una propuesta de gran recorrido; ahora será cuestión de seguir afinando el conjunto para que todas esas virtudes encuentren siempre el mismo nivel de cohesión y fuerza.

Lo mejor:

Una excelente propuesta escénica, con una estética muy cuidada y un enorme potencial de crecimiento. El alma al aire tiene personalidad, ambición y muchos elementos para convertirse en una producción con recorrido y asentarse con fuerza en la cartelera madrileña. El elenco es otro de sus grandes valores, con Pepe Nufrio, que brilla en la piel del protagonista, derrochando carisma, e Inma «LA CARBONERA», una de las grandes sensaciones de la función gracias a una poderosa voz flamenca.

Lo que se podría mejorar:

El libreto todavía necesita pulir determinadas escenas y algunos diálogos, así como la manera en que ciertas canciones se integran dentro de la historia. También sería necesario trabajar las transiciones entre el texto y los números musicales, buscando una mayor fluidez y evitando que algunos cambios resulten demasiado abruptos o forzados.

Aldo Ruiz

Otras críticas recientes: 

 

 

 

 

 

Deja un comentario