CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7

Preciso el cartel de ‘Scratch’ con Javier Lara sustentado a Fernando Delgado-Hierro

Una de las escenas más divertidas de ‘La Ternura’ con los seis protagonistas, apilados unos encima de otros.
Salgo de ver ‘La Ternura’ y tengo la necesidad imperiosa de plasmar sobre un papel la cantidad de sensaciones que me han hecho sentir Alfredo Sanzol y estos seis magníficos actores. Diversión, alegría, emoción, locura, fascinación, admiración y, por supuesto, mucha ternura. Es increíble lo que hace el dramaturgo en este montaje, la capacidad que tiene para crear y desarrollar la historia, el talento para ponerla en escena de una manera tan excepcional, y esa desbordante imaginación, al alcance tan solo de unos pocos elegidos.

Iñigo Rodríguez-Claro y María Morales en una de las escenas más conmovedoras de la obra. Fotografía: Vanessa Rábade
«Todo el tiempo del mundo» me ha dejado una sensación un tanto contradictoria. Ante todo salgo fascinado por la magia de la historia de Messiez; por ese maravilloso personaje basado en su abuelo-el señor Flores- y por esa atmósfera tan onírica que allí se crea y que traspasa los límites meramente de una sala de teatro. Por tanto, son muchos los factores que hacen de ella, una obra verdaderamente excepcional y que me reafirman, una vez más, en catalogar a Messiez como un auténtico maestro a la hora de construir universos propios. Sin embargo, hay un factor que enturbia «Todo el tiempo del mundo» y que hace que no llegue a ser ese montaje tan redondo que podría haber sido: El desarrollo de la historia me parece -por momentos- excesivamente confuso. En una historia tan personal y llena de matices y emociones -como la creada por Messiez- he echado en falta una estructura más compacta y directa de cara al público. Quizás era eso lo que pretendía el autor; esa ambigüedad y esa confusión, pero yo particularmente me he salido de la trama en varias ocasiones y tenía que hacer el esfuerzo constante de volver a la misma. A pesar de todo, «Todo el tiempo del mundo» es un relato muy potente y embriagador con el que Messiez nos hechiza.