CALIFICACIÓN.- EXCELENTE: 8
Hace dos años tuve la fortuna de descubrir ‘Dos tronos, dos reinas’ en los Teatros Luchana, una de esas joyas teatrales que permanecen en la memoria mucho después de bajar el telón y que ojalá podamos volver a ver muy pronto en Madrid. Escrita por Pepe Cibrián, la obra proponía un apasionante duelo interpretativo entre Nacho Guerreros y Nicolás Pérez Costa, convertidos respectivamente en Isabel I de Inglaterra y María Estuardo. Aquel montaje, de impecable factura, ya mostraba el extraordinario talento de Pérez Costa, que ahora vuelve a conquistar el escenario con otra propuesta de enorme calado dramático, el monólogo ‘Juana la Loca’, que se representa también en los Luchana.
Escrita y dirigida por Pepe Cibrián, la obra nos sitúa en el último día de vida de la reina Juana, recluida en la soledad de su torre, donde estuvo encerrada más de 40 años. Entre un viejo trono y los restos de unas vestiduras y unas joyas que evocan un esplendor ya extinguido, la reina rememora los episodios más importantes que marcaron su existencia. Los recuerdos irrumpen como una auténtica catarata de emociones: el amor, el miedo, la traición, la pérdida, las palabras que nunca llegaron a pronunciarse y aquellas que habría deseado escuchar. El resultado es una obra profundamente poética que, lejos de limitarse a reconstruir un episodio histórico, dibuja el retrato íntimo de una mujer condenada por las circunstancias de su tiempo.
Pepe Cibrián firma un texto de una riqueza verbal impresionante. Su lenguaje, de una belleza poco frecuente en los tiempos que corren, está construido con un léxico exuberante y una musicalidad que convierte cada frase en un pequeño ejercicio de orfebrería literaria. Nicolás Pérez Costa no solo interpreta ese texto: lo saborea, lo paladea y lo hace llegar al espectador con una dicción impecable y una expresividad que permite disfrutar de cada palabra en toda su dimensión.
Pero si el texto es excepcional, la interpretación de Pérez Costa roza la maestría. El argentino ofrece un auténtico recital dando vida a Juana en las distintas etapas de su existencia: desde la joven ilusionada que se enamoraba de Felipe ‘El Hermoso’, pasando por la mujer quebrada por el dolor hasta llegar a la anciana consumida por el encierro. Pero es que, además, se desdobla con virtuosismo en otros personajes cruciales de su biografía como fueron su marido Felipe -seductor y manipulador-; su madre, Isabel la Católica -que aparece como una figura implacable y de férrea determinación-; Luisa, su fiel dama de compañía -incondicional, tierna y servicial. Y su nieto Felipe, que irradia una inocencia que contrasta con la dureza del resto de la historia. Cada personaje posee una voz, una gestualidad y una energía propias, confirmando el increíble dominio técnico de Nicolás Pérez Costa, un actor capaz de llenar por sí solo todo el escenario.

La puesta en escena apuesta por el minimalismo sin renunciar a una poderosa carga estética. Un viejo trono y una gran tela de terciopelo rojo constituyen prácticamente los únicos elementos escenográficos, pero bastan para construir un universo visual de enorme fuerza simbólica. Resulta especialmente hermosa la imagen inicial, cuando esa tela cubre por completo al personaje y, al descubrirse lentamente, revela la figura de Juana. Una apertura de enorme impacto visual que marca el tono de un espectáculo en el que cada movimiento está cuidadosamente coreografiado. Especial mención merece el exquisito diseño de luces, que acompaña cada transición dramática con una precisión admirable. La luz no solo ilumina; subraya los estados emocionales y convierte la austeridad de la escenografía en una propuesta de una elegancia casi barroca.
Pepe Cibrián dirige el conjunto con una teatralidad extraordinaria, consciente de que la verdadera grandeza del espectáculo reside en la palabra y en el actor. Todo está medido con precisión para que la interpretación encuentre siempre el espacio necesario para desplegarse con intensidad. Quizás el único aspecto que hemos echado en falta sea la ausencia de mayores espacios de silencio. La función está construida sobre un caudal incesante de palabra, sostenido con una solvencia extraordinaria por Pérez Costa, cuya capacidad para afrontar un texto de semejante complejidad resulta sencillamente apabullante. Sin embargo, precisamente por la intensidad de ese torrente verbal, en algunos momentos se echa en falta que la acción respire, que el silencio irrumpa como un elemento dramático más y permita al espectador asimilar determinadas emociones antes de continuar el viaje.
Del mismo modo, habría resultado especialmente sugerente que algunos de los pasajes estuvieran acompañados por una mayor presencia musical -casi es nula la música del montaje-. Cibrián ha apostado casi exclusivamente por la fuerza de la palabra y la interpretación, una opción totalmente respetable, por supuesto. Pero una banda sonora utilizada con la misma elegancia y precisión que caracterizan el resto de la puesta en escena, habría servido para potenciar algunos clímax emocionales y añadir una nueva capa de profundidad al conjunto.
Dicho esto, ‘Juana la Loca’ reivindica un tipo de teatro cada vez menos frecuente: un teatro de palabra, de interpretación y de emoción, donde la literatura y el oficio del actor ocupan el lugar central. Es una función que exige escuchar, dejarse llevar y disfrutar del inmenso placer que produce contemplar a un intérprete dueño absoluto de sus recursos. Estamos ante una propuesta imprescindible no solo para los amantes de la historia, sino también para aquellos que les gusta el teatro en mayúsculas.

Lo mejor:
El recital interpretativo de Nicolás Pérez Costa y el exquisito texto de Pepe Cibrián, de una riqueza poética extraordinaria.
Lo que se podría mejorar:
Es un montaje que mejoraría mucho más -si cabe- si hubiera silencios o respiros en determinados momentos y, por supuesto, si hubiera mayor presencia musical. Hemos echado en falta estos dos aspectos.
Aldo Ruiz
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