‘QUÉ DIFÍCIL ES’: UNA EMOCIONANTE COMEDIA QUE TRASCIENDE LOS TÓPICOS CON TALENTO, HUMOR Y AUTENTICIDAD

CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7

Es curioso, pero a veces el primer desencuentro con una obra de teatro se produce antes incluso de entrar en la sala. Es lo que sucede con ‘Qué difícil es’, que se representa del 2 al 11 de septiembre en el Teatro Infanta Isabel y cuyo cartel, a nuestro juicio, juega en contra de la propia función: poco o nada tiene que ver la imagen que proyecta con aquello que el espectador termina encontrándose sobre el escenario.

Y quizá ahí reside también una de las agradables sorpresas de esta propuesta. ‘Qué difícil es’ es una comedia muy divertida, con mucho ritmo y numerosos momentos hilarantes, pero bajo esa apariencia de ligereza se esconde una función mucho más ambiciosa y, sobre todo, mucho más humana de lo que cabría imaginar a primera vista.

La obra arranca con cuatro actores entrando y saliendo del camerino a toda velocidad, recibiendo los aplausos del público. Todo parece marchar a la perfección: llevan meses triunfando sobre las tablas y viven ese momento de éxito que cualquier intérprete desearía. Hasta que, de repente, el autor y director les comunica que la función se cancela de la noche a la mañana. Una decisión arbitraria que rompe de golpe esa aparente estabilidad y les obliga a preguntarse qué será de ellos cuando se apaguen los focos y toque volver a empezar.

A partir de ahí, los cuatro protagonistas emprenden un viaje por sus propias vidas a través de un texto ha sido creado conjuntamente por los cuatro actores —Manuel Maciá, Pablo de Castro, Kino Gil y Nico Seijo—. Quizás por eso destila tanta verdad. Los sueños que tenían de niños, las frustraciones, las decisiones tomadas por el camino y las dificultades de ganarse la vida como intérpretes van construyendo un relato profundamente reconocible y cercano. Son cuatro actores hablando de su propia profesión desde dentro, y esa mirada aporta a la historia una autenticidad que se percibe en cada escena.

La dramaturgia juega además con el tiempo con gran brillantez. La función salta constantemente entre presente, pasado y futuro. Los flashbacks nos llevan hasta la infancia de los protagonistas para descubrir cuándo nació su vocación y qué circunstancias les empujaron hacia el mundo de la interpretación. Después, la mirada se proyecta hacia el futuro para descubrir qué habrá sido de ellos: si seguirán siendo actores o si la vida les habrá conducido hacia otros caminos. Un mecanismo narrativo que podría resultar confuso, pero que aquí está perfectamente integrado en el ritmo de la función y permite que la historia avance con dinamismo.

Porque si algo caracteriza a ‘Qué difícil es’ es precisamente su ritmo. Los aproximadamente 75 minutos de espectáculo pasan prácticamente volando. Y en ese tiempo la obra demuestra que una comedia puede hablar de asuntos muy serios sin dejar de hacer reír. La depresión, el intento de suicidio, el bullying, la enfermedad, la muerte o las dificultades de formar una familia cuando la profesión no ofrece ninguna estabilidad aparecen integrados en el relato. No como elementos añadidos artificialmente, sino como parte de la vida de unos personajes que, detrás de la carcajada, tienen que enfrentarse a problemas muy reales. Y por encima de todos ellos aparece un tema que termina funcionando como verdadero corazón de la obra: la amistad. Los cuatro personajes son amigos, y esa amistad es el vínculo que permanece cuando todo lo demás se tambalea. 

El trabajo de los intérpretes es otro de los grandes atractivos del montaje. Los cuatro actores demuestran una gran capacidad para desdoblarse en multitud de personajes a lo largo de la función: padres, madres, parejas, compañeros de trabajo, amigos y otras figuras que aparecen en los recuerdos y proyecciones de los protagonistas van pasando por el escenario en un ejercicio de versatilidad que aporta algunos de los momentos más divertidos de la función. El día de nuestra visita -el miércoles 9-, el reparto estaba formado por Manuel Maciá, Pablo de Castro, Kino Gil y Gabriel Alacqua, quien se alterna en su papel con Nico Seijo.

Todos ellos ofrecen un trabajo sobresaliente y demuestran una compenetración que se percibe desde el primer momento. Llevan muchos años trabajando juntos y, además, son amigos, algo que se traduce en una química escénica difícil de fingir. Hay complicidad y una enorme naturalidad en la manera en la que se escuchan, se acompañan y juegan entre ellos. Se nota que disfrutan compartiendo escenario y que existe entre los cuatro una confianza que les permite moverse con soltura entre el humor, la emoción y los numerosos personajes que van interpretando.

Dentro de este magnífico conjunto, quizá sobresale Manuel Maciá, que derrocha carisma, gracia y naturalidad sobre el escenario. Su versatilidad le permite transitar con enorme facilidad de los momentos más disparatados a otros cargados de emoción. Es especialmente conmovedora la escena en la que su personaje habla de la depresión y de un intento de suicidio y relata cómo consiguió salir adelante a través de la historia de un gorrión. Maciá logra arrancar la carcajada del público con su vis cómica y, apenas unos minutos después, tocar de lleno la fibra del espectador. Pero, insisto, el mérito es, sin duda, colectivo: Maciá, De Castro, Gil y Alacqua forman un equipo perfectamente engrasado cuyo talento termina traspasando el escenario y contagiando al patio de butacas.

Junto al trabajo actoral, la puesta en escena es otro de los puntos fuertes del montaje. Esteban Roel firma una dirección brillante, dinámica y muy precisa, con un marcado carácter cinematográfico que encaja a la perfección con la estructura de la obra. La narración avanza jugando con distintos momentos de la vida de los protagonistas y Roel encuentra una manera especialmente eficaz de trasladarnos de uno a otro: congela determinadas imágenes para detener la acción y, desde ahí, cambiar de tiempo con naturalidad, sin que el espectador pierda nunca el hilo de lo que está sucediendo.

El espacio escénico, convertido en un camerino presidido por cuatro espejos móviles, está igualmente muy bien aprovechado. Los espejos se desplazan y modifican su disposición para transformar el escenario y crear los diferentes espacios que necesita la historia. A este juego se suma un diseño de luces especialmente cuidado, que acompaña en todo momento la acción, refuerza los cambios de atmósfera y contribuye de manera decisiva a mantener el ritmo de la propuesta.

Hay, además, pequeños detalles de la puesta en escena que consiguen enriquecer la propuesta y aportar momentos especialmente bonitos. Es el caso de la escena en la que el personaje interpretado por Gabriel Alacqua imagina su futuro, cuenta que su pareja está embarazada y que van a tener una niña. La historia se relata apoyándose en los cuatro espejos del camerino y en un delicado juego de teatro de sombras que convierte la escena en un momento especialmente tierno y evocador. Son recursos sencillos, pero muy bien integrados, que demuestran el cuidado y el mimo con el que está construida la propuesta escénica.

El resultado es una puesta en escena muy visual y ágil, en la que movimientos, iluminación, espacio y trabajo actoral están perfectamente coordinados. Las transiciones se suceden con una precisión casi cinematográfica y permiten que la función avance sin tiempos muertos, manteniendo durante sus aproximadamente 75 minutos un ritmo constante.

Hay un elemento especialmente diferenciador en ‘Qué difícil es’: se nota que es una obra hecha con mucho cariño y mucho amor. Está presente en la manera en la que están construidos los personajes, en la complicidad que desprenden los cuatro intérpretes y en un texto que parece escrito desde un lugar muy cercano y personal. Todo ello hace que, más allá de las risas y de los momentos de emoción, exista una sensación de verdad y de autenticidad que termina envolviendo al espectador y haciéndolo partícipe de todo lo que sucede sobre el escenario.

Si hay algo que se le puede achacar a ‘Qué difícil es’, más allá de ese cartel que, a nuestro juicio, juega claramente en su contra y poco tiene que ver con el alma de la obra, es que parte de algunos lugares comunes demasiado conocidos dentro del mundo de la interpretación. La precariedad laboral, la dificultad de vivir de la profesión, la incertidumbre ante el futuro o la eterna sensación de que un actor puede pasar de los aplausos a tener que buscarse la vida detrás de una barra son temas recurrentes y, en algunos momentos, pueden resultar previsibles. Son, de hecho, los materiales sobre los que se construye buena parte del relato.

Sin embargo, es precisamente aquí donde la propuesta consigue darle la vuelta a esa posible limitación. Porque cuando una historia está contada desde un lugar tan cercano, con tanto cariño y con tanta verdad, los tópicos terminan quedándose en un segundo plano. La autenticidad de los personajes, el alma del texto, la gracia y el talento de las interpretaciones y la brillantez de la dirección hacen que aquello que sobre el papel podría sonar manido adquiera una dimensión mucho más personal. No estamos ante una obra que descubra necesariamente nuevos territorios sobre la profesión de actor, pero sí ante una que consigue hablar de ellos con una sinceridad y una humanidad que hacen que queramos escucharla.

Tras ver ‘Qué difícil es’, queda la sensación de haber asistido a una función mucho más rica y emocionante de lo que podía hacer pensar su apariencia inicial. Lo que comienza como una comedia sobre cuatro actores y las dificultades de su profesión termina convirtiéndose en una historia sobre la amistad, los sueños, las pérdidas, la capacidad de sobreponerse a las dificultades y, sobre todo, sobre la necesidad de seguir adelante. Una obra que consigue hacer reír y emocionar y que, en algunos momentos, logra que nos reconozcamos en lo que sucede sobre el escenario. 

Por eso es una pena que su paso por Madrid haya sido tan breve. La pieza ya ha pasado por otros teatros de la capital en años anteriores, pero sería deseable que pudiera regresar y tener la oportunidad de seguir creciendo a través del boca a boca, precisamente cuando empieza a encontrar a su público. Ojalá vuelva pronto a los escenarios madrileños y pueda continuar su recorrido, porque estamos ante una función hecha con talento, con cariño y con mucha verdad. 

Lo mejor:

La verdad y la autenticidad que desprende la obra, la magnífica actuación de sus cuatro protagonistas -y su versatilidad-, y la brillante dirección escénica. 

Lo que menos nos ha gustado:

Esos tópicos de los que parte la obra, un tanto manidos y recurrentes en la profesión de actor. 

Aldo Ruiz

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