CALIFICACIÓN.- EXCELENTE: 8
Se acaba de estrenar en el Teatro Español ‘La escopeta nacional’, una de las obras más esperadas de 2026. Hasta el 26 de julio, la mítica película escrita por Luis García-Berlanga y Rafael Azcona en 1978 se reinventa sobre las tablas en un excelente montaje, dirigido por Juan Echanove y que cuenta con la magnífica adaptación de Bernardo Sánchez Salas, quien ha hecho una versión libremente fidedigna, que mantiene intacto el espíritu de la película y que supone una sátira mordaz sobre las apariencias, el poder y la corrupción en una España que, a día de hoy, sigue reconociéndose en el espejo de su pasado.
Echanove y Sánchez Salas ya tienen experiencia en el universo berlanguiano puesto que hace más de dos décadas llevaron a escena otra de las míticas películas del director valenciano, ‘El verdugo’. Ahora, ponen el foco en ‘La escopeta nacional’, una comedia tardofranquista protagonizada por Jaume Canivell -espléndido Pere Ponce-, un fabricante catalán de porteros automáticos que viaja a Madrid junto a su secretaria y amante Mercé Oriol (estupenda Marta Ribera), para asistir a una cacería -con la élite del régimen franquista -pagada por él mismo en la finca Los Tejadillos, propiedad del marqués de Leguineche, aunque oficialmente es el Marqués quien paga la cacería.
El objetivo de Canivell es codearse con la alta sociedad para mejorar su negocio y poder vender sus porteros en las urbanizaciones de nueva construcción. Pero desde que llega a la finca todo son sobresaltos y apariciones de personajes absurdos. Durante su estancia, Canivell y su pareja son testigos de la destrucción de una extravagante colección del marqués de Leguineche (genial Enrique Viana), del rapto de una actriz masoquista (Elisa Matilla) por el hijo del marqués (Javi Coll). Entre otros disparates, el propio Canivell debe hacerse pasar por un productor de cine, ayudar a misa en la capilla de la finca o devolver «genenosamente» un suculento premio del bingo celebrado en la finca. Lo que en principio parece una reunión estratégica pronto se convierte en un desfile de intereses cruzados, hipocresía y situaciones absurdas que harán reír y reflexionar al espectador. La obra nos sumerge en un juego de equilibrios entre lo cómico y lo crítico, recordándonos la maestría de Berlanga y Azcona para retratar la sociedad con ironía y agudeza.

Bernardo Sánchez Salas ha realizado un magnífico trabajo. Aunque ha hecho algunos pequeños cambios respecto a la película, la adaptación conserva ese espíritu tan característico de Luis García Berlanga y Rafael Azcona, capaces de retratar las miserias y contradicciones de una sociedad a través de la sátira, el absurdo y la caricatura. El resultado es un espectáculo lleno de dinamismo, que se disfruta de principio a fin, y que supone un auténtico deleite para los sentidos. Una de las mejores cosas de esta versión teatral es que dará a conocer el universo berlanguiano a las nuevas generaciones, su inconfundible humor y su aguda mirada sobre la sociedad española.
Sánchez Salas ha hecho una adaptación muy solida que tiene momentos realmente sobresalientes, entre los que destacan la larga escena de la cacería donde el bueno de Canivell despliega todas sus artes para intentar conseguir inversores para sus porteros automáticos, la divertidísima escena en la que el marqués de Leguineche ve profanada su particular colección a manos de su nuera, o la preciosa escena final, con mucho mayor peso y profundidad que en la película, donde se pone el foco en los dos perdedores de esta historia: Jaume Canivell y Mercé Oriol. Echanove tenía muy claras sus intenciones al plantear el desenlace: «Quiero contar la historia de dos que sufren, y que tienen que estar al nivel de todos los demás porque si no, no venden; y que están dispuestos a todo por venderse y por vender, los porteros automáticos o a ellos mismos. Y por eso al final son ellos quienes pagan la cacería, los paganos, los humillados; son los explotados, los perdedores».

En la puesta en escena, Juan Echanove ha realizado una encomiable labor, manteniendo siempre la acción en todo lo alto, sin que decaiga el ritmo en ningún momento, y poniendo el foco especialmente en la dirección de actores. El también actor consigue sacar lo mejor de cada intérprete, potenciando al máximo las cualidades de cada uno de ellos. Casi toda la acción de la trama transcurre en la casa señorial, ya decadente, del marqués de Leguineche. Para recrear este universo, el director se ha apoyado en la escenografía de Isi Pone, el vestuario de Tania Tajadura, la iluminación de Miguel Ángel Camacho y la caracterización de Paloma Pérez Schmunk.
Uno de los aspectos más reseñables de esta puesta en escena es la música compuesta por Ángel Galán. Echanove opta por situar a tres músicos —percusión, piano y guitarra— en el patio de butacas, delante de la primera fila. A mí particularmente no me convence la ubicación de los músicos en este lugar. Su presencia visible durante toda la representación desvía en ocasiones la atención de la acción principal. Además, teniendo en cuenta que uno de ellos sube y baja constantemente de las tablas, pensamos que habría resultado más eficaz integrarlos en algún espacio del escenario, desde donde podrían haber participado en la función sin generar esa sensación de separación entre el plano musical y el dramático.
Respecto a la música, me parecen especialmente divertidos los números musicales del arranque y el cierre de la función, aportando un tono festivo y desenfadado que encaja muy bien con el espíritu de la obra. En este apartado musical merece una mención especial Marta Ribera, que vuelve a demostrar por qué es una de las grandes figuras del teatro musical en España. Su presencia escénica, la calidad de su voz y la elegancia sobre el escenario siempre son un aliciente para ver cualquiera de los espectáculos que participa.

Uno de los puntos fuertes del montaje es, sin duda, su extraordinario y amplísimo reparto, compuesto por 19 actores. Es un auténtico placer asistir a una producción de este tipo, cada vez menos frecuente y que, por su elevado coste, es posible únicamente en un teatro público. Precisamente por eso, ver un reparto tan numeroso desplegando toda su energía sobre las tablas constituye ya un atractivo en sí mismo. La interacción constante entre los intérpretes da lugar a un sinfín de situaciones disparatadas, delirantes y profundamente berlanguianas, en las que el humor convive con la afilada crítica social. En muchos momentos, más allá del propio Berlanga, parecía que estábamos viendo una comedia del mejor Jardiel Poncela, incluso de Arniches.
Lo cierto es que todos los actores están brillantes, y muy bien dirigidos, empezando por Pere Ponce y Marta Ribera, que bordan -respectivamente- los personajes de Jaume Canivell y su secretaria y amante, Mercé Oriol. Ambos están espléndidos de principio a fin, rodeados de un grupo de actores de muchos quilates compuesto por: José Ramón Arredondo, Chusa Barbero, Ángel Burgos, Javi Coll, Patxi Freytez, Elisa Matilla, Luisa Martín, Javier Mora, Verónica Morejón, Manuel Pico, David Pinilla, Chema Ruiz, Pedro Mari Sánchez, Enrique Viana y Eugenio Villota. Completan el reparto: Salva Duyat (percusionista) y el propio compositor de la música, Ángel Galán, que también ejerce de pianista.
Todos ellos tienen su minuto de gloria a lo largo de la función y están impecables en sus respectivos roles, pero me gustaría destacar a Enrique Viana, genial en la piel de marqués de Leguineche, que nos regala algunos de los momentos más delirantes de la función. Nos ha gustado mucho también Luisa Martín, que -dando vida a Chus- protagoniza una de las escenas más potentes de la obra cuando quema la curiosa colección de su suegro, el Marqués. Magnífico Pedro Mari Sánchez -no pasan los años por él- interpretando al padre Calvo, así como David Pinilla, fantástico como Cerrillo. Sin olvidarnos de Elisa Matilla, derrochando vis cómica en la piel de la actriz del destape Vera del Bosque, al igual que Ángel Burgos, muy divertido dando vida al príncipe Korchovsky.
Lo mejor:
El extraordinario y coral elenco, con interpretaciones brillantes perfectamente ensambladas gracias a una dirección de actores tan precisa como eficaz.
Lo que se podría mejorar:
Algunas decisiones de la dirección escénica resultan cuestionables como la ubicación de los músicos, por ejemplo. Especialmente mejorables son las dos proyecciones audiovisuales que aparecen a lo largo de la función. Aunque cumplen su cometido narrativo, su calidad visual se antoja algo limitada y podrían haberse hecho con mayor ambición técnica y estética.
Aldo Ruiz
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