‘LAS GRATITUDES’: INMENSA GLORIA MUÑOZ EN LA PIEL DE UNA ENFERMA DE AFASIA QUE SE VA APAGANDO POCO A POCO

CALIFICACIÓN: EXCELENTE: 8’5

Es inevitable no emocionarse y derramar algunas lágrimas con ese final tan bello y a la vez tan doloroso que nos ofrece ‘Las gratitudes’. Una obra profundamente conmovedora -con una excelsa Gloria Muñoz- que aborda el peso del silencio y la lucha por recordar. Un canto a la resiliencia humana que no solo explora el final de una vida, sino que celebra el poder dar las gracias antes de que el tiempo nos arrebate las palabras. Hasta el 10 de mayo, en el Teatro de la Abadía se representa esta adaptación teatral -firmada por Marta Betoldi- de la novela superventas de Delphine de Vigan, una de las escritoras vivas más leídas y premiadas de la literatura francesa.

‘Las gratitudes’ nos cuenta la historia de Michka (Gloria Muñoz), una editora septuagenaria que ve cómo la afasia va apagando lentamente su voz y la va dejando sin su herramienta más preciada: las palabras. En su interior, el caos comienza a reinar mientras su mente, aún viva, busca desesperadamente aferrarse a lo que ha sido. María, su joven vecina (Macarena Sanz), quien fue cuidada por Michka en su infancia, siente un dolor profundo y un sentimiento de culpa insoportable. La decisión de internarla en una clínica, como última esperanza para su cuidado, la consume. En la clínica, el logopeda Jerónimo (Rómulo Assereto) trabaja incansablemente con Michka, navegando entre los vacíos y los silencios de su memoria, con la única esperanza de devolverle la dignidad de la palabra y el derecho a seguir siendo escuchada.

En medio de esta travesía que no tiene un final feliz, Michka tiene un deseo en lo más profundo de su ser: encontrar al matrimonio que, en plena ocupación nazi, la salvó cuando era solo una niña (judía) y darle las gracias. Una deseo vital que la impulsa a seguir viviendo, incluso cuando las palabras ya no son sus aliadas. 

Delphine de Vigan ha confeccionado una historia llena de emoción y real como la vida misma en la que los tres personajes van entretejiendo sus dolores y olvidos, así como también sus propias gratitudes e invitándonos a dar las gracias antes de que sea demasiado tarde. Una obra que estremece por su crudeza y toca la fibra de todos y cada uno de los espectadores. De hecho, en los minutos finales, los clínex y los sollozos inundaban el patio de butacas de la Abadía antes de estallar en una cerradísima ovación que premiaba la magnífica actuación de sus tres protagonistas. Hay que destacar que De Vigan introduce, de forma inteligente, un acusado sentido del humor durante toda la obra que ayuda a suavizar la fuerte carga emocional y la tristeza. Alabar la excelente labor que ha hecho Marta Betoldi adaptando un texto lleno de complejidad debido a la continua confusión de la protagonista con las palabras y lo que eso supone en la adaptación para que las frases tengan sentido. Mencionar también a Pablo Martín Sánchez que se ha encargado de la traducción al castellano. 

Brillante puesta en escena de Juan Carlos Fisher

Partiendo de la magnífica historia de Delphine de Vigan, Juan Carlos Fisher la lleva a escena de forma brillante con su inconfundible estilo, el mismo con el que dirigió en 2023 uno de los mejores montajes de los últimos tiempos, ‘Prima Facie’ con Vicky Luengo, o ‘La madre’ con Aitana Sánchez Gijón, un año después. Como ya ocurriera en esas dos obras, Fisher apuesta por el color blanco en la escenografía y dirige la obra con solvencia, elegancia y a veces con la meticulosidad del mecanismo de un reloj. Ya el arranque es impactante con la inquietante llamada que hace la protagonista al 112 contando que no se puede mover.

A continuación ya vemos a Michka en la habitación de una residencia, donde le diagnostican que tiene afasia y donde irá recibiendo alternativamente las visitas de María, esa hija que nunca tuvo, y de Jerónimo, el logopeda con el que acaba estableciendo una relación de lo más entrañable. Durante la primera hora de la función, cada una de las visitas transcurre en una escena, separadas cada una de ellas por un fundido a negro que va creando un gran desasosiego y va aumentando la tensión. Mientras tanto, vamos viendo progresivamente como Michka va perdiendo la memoria y la capacidad para hablar coherentemente, todo ello sin perder su sentido del humor y el sarcasmo. Lo curioso de la estructura narrativa es que María y Jerónimo nunca coinciden en la habitación de la residencia salvo en la escena final. 

Los últimos 20-25 minutos del montaje son una de una dolorosísima belleza (Atención spoilers). Es cuando las gratitudes entre los protagonistas aparecen y el texto hace honor al título de la obra. Cobra todo el sentido del mundo lo que comentábamos al principio; aquello de poder dar las gracias antes de que el tiempo nos arrebate las palabras. Veremos como María le da las gracias a Michka por todo lo que hizo por ella cuando era tan solo una niña portándose como una segunda madre. Seremos testigos de cómo Jerónimo le desvela que ha podido localizar al matrimonio que la cuidó de pequeña y ha podido agradecerles, de su parte, todo lo que hicieron por ella. A su vez, Michka le da las gracias a Jerónimo en una escena llena de ternura. Al igual que la siguiente, en la que María se despide de ella recordando algunos de episodios de su infancia. Es entonces cuando el patio de butacas se inunda de lágrimas y somos conscientes de que estamos viendo algo mágico aunque muy doloroso. La escena final -con el encuentro de Jerónimo y María- es el colofón perfecto para una de esas obras que te llegan al corazón. 

En la puesta en escena de Fisher hay que destacar la escenografía (y el vestuario) de Juan Sebastián Domínguez, que recrea la habitación de Michka en su residencia. Como hemos dicho antes, en colores blancos, muy conceptual, de estilo moderno y minimalista. Nos ha encantado la música y el espacio sonoro diseñado por el siempre atinado Luis Miguel Cobo, dos elementos fundamentales en la pieza desde la impactante llamada inicial, muy presentes también en las transiciones, y luego alabar el cambio de registro de la música en la recta final con una música emotiva acorde a las circunstancias. También nos ha gustado mucho la fantástica iluminación de Ion Aníbal López, que sigue la estrela del ambiente sonoro y, por supuesto, de la dirección marcada por Fisher. 

Inmensa Gloria Muñoz arropada por Macarena Sanz y Rómulo Assereto

Hemos dejado para el final la actuación de los tres protagonistas que están espléndidos, empezando por una soberbia Gloria Muñoz que vuelve a demostrar por qué es una de las grandes actrices de nuestra escena. En un papel tremendamente complejo, puesto que la protagonista va perdiendo la capacidad para hablar coherentemente, Muñoz logra cautivar al público de principio a fin dotando al personaje de una enorme humanidad. Un personaje que, aunque padezca afasia, además le permite tirar de humor y socarronería para enfrentarse a la enfermedad y no dar pena. Dando vida a la entrañable Michka, Gloria puede exhibir todas y cada una de sus virtudes interpretativas y ya, en las últimas escenas, logra enconjernos el corazón con una mirada y una delicadeza que hablan por sí solas. Sin duda, es uno de sus mejores trabajos sobre las tablas y eso que ha hecho unos cuantos de matrícula de honor.

Macarena Sanz, por su parte, está magnífica en la piel de María. Un personaje lleno de dulzura, de verdad y de ternura, que Macarena es capaz de bordar dotándolo de toda esa frescura que siempre la ha caracterizado. Su última escena con Gloria Muñoz, las dos recostradas en la cama, es de una belleza infinita. Destacar la gran complicidad que tienen ambas a lo largo de toda la obra. Completa el reparto Rómulo Assereto, que interpreta de forma muy convincente a Jerónimo, el logopeda que trata a Michka desde su llegada a la residencia. Aunque su primer encuentro es un tanto frío, poco a poco Jerónimo logra ganarse la confianza de su paciente y, encuentro tras encuentro, se va estableciendo entre ellos una relación más cercana hasta el punto de que él la ayuda a cumplir su último deseo. Es muy hermoso el abrazo que se dan ambos en su último encuentro y el agradecimiento de ella. ¡Qué importante es dar las gracias  y ser agradecido en la vida!


LO MEJOR:

La soberbia actuación de Gloria Muñoz y los últimos 20-25 minutos del montaje que son oro puro. 

LO QUE SE PODRÍA MEJORAR:

En la primera hora del montaje, se suceden las visitas alternadas de María y Jerónimo, entre fundidos a negro. Nos gusta mucho esta estructura pero llega a resultar un tanto mecánica. Quizás es la pretensión de Fischer, para luego explotar la emoción en la recta final, pero en algún momento determinado se agradecería algún respiro o la utilización de algún recurso diferente que rompa con esa estructura tan cuadriculada.  

Aldo Ruiz

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