CALIFICACIÓN.- EXCELENTE: 8

Una de las potentes imágenes que nos dejan ‘Las Canciones’

Iñigo Rodríguez-Claro y María Morales en una de las escenas más conmovedoras de la obra. Fotografía: Vanessa Rábade
«Todo el tiempo del mundo» me ha dejado una sensación un tanto contradictoria. Ante todo salgo fascinado por la magia de la historia de Messiez; por ese maravilloso personaje basado en su abuelo-el señor Flores- y por esa atmósfera tan onírica que allí se crea y que traspasa los límites meramente de una sala de teatro. Por tanto, son muchos los factores que hacen de ella, una obra verdaderamente excepcional y que me reafirman, una vez más, en catalogar a Messiez como un auténtico maestro a la hora de construir universos propios. Sin embargo, hay un factor que enturbia «Todo el tiempo del mundo» y que hace que no llegue a ser ese montaje tan redondo que podría haber sido: El desarrollo de la historia me parece -por momentos- excesivamente confuso. En una historia tan personal y llena de matices y emociones -como la creada por Messiez- he echado en falta una estructura más compacta y directa de cara al público. Quizás era eso lo que pretendía el autor; esa ambigüedad y esa confusión, pero yo particularmente me he salido de la trama en varias ocasiones y tenía que hacer el esfuerzo constante de volver a la misma. A pesar de todo, «Todo el tiempo del mundo» es un relato muy potente y embriagador con el que Messiez nos hechiza.