CALIFICACIÓN.- BIEN: 6
Esperábamos mucho de ‘Murmullo’. Llegábamos a la Sala Cuarta Pared después de haber leído críticas espléndidas y con el boca a boca que la acompaña desde sus dos temporadas anteriores. Esta es ya la tercera vez que el montaje se repone, y esa trayectoria había generado en nosotros unas expectativas muy altas. Una obra de la que ya habíamos oído hablar mucho y a la que llegábamos, por tanto, con ganas e ilusión. Sin embargo, lo que encontramos sobre el escenario no termina de estar a la altura de las expectativas que nos habíamos creado.
Es cierto que el espectáculo deja algunas imágenes de gran belleza y que su punto de partida posee una indudable fuerza. Pero la traslación de todo ese material a escena termina dando lugar, en demasiados momentos, a un conjunto irregular y poco cohesionado. Un mosaico de escenas en el que las distintas capas no siempre consiguen encontrar un sentido común. Y quizá ahí resida una de nuestras principales reservas: en comprobar cómo una idea tan estimulante acaba perdiendo parte de su fuerza al trasladarse a una forma escénica que no siempre consigue desarrollar todo lo que promete.
‘Murmullo’ arranca con la reunión de cuatro amigos —Marina, Andrés, Nataliya y Fran— en un bar de carretera tras asistir al funeral de un amigo común, Simón, que acaba de fallecer. Mientras comparten la comida, entre cafés que nunca llegan y recuerdos, comparten vivencias y hablan del amigo que ya no está, intentando, cada uno a su manera, enfrentarse a la ausencia. Es entonces cuando Marina introduce ‘El lenguaje de los pájaros’, el antiguo cuento persa, y la obra abre una segunda vía: la realidad de estos cuatro amigos comienza a convivir con un universo fantástico.
El texto de ‘Murmullo’ lleva la firma de Miguel Valentín y surge de las improvisaciones de los propios actores y de fragmentos del cuento ‘El lenguaje de los pájaros’, sobre una estructura previamente planificada. La dramaturgia corre a cargo del propio Miguel Valentín y de la directora, Aitana Sar. Como precisa el programa de mano, en la construcción del texto confluyen también las ideas y aportaciones del ayudante de dirección y creación, Víctor Barahona, y de los cuatro intérpretes: Marina Herranz, Fran Vélez, Nataliya Andru y Andrés Picazo.

En el famoso cuento escrito por Farid Uddin Attar, las aves —sumidas en el caos y sin rey— emprenden un viaje hacia el monte Qaf en busca del Simurg, su soberano y guía. Lo que parece una búsqueda exterior se convierte en un viaje interior: deben atravesar siete valles que representan diferentes etapas de transformación y, después de numerosas pérdidas y abandonos, solo treinta pájaros llegan al final del camino. Allí descubren que aquello que buscaban fuera estaba, en realidad, dentro de ellos mismos.
La conexión con ‘Murmullo’ resulta, por tanto, hermosa y evidente. Los cuatro amigos también están inmersos en su propio viaje: intentan continuar con una sobremesa, hablar, recordar, bromear o discutir, mientras atraviesan el duelo por la muerte de uno de ellos. Los pájaros buscan una salida al caos; ellos buscan una manera de convivir con la ausencia. Ambas historias hablan de un proceso de transformación que necesita ser recorrido en compañía. Porque hay determinadas pérdidas que, sencillamente, no podemos atravesar solos.
Precisamente por eso resulta tan interesante la propuesta. ‘El lenguaje de los pájaros’ no tendría que funcionar como una segunda historia que se intercala, sino como un espejo de lo que les sucede a los personajes. El problema es que, en nuestra opinión, esa relación no termina de quedar bien articulada sobre el escenario. A lo largo de los aproximadamente ochenta minutos de función se suceden escenas, situaciones y las distintas etapas del viaje de los pájaros que, en demasiados momentos, parecen añadirse unas a otras sin que exista un hilo suficientemente claro que las una. La historia de los amigos y la de los pájaros se encuentran, pero no siempre se engarzan; más que avanzar juntas, a veces da la impresión de que transitan en paralelo. El resultado es un montaje fragmentado e irregular, que en algunos momentos puede resultar difícil de seguir y que, sobre todo, no termina de fluir.
Y, sin embargo, a pesar de todo, el montaje nos deja imágenes de gran belleza y originalidad -como se puede comprobar en el primero de nuetros vídeos-, como aquella, por ejemplo, en la que Marina se sube a la mesa y vierte la urna con las cenizas de Simón. También encontramos momentos de gran emoción en la interpretación de Andrés Picazo, sobre todo cuando recuerda a Simón. Hacia el final, además, aparece una imagen especialmente poderosa: Marina, Nataliya y Andrés se suben a la mesa y, unidos, evocan una bandada de pájaros. Son únicamente tres ejemplos, pero podríamos citar varios más. Son instantes en los que la idea que sostiene el montaje parece encontrar, por fin, una forma escénica especialmente acertada.

Respecto a la puesta en escena que plantea la directora, Aitana Sar, tampoco terminamos de encontrar una solución que permita desarrollar todo el potencial de la obra. La acción se concentra en un amplio espacio central, rodeado por las sillas del público y presidido por una gran mesa, alrededor de la cual se sitúan inicialmente los amigos. La escenografía, diseñada por Berta Navas —también autora del vestuario—, contribuye a configurar ese espacio, que después se transforma en un elemento más de la acción: los intérpretes se suben a la mesa, se meten debajo, la rodean y la utilizan de diferentes maneras. Al fondo, a la derecha, una pantalla negra sirve para proyectar determinados textos acompañados de una voz en off. La iluminación de Nuria Enríquez, junto con el trabajo sonoro y audiovisual de Kevin Dorna, completa una propuesta que busca ampliar ese universo más allá del espacio físico. Todos estos elementos podrían contribuir a crear ese universo poético del que hablábamos antes, pero no terminan de integrarse de manera completamente orgánica.
El trabajo actoral nos parece, en líneas generales, sólido y convincente. Marina Herranz lleva buena parte del peso de la función y destaca desde el comienzo por su aplomo, su fuerza y una notable presencia escénica. En sus primeras apariciones, sus diálogos, cargados de humor y en ocasiones de cierta mordacidad, muestran a un personaje que parece hacerse la despistada, pero que termina soltando algunas verdades como puños. Herranz maneja muy bien ese contraste y consigue hacerse con el espacio desde sus primeras intervenciones. Andrés Picazo es quien aporta una mayor sensibilidad al conjunto y quien mejor consigue hacer visible la dimensión emocional del duelo. Su personaje mantenía un vínculo especialmente íntimo con el fallecido, probablemente la persona que más quería a Simón, si no la que más lo amaba, y Picazo encierra mucha verdad en su interpretación, transmitiendo con credibilidad el dolor y la dificultad de asumir esa pérdida.
Nataliya Andru brilla en aquellos momentos en los que la pieza transita por el lenguaje físico y corporal. Además de su trabajo como intérprete, es la responsable del movimiento y las coreografías, algo que se hace especialmente visible en una secuencia muy divertida en la que va adoptando distintas posturas de yoga vinculadas al universo de los pájaros para después desarrollar una especie de desfile alrededor de la mesa, realizando diferentes movimientos inspirados en ellos. Es uno de los momentos de mayor belleza plástica de la pieza.
Completa el reparto Fran Vélez, cuya actuación es la que menos nos ha convencido. Quizá tenga que ver con el propio personaje al que da vida, pero en algunas escenas hemos echado en falta una mayor dosis de naturalidad en su interpretación. Es, en cualquier caso, una percepción ligada a nuestra propia relación con el personaje y con su recorrido dentro de la obra.
En definitiva, ‘Murmullo’ parte de una idea estimulante y cuenta con momentos de notable belleza y emoción. Sin embargo, la relación entre sus distintos materiales y lenguajes no termina de encontrar siempre el equilibrio necesario, y eso hace que la propuesta pierda parte de la fuerza que promete en su planteamiento. Hay imágenes y momentos que revelan el potencial de una obra que, con una mayor cohesión escénica, podría desarrollar con más plenitud todo aquello que apunta a ser.
Lo mejor:
La potente premisa de la que parte la obra, junto a algunas imágenes de gran belleza plástica y escénica y la solidez del trabajo actoral.
Lo que se podría mejorar:
La cohesión entre los distintos materiales y lenguajes, para conseguir una propuesta más fluida y orgánica que permita desarrollar con mayor plenitud todo su potencial. También acortaríamos el prólogo, que se nos hace demasiado extenso.
Aldo Ruiz
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