CALIFICACIÓN.- CORRECTA: 5’5
¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por alcanzar la popularidad en un mundo sometido a las redes sociales? Esa es una de las preguntas que plantea Bestseller. La obra que Lorca nunca escribió, una divertida comedia de Ozkar Galán que se burla de la obsesión por la viralidad y de la mercantilización de la literatura. Se representa hasta el 27 de septiembre en el Gran Teatro Pavón y está protagonizada por Nacho Guerreros, Ana Arias, Rebeca Sala y Andrea Alvarado.
La historia está centrada en Paco (Nacho Guerreros), un escritor brillante pero invisible en redes sociales. Su última novela ha pasado con más pena que gloria. Él no está frustrado, pero su mujer, Begoña (Rebeca Sala), sí. Convencida de que el problema no está en lo que ha escrito, sino en la falta de promoción, contrata a María (Ana Arias), una community manager despiadada con un objetivo muy claro: convertir a Paco en un fenómeno viral, cueste lo que cueste.
Recurriendo a métodos de dudosa ética, María transforma el trabajo de Paco en un producto vendible, aunque para ello tenga que reescribir la identidad de su propio autor. Y lo hace convirtiendo su ficción en un relato feminista sobre Lorca que este nunca escribió. Mientras las redes explotan con la noticia, el fenómeno se descontrola y el novelista, una especie de antihéroe cómico que recuerda a Woody Allen, se convierte en un símbolo cultural sin haber cambiado una sola palabra de su obra.
A lo largo de hora y media, la función transcurre con la complicidad de un público que llena el Teatro Pavón y entra desde el primer momento en el juego que propone la historia. El propio Galán define la propuesta como una comedia «salvaje», y esa voluntad de jugar sin demasiados límites se hace cada vez más evidente. Lo que comienza como una sátira reconocible va adquiriendo progresivamente un tono más desmesurado hasta desembocar, en el tramo final, en un auténtico delirio.
Y es precisamente aquí donde Bestseller resulta más discutible. A medida que avanza la función, las situaciones se van desbordando hasta alcanzar un nivel de disparate que resulta difícil de sostener incluso para los propios actores. Hay escenas en las que la situación se estira más de lo necesario y, especialmente en su desenlace, la necesidad de buscar un último golpe de efecto termina desplazando el interés de aquello que se estaba contando. El delirio final puede provocar la carcajada de parte del público, pero también cierta desconexión, porque el texto parece perder por el control de su propia premisa. Es una cuestión de irregularidad y de falta de equilibrio: con una escritura capaz de contener y ordenar ese auténtico tsunami de situaciones disparatadas, la historia de partida y, sobre todo, el trabajo de sus tres intérpretes podrían haber encontrado un recorrido mucho más rico.

Uno de los grandes atractivos del montaje se encuentra sin duda en su magnífico y popular reparto, encabezado por Nacho Guerreros, especialmente acertado en la piel de Paco, ese escritor al que poco a poco le van cambiando hasta la identidad y que acaba entregándose, con una ingenuidad entrañable, al juego que le proponen. Guerreros maneja con soltura la vis cómica de un personaje que se deja arrastrar por la situación hasta convencerse de que todo marcha a la perfección. El público responde con entusiasmo a sus intervenciones, que el actor sabe explotar con un notable sentido del ritmo y del humor. Indudablemente, a ello se suma el cariño que sigue despertando el intérprete, especialmente por su popular interpretación de Coque en La que se avecina.
Rebeca Sala está estupenda como Begoña, una mujer obsesionada con convertir a su marido en un escritor de éxito hasta imaginarlo incluso ganando el Premio Planeta. Su interpretación funciona especialmente bien en el arranque, cuando la relación entre ambos ocupa el centro de la escena, y sus diálogos con Guerreros se encuentran entre los momentos más ingeniosos de la función.
Mención aparte merece Ana Arias, a quien hemos visto en Cuéntame, El pueblo o La que se avecina. Como María, la community manager sin escrúpulos, está graciosísima desde su aparición en el piso de Paco y Begoña. A partir de entonces, es ella quien lleva la voz cantante y marca el rumbo de todo lo que sucede. Arias construye un personaje que crece en desmesura a medida que la situación se descontrola, cada vez más alocado y dispuesto a llegar hasta donde sea necesario para conseguir su objetivo. La actriz se entrega por completo a esa deriva y convierte la frialdad, la determinación y la falta de escrúpulos de su personaje en una fuente inagotable de carcajadas.
Completa el reparto Andrea Alvarado, que aparece en el último tramo de la función como una repartidora de comida a domicilio que llega tarde y, además, se equivoca con el pedido. La situación pretende añadir un nuevo elemento de comicidad a una recta final ya de por sí desatada, pero no termina de funcionar. Es la actuación menos convincente del conjunto y la que más acusa los problemas de un desenlace empeñado en buscar el más difícil todavía.

Tras la dirección de Bestseller encontramos a Gabriel Olivares, uno de los nombres más destacados de la comedia teatral de nuestro país y responsable de grandes éxitos como Burundanga, La madre que me parió, El nombre o Una semana nada más. En esta ocasión se enfrenta a una propuesta que arranca con un tono elegante y cuidado, próximo a los códigos de la alta comedia, en la que Paco y Begoña preparan en su casa una cena a la que esperan a María, la community manager. Nos encantan estas primeras escenas, de marcado aire de comedia americana y tono sofisticado, así como la manera en que Guerreros y Sala construyen la situación a través de sus movimientos, sus réplicas y una precisa composición de la escena.
La irrupción del personaje de María supone un giro radical. La función entra entonces en un terreno mucho más alocado y Olivares demuestra su solvencia en la dirección de una comedia que exige controlar con precisión las entradas y salidas, el movimiento de los intérpretes y el ritmo de unas situaciones que progresivamente se entregan al disparate.
Sin embargo, a medida que avanza el montaje, algunos de los recursos incorporados por Olivares no terminan de resultarnos igual de eficaces. Es el caso de la representación de los pensamientos de Paco, que irrumpen en determinados momentos para exteriorizar aquello que el personaje no expresa verbalmente. El recurso, más que ampliar las posibilidades de la escena, interrumpe en ocasiones el flujo de la acción y subraya de manera algo innecesaria una información que la propia interpretación y la situación ya se encargan de transmitir. Algo similar ocurre con el uso del micrófono por parte de María, que introduce un código escénico diferente y que, a nuestro juicio, ralentiza puntualmente una función que encuentra su mejor ritmo cuando se entrega sin intermediaciones a los mecanismos propios de la comedia.
Sí encontramos, en cambio, un recurso escénico especialmente logrado en las vídeoescenas de Daniel Estevan. Cuando María prepara una entrevista a Paco para conseguir material para las redes, Paco relata distintos episodios de su vida junto a Begoña, mientras ambos se sitúan detrás de un armario, generando un juego de sombras chinescas muy sugerente. Se trata de una solución original y creativa que introduce una dimensión diferente en la escena y que, en combinación con el diseño de luces de Carlos Alzueta, contribuye a enriquecer la propuesta.
En el apartado visual, echamos en falta una escenografía algo más coqueta y cuidada, aunque sí nos convence el diseño de vestuario, obra de David De Gea, muy acorde con la personalidad y caracterización de los personajes. También destaca el trabajo de Andrés Acevedo en el movimiento. Estamos ante una comedia de muchísimo ritmo, en la que el trabajo corporal de los intérpretes desempeña un papel fundamental, y su labor contribuye a coordinar y potenciar esa energía sobre el escenario, haciendo que el movimiento forme parte natural de la propia dinámica de la función.
En conjunto, la puesta en escena resulta solvente y eficaz, aunque algunas de sus decisiones nos parecen poco acertadas. En buena medida, sin embargo, estas dificultades vienen condicionadas por la propia inconsistencia del texto, que termina llevando la propuesta escénica a un terreno más difícil de sostener.
Lo mejor:
El trabajo de sus tres principales protagonistas, Nacho Guerreros, Ana Arias y Rebeca Sala, que demuestran una gran soltura en el terreno de la comedia. Los tres sostienen con aplomo el ritmo de la función y consiguen sacar adelante incluso las situaciones más disparatadas.
Lo que menos nos ha gustado:
La evolución cada vez más extrema del texto, que termina desembocando en una auténtica locura en su tramo final y puede hacer que el espectador se desconecte de la historia, al igual que nos ha ocurrido a nosotros. A esto se suman algunos puntos de la puesta en escena que, en lugar de favorecer que la función fluya con naturalidad, terminan restándole agilidad.
Aldo Ruiz
Otras críticas recientes:
- Crítica ‘Leonora’ de El Teatrero
- Crítica ‘Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos’ de El Teatrero
- Crítica ‘Los locos de Valencia’ de El Teatrero
- Crítica ‘Qué difícil es’ de El Teatrero
- Crítica ‘Se nos fue de las manos’ de El Teatrero
- Crítica ‘Por mis muertos’ de El Teatrero