‘EL MAL DE LA MONTAÑA’: NI EL INMENSO TALENTO DE FRANCESCO CARRIL Y FERNANDO DELGADO-HIERRO LOGRA ENMENDAR EL INCOHERENTE TEXTO DE SANTIAGO LOZA

CALIFICACIÓN.- 5

‘El mal de la montaña’, que se representa en la Sala Margarita Xirgú del Teatro Español hasta el 3 de abril, era uno de los montajes que más expectativas había provocado entre nosotros en este primer trimestre de 2022. Un texto de Santiago Loza, dirigido por Fernando Delgado-Hierro y Francesco Carril, y protagonizado por ellos mismos -junto a Luis Sorolla y Ángela Boix, reunía todos los ingredientes para triunfar. Sin embargo, el resultado no es, ni de lejos, lo que esperábamos.

Aunque el montaje empieza de manera fascinante con una potente escena de karaoke protagonizada por los tres personajes masculinos de la función y un relato de Carril lleno de humor y magnetismo, poco a poco se va diluyendo y se acaba disipando por completo. Bien es cierto que, de vez en cuando, hay algunos destellos como el divertido relato de Delgado-Hierro sobre el dentista y su secretaria, o la escena de la fiesta y los globos. Pero, es más que evidente que la fórmula empleada por Loza de historias y conversaciones entrecruzadas no funciona y no tiene ninguna estructura ni coherencia. El autor de maravillas como ‘He nacido para verte sonreír’, a nuestro juicio, ha patinado con ‘El mal de la montaña’. La poesía que imprime a todas sus obras y las hacen tan especiales queda aquí diluida por la falta de coherencia. 

Santiago Loza aborda en ‘El mal de la montaña’ el relato cruzado de cuatro jóvenes, que se buscan anhelando consuelo, todo ello contado en un tono inquietante y desconcertante. Comienza con la angustia de Manu (Francesco Carril), que narra a su amigo Tino (Delgado-Hierro) el episodio de su ruptura con Pamela, una ruptura que estaba resultando a la perfección (el marco era incomparable: la lluvia fina cayendo, el paseo mudo y distante por la calle…) hasta la irrupción de un mendigo orinando en la acera de en frente. Lo que atormenta a Manu no es la ruptura en sí, es la aparición en lo real de algo que se escapa al marco de su relato, de algo que lo vuelve vulgar, de algo que deshace la imagen perfecta de una ruptura que estaba saliendo de una redondez novelesca. Este relato de Carril es muy divertido: el protagonista de ‘El bar que se tragó a los españoles’ exprime toda su gracia y su enorme carisma. 

El resto de los personajes, en palabras del propio autor, nacen desde esta misma esencia, como la obsesión de Pamela (Ángela Boix) con que su ex novio no soportara su nombre, la narración de Tino (Delgado-Hierro) de una relación fallida en la que tuvo que ocultar su ausencia total de deseo, o la agresividad de Ramo (Luis Sorolla) con aquellos a los que considera una amenaza: los otros, los pobres. Santiago Loza confiesa que «los cuatro son personajes ensimismados, que se relacionan desde un lugar a veces superfluo y a veces de una descarnada sinceridad». No se puede negar que el texto en sí mismo tiene momentos de gran belleza, pero eso no es suficiente. 

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Francesco Carril y Fernando Delgado-Hierro, brillantísimos intérpretes, se enfrentan en ‘El mal de la montaña’ a su primera experiencia como directores conjuntamente. Por supuesto, hay que alabar el riesgo que han tomado y su enorme valentía para afrontar un texto de la complejidad y la hondura de éste. Su trabajo en la puesta en escena es notable  y, a nuestro juicio, no se le puede poner un solo pero. Para ello, se han rodeado de un excelente grupo de profesionales formado por Paola de Diego (creadora de la escenografía), Paloma Parra (diseño de luces) y Sandra Vicente (diseño de sonido). Tres de las mejores profesionales en sus respectivos campos. Pero, como señalábamos con anterioridad, el lastre del texto es demasiado pesado y, a pesar del buen trabajo en la puesta en escena, el montaje no alcanza la solidez necesaria.


Lo mejor: Fernando Delgado-Hierro, especialmente sus escenas con Francesco Carril, además del divertido arranque musical y la escena de la fiesta.

Lo peor: que, a pesar de estos actorazos, llega un momento en que estás deseando que la obra termine porque el texto se hace tedioso y no va a ninguna parte. 

Aldo Ruiz

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