CALIFICACIÓN.- EXCELENTE: 8
‘La última noche con mi hermano’ era, sin duda, uno de los montajes más esperados de 2026. La obra escrita y dirigida por Alfredo Sanzol -director del Centro Dramático Nacional-, que se ha representado en el María Guerrero del 13 de febrero al 5 de abril con gran éxito de crítica y público, supone la primera incursión del dramaturgo navarro en el drama y una nueva colaboración con una de sus actrices fetiche, Nuria Mencía, con la que ya trabajó en ‘La respiración’ y en ‘El bar que se tragó a los españoles’, y con la que había expresado -en varias ocasiones- su deseo de volver a colaborar.
El texto aborda dos temas cruciales. El primero, el cómo afrontar el duelo tras la muerte de un ser querido, y el segundo, la fraternidad a través de tres parejas de hermanos de una misma familia. El propio Sanzol ha confesado que la idea de la obra nació en diciembre del año pasado cuando murió el hermano de una amiga suya: «Hablando con ella, me contó que había pasado la última noche acompañando a su hermano y me dijo que esa experiencia había cambiado totalmente su manera de ver la vida, de entender la muerte y de pensar sobre el sentido que quería darle al hecho de vivir». A raíz de esta conversación nace esta obra que aborda la muerte de un ser querido y el inmenso dolor que ello supone en una familia.
La obra cuenta la historia de Nagore (Nuria Mencía), una mujer a la que diagnostican un cáncer en estado avanzado, y de su hermano Alberto, un hombre que no es capaz de aceptar la enfermedad de su hermana y que tendrá que aprender a sobrellevar su muerte. Alberto, por su parte, está casado con Ainhoa y tienen dos hijos, Nahia y Oier. A su vez, Ainhoa tiene un hermano, Claudio, con el que mantiene una inexistente relación desde hace años. Sanzol nos cuenta la historia de una familia de tres parejas de hermanos con vivencias muy diferentes sobre la hermandad. Una familia en la que Nagore es el pilar de todos ellos y su nexo de unión.

Aunque sea un drama, Sanzol impregna toda la obra de ese humor suyo tan característico, disparatado, sarcástico e incluso grotesto, que han definido al resto de sus trabajos anteriores. A pesar de la dureza y la crudeza del relato, el autor no cae en la sensiblería fácil y mantiene un tono equilibrado entre el humor y el drama hasta prácticamente el fatal (y consabido) desenlace. Sanzol nos atrapa ya desde el arranque con un divertido monólogo de Nuria Mencía que, en la piel de Nagore -ya muerta-, se dirige al público para contar lo que ocurre y situarnos en el drama que está a punto de arrancar sobre el escenario.
A lo largo de dos horas y cuarto seremos testigos de la evolución de la enfermedad de Nagore -caracterización genial de Nuria Mencía por parte de Chema Noci-, y de su visible deterioro físico. Presenciaremos la rabia y el dolor de su hermano Alberto, que no es capaz de asumir el inminente desenlace. Veremos cómo la enfermedad de Nagore supone un auténtico terremoto emocional que desestabiliza a todos los miembros de la familia. Todo ello, en un relato sólido y consistente en el que, quizás, se echa en falta una mayor profundidad en el vínculo entre los personajes de Ainhoa (Elisabet Gelabert) y su hermano Claudio (Cristobal Suárez). Ambos mantienen una compleja relación desde hace años debido a sus diferentes posicionamientos políticos en torno al conflicto de ETA.
Uno de los puntos fuertes del montaje es su magnífico reparto encabezazo por una inmensa Nuria Mencía, que aquí realiza uno de los mejores y más complejos trabajos de su carrera. No es nada fácil en teatro -en el cine es mucho más sencillo- encarnar a una mujer que se está muriendo, darle credibidilidad y no caer en la sensiblería. Sobre las tablas, no hay trampa ni cartón y Nuria hace fácil lo difícil, conmoviendo al público desde la sencillez y la naturalidad e, incluso, haciendo llorar a los espectadores en la desgarradora escena (casi) final en la que se despide de su hermano. La actriz madrileña nos conquista de principio a fin con un papel que, además, le permite exprimir su genuina vis cómica regalándonos algunos diálogos más divertidos y ocurrentes de la función.

Soberbio Jesús Noguero dando vida a Alberto, demostrando una extraordinaria versatilidad mientras transita por todos los estados posibles de su personaje; del dolor y la enorme tristeza a la rabia, la ira y la furia… e incluso nos saca una sonrisa en la recta final cuando su hermana Nagore le pide «hacer de borracho» como último deseo. Elisabet Gelabert, por su parte, está fantástica encarnando a Ainhoa, la mujer de Alberto, y también en la piel de una curandera en un breve papel. Cristobal Suárez está impecable interpretando a Claudio, un oncólogo que reaparece en la vida familiar al conocerse la enfermedad de Nagore y que ha estado años alejado de ellos por las diferencias políticas con su hermana. Como señalábamos anteriormente, se echa en falta profundizar más en la relación entre ambos. Aunque hay una escena muy potente de los dos personajes donde se recriminan cosas del pasado y no llegan a ningún entendimiento, nos quedamos con ganas de más.
Completan el reparto Ariadna Llobet y Biel Montoro, notables ambos en la piel de Nahia y Oier respectivamente, los hijos de Alberto y Ainhoa, que aportan frescura en medio de tanto dolor. Ariadna está estupenda y brilla especialmente en la escena que tiene junto a su tía Nagore, en la que ésta le deja un sorprendente ‘regalo’ como herencia. También nos gusta muchísimo otro momento en el que Ariadna comparte protagonismo con Nuria y Jesús Noguero, donde los tres personajes van a ver un terrero, propiedad de una curandera. En el trayecto en coche, los tres se ponen a cantar un tema de rock, convirtiéndose en uno de los momentos más mágicos y emotivos de toda la obra. Una escena made Sanzol que lleva el típico sello del dramaturgo.
La puesta en escena del también director del Centro Dramático Nacional es sólida y efectiva aunque quizás no sea tan brillante y original como en otras ocasiones. La escenografía diseñada por Blanca Añón recrea dos espacios: el hogar familiar de Alberto y Ainhoa con sus hijos, y la casa de Nagore (Los personajes transitan de uno al otro sin parar a lo largo de otra la función). Al fondo, una gran grieta donde se divisa un bosque al otro lado. Impecable el diseño de luces, obra del maestro Pedro Yagüe. El vestuario lo firma Vanessa Actif mientras que el sonido ha sido creado por Sandra Vicente. Nos gusta mucho el movimiento diseñado por Amaya Galeote y echamos en falta música en determinados momento de la función para subrayar lo que está ocurriendo. De hecho la música -que lleva la firma de Fernando Velázquez- brilla por su ausencia.
Lo mejor: el inconfundible humor de Sanzol que nos permite sonreír a pesar de drama y la extraordinaria actuación de Nuria Mencía, quien nos regala una de las mejores actuaciones de su carrera.
Lo menos bueno: en la primera parte de la obra se podría meter la tijera en algunas escenas que ralentizan el ritmo de la función permitiendo aligerar la duración final, que se alarga a dos horas y quince minutos.