‘LA BARRACA’: LA MÍTICA NOVELA DE BLASCO IBÁÑEZ ES LLEVADA POR PRIMERA VEZ A LAS TABLAS EN UN NOTABLE MONTAJE DE MAGÜI MIRA

CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7

En los últimos años, la escena española se ha nutrido de un gran número de adaptaciones de grandes novelas. Podríamos citar muchísimos ejemplos entre los que se encuentran ‘Los santos inocentes’, ‘La casa de los espíritus’, ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ‘La fiesta del chivo’, ‘Caperucita en Manhattan’, ‘Las guerras de nuestros antepasados’, ‘Orlando’ o ‘Léctura fácil’, entre otros muchos. El último caso es el de ‘La barraca’, la famosa novela de Vicente Blasco Ibáñez, que ha sido llevada por primera vez a las tablas en un montaje que se representa en el Teatro Fernán Gómez hasta el 21 de junio. Una obra dirigida por Magüi Mira y que cuenta con la magnífica adaptación de Marta Torres.

‘La barraca’, que ya se llevó a la televisión en forma de serie en 1979, es una obra maestra del naturalismo español que denuncia la injusticia social y la lucha de clases en la huerta valenciana. En esta primera versión teatral intervienen los principales personajes de la novela y unos entes -a los que la autora llama «sombras»– que encarnan a la masa de los vecinos y otros personajes. El texto está estructurado en tres partes bien diferenciadas: Pasado y presente, Los intrusos y El fuego.

En la primera parte (‘Pasado y presente’) seremos testigos del origen del conflicto. El labrador Barret, incapaz de pagar sus deudas y acuciado por la presión de su despiadado terrateniente, toma una drástica decisión que lo llevará a la cárcel, dejando sus tierras y su barraca abandonadas. Como acto de solidaridad y venganza, los vecinos juran que nadie volverá a cultivar esa tierra, evitando así que ningún forastero se beneficie de la desgracia de Barret. En esta primera parte también conoceremos a la familia Borrul, -compuesta por el matrimonio de Batiste y Teresa, y sus hijos- que se hará cargo de las tierras de Barret.

En la segunda parte (‘Los Intrusos’) veremos la llegada de la familia de Batiste a la barraca del tío Barret en medio de la hostilidad del resto de los labradores, quienes les hacen la vida imposible liderados por el malvado Pimentó. Pero, tras la muerte accidental del hijo menor del matrimonio de Batiste y Teresa, el grupo se siente responsable y muestra una nueva cara revestida de piedad. De hecho, todos ellos acuden a la barraca para acompañar a la familia en su dolor.

La tercera y última parte, denominada ‘El Fuego’ por Torres, transcurre pasado un tiempo. Los considerados intrusos -la familia Burrul- son falsamente aceptados por el grupo y viven aparentemente como unos vecinos más, pero lo que tanto temían los huertanos, sucede: los propietarios, viendo por fin habitada la barraca del tío Barret y perdido el miedo a los labradores, vuelven a exigir más y más, generando un clima de tensión insostenible. Una noche de fiesta desata las emociones contenidas durante demasiado tiempo provocando el trágico final entre las llamas. 

Nos parece brillante el trabajo que ha hecho Marta Torres en la adaptación, condensando lo esencial de la obra en noventa minutos y manteniendo intacto el espíritu de la novela de Blasco Ibáñez, que aborda de forma magistral cómo la ignorancia, la crueldad y la tradición acaban destruyendo a los inocentes, quedando impunes los verdaderos culpables, que son los amos ausentes. 

La directora valenciana Magüi Mira es quien se encarga de llevar a escena -por primera vez, insistimos- la mítica novela de su paisano Blasco Ibáñez, ofreciéndonos un montaje innovador -y no apto para todos los públicos-, que cuenta con una fantástica y arriesgada puesta en escena y nos deja imágenes realmente impactantes. Un montaje en el que los ocho actores que forman el elenco están siempre presentes en el escenario, a veces interpretando a sus respectivos personajes protagonistas y, en otras ocasiones, dando vida a esas «sombras» -a las que se refiere la adaptadora- o a la masa vecinal, que se suele manifestar en forma de danza. Un recurso efectista del que se abusa durante toda la función -comenzando por un arranque demasiado largo- y que, en muchos momentos, acaba siendo un lastre. En primer lugar porque no es necesario para la trama y, fundamentalmente, porque no todos los actores se desenvuelven bien en esta faceta del movimiento y termina restando. 

Dicho esto y, como señalábamos anteriormente, el montaje nos regala algunas imágenes realmente poderosas, como ese potentísimo final, brillantemente ejecutado en todos los apartados técnicos y artísticos. También nos gusta muchísimo la escena de los labradores soltando la tierra sobre el escenario, un recurso cargado de efectismo y superteatral. Es innegable que Magüi Mira deja su impronta sobre las tablas del Fernán Gómez con una propuesta que innova y apuesta por la belleza de la estética, a veces en detrimento de la narrativa. 

En la puesta en escena juega un papel fundamental la escenografía diseñada por Curt Allen y Leticia Gañán, que han creado dos grandes estructuras metálicas -compuestas por espejos oxidados-, que a lo largo de la función se mueven brillantemente formando los distintos escenarios de la novela y creando un juego de luces y sombras muy bonito. En este mismo sentido, destacar también el magnífico trabajo de José Manuel Guerra en el diseño de luces y la maravillosa composición musical de Santi Martínez, otro elemento crucial y que tiene una enorme protagonismo. Y por último, mencionar las coreografías creadas por Marta Gómez, quien -a buen seguro- no lo habrá tenido nada fácil a la hora de dar uniformidad al desigual trabajo de los ocho intérpretes a la hora de danzar por el escenario. 

Y concluimos este análisis hablando del elenco. Un reparto de lo más heterogéneo que, en líneas generales, resuelve sus actuaciones individuales con gran solvencia. Estupenda Elena Alférez interpretando a dos personajes: Rosario -la hija de Barret, que terminará haciendo la calle tras el encarcelamiento de su padre- y Roseta -la hija mayor de Batiste, que estremece en la escena final en la que pide ayuda desesperadamente con los ojos llenos de lágrimas-. Jorge Mayor brilla en la piel del bueno de Barret en sus escenas iniciales con el despiadado don Salvador, bien ejecutado por Antonio Sansano. 

Nos han gustado mucho Daniel Albaladejo y Patricia Ross en la piel de Batiste y Teresa, el matrimonio foráneo que llega con sus hijos a ocupar las tierras de Barret. Muy convincente también Antonio Hortelano dando vida a Pimentó, el polémico lider de los labradores. No estamos acostumbrados a ver al actor valenciano en este tipo de registros -él se mueve como pez en el agua en el terreno de la comedia- y la verdad es que resuelve el reto con bastante aplomo. Completan el reparto Claudia Taboada y Jaime Riba, quienes dan vida a diferentes personajes, además de formar parte de la masa vecinal a lo largo de toda la función, al igual que el resto de sus compañeros. 


Lo mejor:

La adaptación de Marta Torres y las impactantes imágenes que nos deja el montaje como ese potentísimo final de una belleza apabullante.  

Lo que menos ha gustado:

El abuso del movimiento coreográfico del grupo. En ocasiones, es un recurso efectista, sorprendente y bonito, pero el abuso continuado termina por lastrar narrativamente el montaje en determinados momentos. 

Aldo Ruiz

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