‘LA BELLA DOROTEA’: ESPLÉNDIDA MANUELA VELASCO DANDO VIDA A LA REBELDE PROTAGONISTA DE MIHURA EN UN REPARTO GENIAL QUE SE DESENVUELVE COMO PEZ EN EL AGUA EN LA COMEDIA

CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7’5

Amelia Ochandiano dirige en el Teatro Español ‘La bella Dorotea’ de Miguel Mihura, un fantástico montaje que se representa hasta el 1 de mayo. Manuela Velasco brilla dando vida a la protagonista de la obra y encabeza un sólido reparto cuyos componentes se desenvuelven como pez en el agua en el terreno de la comedia y, especialmente, en el código de Mihura. Raúl Fernández de Pablo, Rocío Marín, César Camino, Mariona Terés, María José Hipólito y Belén Ponce de León acompañan, de forma genial, a Manuela Velasco en esta divertidísima historia que está cargada de profundidad y crítica social. 

Siempre es un placer revisitar una obra de Miguel Mihura, uno de los mejores dramaturgos españoles del siglo XX y un auténtico genio de la comedia. Las risas están siempre aseguradas. ‘Maribel y la extraña familia’, ‘Tres sombreros de copa’, ‘Melocotón en almíbar», ‘Ninette y un señor de Murcia’ o ‘Milagro en casa de los López’ son buenas muestras de ello. Obras en las que Mihura despliega todo su ingenio y talento para la comedia. Comedia, en estado puro, con grandes dosis de humor absurdo, humor negro y cinismo. Sin olvidarnos, por supuesto, impregnadas de romanticismo. Historias como ‘La bella Dorotea’, que provocan risas y carcajadas de principio a fin, pero que tienen una gran carga de profundidad y crítica social.

Amelia Ochandiano, directora de este montaje, ha trasladado la historia original a un pequeño pueblo del norte de España a mediados de los años 70. Dorotea (espléndida Manuela Velasco) es hija de uno de los hombres más ricos del pueblo y, también, una mujer inadaptada y tremendamente rebelde (como todas las mujeres de Mihura). No soporta las habladurías del pueblo, las envidias y la mentalidad provinciana y represora que le ha tocado vivir. Cuando empieza la función está a punto de casarse con Fermín, un forastero que parece un buen hombre y del que se ha enamorado, pero que la deja plantada en el último momento incapaz de soportar las presiones pueblerinas. Al verse compuesta y sin novio, Dorotea decide buscar otro que esté disponible y hace la promesa de no quitarse el vestido de novia hasta que encuentre a alguien con quien casarse, y de paso remover las conciencias de los vecinos. Pero, pasan los meses y ante la falta de opciones, el ánimo de Dorotea se está desplomando hasta que aparecen por el pueblo Juan y José Rivadavia, feriante y barítono en decadencia respectivamente, que darán un giro sorprendente al devenir de los acontecimientos.

Amelia Ochandiano ha hecho un magnífico trabajo en la puesta en escena y, aunque no firma la adaptación, también hay cosas de su cosecha propia, como el monólogo final de la protagonista. Se nota que la directora admira y respeta profundamente a Miguel Mihura: «Es un autor que tiene, a mi juicio, lo que podríamos llamar oído absoluto, o lo que es lo mismo, el texto tiene el mismo peso en fondo y forma, y hay que acertar con esta para llegar a descubrir todos sus olores y matices, porque su aparente espontaneidad está cargada de profundidad, melancolía, crítica social y compasión por el diferente, por aquel que lucha por romper con lo establecido, además de poseer una capacidad para hacernos reír que solamente está al alcance de unos pocos».

La puesta en escena de Ochandiano es sencilla, elegante y muy efectista. Ya, desde la primera escena, con las amigas de Dorotea cotilleando bajo la lluvia, se advierte que el montaje está sumamente cuidado. La escenografía -coqueta maravillosa- la firma Raúl García Guerrero, que ha diseñado una ‘casita de muñecas’ con las paredes sobrecargadas de retratos de boda de la familia, en la que hay un piano y una gran cómoda. Ahí es dónde vive Dorotea rodeada de su familia (su padre, su tía y la criada) Ese mismo espacio se transforma con enorme brillantez, en la segunda parte de la obra, en el bar de una estación de tren y una fonda colindante. Destacar también el fantástico vestuario diseñado por María Luisa Engel,, crucial en un montaje de este tipo, y la iluminación del maestro Juan Gómez-Cornejo. 

Manuela Velasco brilla dando vida a la bella Dorotea, sin duda, una de las mujeres de Mihura más peculiares. Dorotea es una joven fuerte, rebelde, inconformista y tremendamente adelantada a su época. Como todas las heroínas de Mihura, es un personaje con una enorme dignidad que se enfrenta a todo y a todos, a sabiendas que tendrá que pagar un precio muy alto. Velasco está afinadísima durante toda la función, bordando el papel y transmitiendo todos los matices de Dorotea: desde la valentía hasta la ternura, pasando por la locura, la cordura, la fragilidad… y la humanidad. Porque Dorotea es tremendamente humana y cautivadora. Dos cualidades del personaje que Manuela Velasco exhibe desde su aparición en escena. 

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Pero no solo Manuela Velasco cautiva en este montaje. Como en todas las obras de Mihura, los secundarios juegan un papel fundamental. Graciosísimas Belén Ponce de León, Mariona Terés y María José Hipólito que interpretan respectivamente a Remedios, Benita e Inés, las tres mejores amigas de Dorotea que, a su vez, son las cotillas del pueblo y que todo lo van largando. Las tres están fantásticas y nos deleitan algunos de los momentos más divertidos de la obra, como esa primera visita a su amiga justo antes de la boda. Genial también Rocío Marín dando vida a Rosa, la criada y amiga de Dorotea. La andaluza vuelve a demostrar que tiene una vis cómica extraordinaria y que se desenvuelve en este género como pez en el agua. Lo mismo le ocurre a un divertidísimo César Camino, que se desdobla en doña Rita (la tía de Dorotea) y en Juan, el feriante enamorado de Rosa. Su escena en la playa charlando con Dorotea es absolutamente delirante. Enfundado en un minibañador y con esa expresión corporal, nos recuerda inevitablemente a José Luis López Vázquez y Alfredo Landa, o a una mezcla de los dos. Está claro que Camino es un grande del humor. Completa el reparto Raúl Fernández de Pablo, impecable dando vida a José Rivadavia y también a don Manuel, el padre de Dorotea. 

En definitiva, ‘La bella Dorotea’ es una obra muy recomendable para todos los públicos. Mihura siempre es un acierto y, mucho más, cuando está representado por un espléndido plantel de actores con un don extraordinario para la comedia. ¡Las risas y las carcajadas están aseguradas!.

Aldo Ruiz

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