CALIFICACIÓN: BIEN — 6,5
La Compañía Nacional de Teatro Clásico ha inaugurado la temporada del Teatro de la Comedia con El caballero de Olmedo, una de las obras cumbre de Lope de Vega y una de las piezas más representativas de nuestro teatro del Siglo de Oro. Laia Ripoll, que firma la versión y la dirección, recupera este clásico inmortal después de estrenarlo el pasado mes de julio en el Festival de Teatro Clásico de Almagro. Una nueva oportunidad de reencontrarnos con una de las grandes tragedias del teatro español, en la que el amor, la belleza y el humor conviven con la fatalidad que se cierne sobre su protagonista.
Inspirada en una antigua canción popular que parece anunciar su trágico desenlace, El caballero de Olmedo narra la historia de don Alonso, un noble caballero que se enamora de doña Inés en Medina del Campo. Con la ayuda de Fabia, una alcahueta que evoca a la Celestina, Alonso consigue acercarse a su amada, que corresponde a sus sentimientos y comparte con él un amor que parece destinado a triunfar. Sin embargo, la rivalidad de don Rodrigo y los celos que despierta la felicidad del protagonista van ensombreciendo la historia. Entre enredos amorosos, equívocos y momentos de comicidad, Lope de Vega teje una trama en la que los presagios anuncian progresivamente un desenlace trágico. En el camino de regreso a Olmedo, la promesa de amor terminará convirtiéndose en una sentencia de muerte.
Pero la fuerza de la obra no reside únicamente en ese desenlace fatal, sino también en la forma en que Lope consigue que su amenaza planee sobre la historia mucho antes de que se consume. La tragedia se abre paso poco a poco, tiñendo de incertidumbre incluso los momentos más felices. Los encuentros amorosos, los gestos de complicidad y los instantes de aparente calma quedan atravesados por una inquietud que el espectador no puede ignorar. Conocer o intuir el desenlace no resta emoción a la historia, sino que la intensifica: asistimos a la felicidad de los personajes sabiendo cuán frágil es y cuánto se aproxima su destrucción. Así, la obra trasciende el relato amoroso para convertirse en una reflexión sobre la vulnerabilidad humana, la fugacidad de la felicidad y la impotencia del individuo ante aquello que parece inevitable.
Esta convivencia entre la ligereza inicial y la fatalidad que termina imponiéndose constituye, precisamente, uno de los grandes retos de llevar El caballero de Olmedo a escena. Desde que asumió la dirección de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en enero de 2025, este es el primer proyecto que Laia Ripoll versiona y dirige al frente de la institución. La directora se enfrenta a un texto complejo, tanto por la profundidad de sus temas como por el contraste entre los enredos amorosos de la comedia y el trasfondo trágico que acaba por dominarla.
La propuesta de Ripoll opta por subrayar esta última dimensión desde el comienzo: el misterio y los elementos sobrenaturales impregnan tanto la versión del texto como la puesta en escena. Una elección que define el tono de la representación, pero que también plantea una cuestión: al anticipar desde el principio la tragedia que debería abrirse paso gradualmente, ¿no se debilita el contraste entre la ligereza de los primeros compases y la fatalidad del desenlace?

En el plano visual, Ripoll apuesta por una puesta en escena sobria, elegante y de aire romántico, construida a partir de los claroscuros y de una estética evocadora. La escenografía minimalista de Arturo Martín Burgos está presidida por cinco telares al fondo del escenario, sobre los que se proyectan distintas imágenes a lo largo de la representación. Delante, dos cortinas de gasa se mueven y transforman el espacio, creando un universo etéreo y sugerente que acompaña el carácter poético de la obra.
Sin embargo, la propuesta tarda en encontrar toda su fuerza expresiva. Durante buena parte de la representación —aproximadamente la primera hora y diez minutos de una función de dos horas—, la puesta en escena nos resulta algo plana y reiterativa. A nuestro juicio, se podrían haber aprovechado más los recursos visuales, especialmente las proyecciones, para enriquecer esta primera parte y dotarla de mayor dinamismo. Son elementos que adquieren más protagonismo en la segunda mitad y que, de haberse explotado desde el principio con mayor variedad, podrían haber contribuido a que la acción transcurriera con más ritmo y fluidez, evitando cierta sensación de monotonía. Con todo, destaca el sugerente juego de luces y sombras sobre los telares del fondo, que aporta profundidad y contribuye a definir el tono de la propuesta.
Es en el tramo final, cuando la tragedia se impone definitivamente, donde el montaje adquiere una mayor consistencia. Las gasas, las videoescenas y la iluminación encuentran entonces un sentido más claro dentro de un conjunto cohesionado. La representación gana intensidad y transmite con mayor eficacia la tensión del desenlace. Especialmente acertados nos parecen los momentos que rodean la corrida de toros, con don Alonso contemplando la escena desde la barrera antes de salvar a don Rodrigo, así como la secuencia previa al asesinato del protagonista y su resolución escénica. En estos pasajes, la puesta en escena alcanza una fuerza visual y dramática que no siempre había conseguido durante la primera parte.
En el apartado artístico, destaca el diseño de iluminación de Luis Perdiguero, fundamental para construir los contrastes visuales del montaje. También merecen una mención especial el espacio sonoro y la composición musical de Mariano Marín, que acompañan de forma crucial el desarrollo de la acción, y el vestuario de Almudena R. Huertas, que nos ha parecido particularmente atractivo. Por último, conviene destacar la labor de Eva Rufo como asesora de verso, especialmente importante en una obra cuya riqueza poética exige precisión en el ritmo, la dicción y la interpretación de la palabra.

En el terreno interpretativo, uno de los aspectos más destacables es la cohesión de un reparto heterogéneo, integrado por intérpretes veteranos y otros más jóvenes. Pese a la diversidad de trayectorias y registros, el elenco mantiene una línea interpretativa común, algo esencial en una obra en verso, donde el ritmo y la naturalidad del lenguaje resultan decisivos. Esa unidad de estilo permite que las distintas interpretaciones encajen dentro de un conjunto equilibrado, sin que las diferencias entre sus integrantes rompan la armonía de la representación.
En el papel protagonista, Víctor Sáinz sale bastante airoso del difícil reto de dar vida a don Alonso, el caballero de Olmedo. Tras la figura del galán enamorado se esconde un personaje de cierta complejidad, que exige transmitir tanto la intensidad de sus sentimientos como la inquietud ante el destino que lo aguarda. También nos ha gustado mucho Jorge Varandela como don Rodrigo, rival de Alonso, al que compone con acierto como un hombre dominado por la rivalidad y los celos.
Entre las actuaciones que más brillan está, sin duda, la de Arantxa Aranguren en el papel de Fabia, la alcahueta que nos recuerda inevitablemente a la Celestina y a la que recurren don Alonso y su criado para facilitar el encuentro amoroso con doña Inés. Aranguren está estupenda: despliega picardía, astucia y un extraordinario dominio de la escena. Su experiencia sobre las tablas se hace evidente en cada intervención, y su Fabia se convierte en una de las presencias más sobresalientes del montaje.
A su lado, Toni Misó está igualmente magnífico como Tello, el criado de don Alonso. Su interpretación aporta buena parte de los momentos más divertidos de la función, gracias a un sentido del humor que aligera la tensión de la trama sin desentonar con el conjunto. Es, sin embargo, en la escena final, cuando comparece ante el rey para relatar el asesinato de su señor y señalar a los responsables, donde alcanza una especial intensidad dramática. El contraste entre la comicidad que despliega a lo largo de la obra y la fuerza de su último parlamento convierte su intervención en uno de los momentos más potentes de la representación.
Completan el elenco Elisabet Altube, dando vida a Inés, y Clara Cabrera, en el papel de Leonor, hermana de la protagonista. Javier Díaz Gil encarna a Laín, mientras que Carlos Jiménez Alfaro interpreta al Rey y Sandra Landín encarna a Ana. Por su parte, Teo Maiztegui es Mendo y José Luis Martínez interpreta, con gran solvencia, al Condestable. Cierran la nómina Gerardo Quintana, como don Pedro, y Mateo Rubistein, en el papel de don Fernando. En conjunto, el reparto resulta variado y convincente, y sostiene con oficio y entrega la representación sobre las tablas del Teatro de la Comedia.
En definitiva, El caballero de Olmedo es una obra que merece la pena descubrir, tanto por su lugar entre las grandes creaciones de Lope de Vega como por la belleza de su verso. El montaje ofrece una oportunidad de acercarse al teatro clásico, aunque su puesta en escena tarda en encontrar toda su fuerza y alcanza sus momentos más logrados en el tramo final.
Lo mejor
La relectura de El caballero de Olmedo, las brillantes interpretaciones de Arantxa Aranguren y Toni Misó y los últimos cuarenta minutos de la puesta en escena, donde esta alcanza su plenitud.
Lo que menos nos ha gustado
La puesta en escena de la primera parte del montaje, que resulta algo plana al apostar desde el principio por una atmósfera sombría y misteriosa. Quizá habría ganado fuerza con un comienzo que concediera más espacio a la ligereza de los enredos amorosos y a los momentos de comicidad, para que la tragedia fuera imponiéndose de forma más gradual.
Aldo Ruiz
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