CALIFICACIÓN.- NOTABLE: 7
Del 20 al 28 de junio, en la Sala Verde de los Teatros del Canal se representa ‘Cucaracha’ de Sam Holcroft, una obra muy interesante, cruda, compleja y con muchas aristas, que se plantea qué ocurre con las personas cuando una guerra se convierte en la normalidad. La pieza no habla de una guerra concreta, ni de un país concreto, precisamente para que puedas pensar en cualquier conflicto, presente o pasado. ‘Cucaracha’ retrata cómo una comunidad educativa intenta no desmoronarse mientras el Estado convierte a sus adolescentes en material de guerra.
La acción transcurre en el aula de un instituto. Allí, la profesora Beth (Hiba Abouk) sigue enseñando biología y preparando los exámenes, aunque el mundo se esté derrumbando. No porque sea ingenua, sino porque cree que pensar y aprender es la última forma de conservar la humanidad. Pero, ¿puede la educación sobrevivir cuando todo alrededor está organizado para la guerra? ¿puede la educación salvarnos pase lo que pase? Fuera de ese aula, el país lleva años atrapado en una guerra interminable, vendida como «la Guerra Justa». Uno a uno, los alumnos varones son llamados a filas, entre ellos varios chicos del instituto.
En mitad de tanto horror, la violencia se va colando poco a poco por las rendijas: en el lenguaje, en los cuerpos, en la manera en que los chicos se miran. La clase se convierte en un campo de entrenamiento emocional, y el aula en un lugar donde la normalidad ya no protege a nadie. Las clases sobre evolución, adaptación y supervivencia no son casuales. Lo que estudian en la pizarra está ocurriendo fuera: sobrevive quien mejor se adapta.
Javier Amann, uno de los actores protagonistas y también productor del montaje, firma la adaptación de la obra de Holcroft que lleva por título ‘Cucaracha’. Y es que precisamente la cucaracha es uno de los animales más resistentes que existen. Puede sobrevivir a condiciones extremas. En la obra representa a quienes consiguen seguir vivos adaptándose a cualquier situación. Pero aparece el gran dilema: ¿es preferible sobrevivir a cualquier precio o mantener la humanidad aunque eso te haga más vulnerable?
Hay que alabar el trabajo de Amann puesto que la obra original toca muchos palos, es muy profunda y tremendamente compleja. El texto de Sam Holcroft tiene mucha ambigüedad, incluso momentos de humor negro, ironía y contradicciones. La dramaturga británica no construye una historia con una moraleja clara; prefiere que el espectador experimente la sensación de incertidumbre que viven los personajes. El aula parece un espacio cotidiano, pero nunca sabes cuándo esa normalidad va a romperse. De hecho, al principio, los alumnos aún conservan una idea de lo que está bien y lo que está mal. Al final, esas fronteras se han desdibujado. La violencia deja de ser algo exterior y entra en el aula, en las amistades, en el deseo, en la manera de pensar. Entonces, el aula deja de ser un aula. Al comienzo era un espacio protegido, donde las ideas podían discutirse. Al final, ese espacio ha desaparecido simbólicamente. Ya no manda el conocimiento; manda la fuerza. Es como si la guerra hubiera conquistado el último lugar donde todavía era posible pensar.

Una de las cosas que más llama la atención del montaje es cómo está reflejada esa violencia de la que estábamos hablando. En la obra hay muchísimo contacto físico: empujones, peleas, forcejeos, invasiones del espacio personal… Y es que el texto deja bien claro que la guerra no solo ocupa un territorio; también ocupa los cuerpos. Cuando uno de los chicos invade el espacio de una compañera o ejerce poder sobre ella, está reproduciendo exactamente la misma estructura de dominación que existe fuera. Es como si la violencia política acabara convirtiéndose en violencia cotidiana.
Los dos personajes masculinos que aparecen en ‘Cucaracha’ (Davey y Lee) no representan simplemente a «hombres malos». Son jóvenes que han aprendido que, para sobrevivir, deben demostrar fuerza, dominar a los demás y no mostrar vulnerabilidad. En un ambiente de guerra, la empatía empieza a verse como una debilidad, y la agresividad como una virtud. Por eso la violencia física y sexual no aparece como un episodio aislado, sino como una continuación de la lógica militar. Si fuera del aula todo se resuelve mediante la fuerza, dentro del aula ocurre lo mismo. El hecho de que los chicos sean tóxicos, no significa que las chicas sean unas simples víctimas. Sufren esa violencia, sí, pero también toman decisiones difíciles, manipulan en algunos momentos, buscan estrategias para sobrevivir. Holcroft evita hacer personajes completamente buenos o completamente malos. Todos están siendo transformados por el mismo entorno.
La puesta en escena de ‘Cucaracha’ corre a cargo de Julián Fuentes Reta, un director con mucha experiencia que ya ganó el premio Max 2015 a Mejor Director y Mejor espectáculo por esa maravilla que fue ‘Cuando deje de llover’. También dirigió en 2019 ‘Las cosas que sé que son verdad’ en los Teatros del Canal, con Verónica Forqué como protagonista, o la más reciente ‘Canción del primer deseo’ en el Teatro de la Abadía.
En ‘Cucaracha’, Fuentes Reta ha planteado una puesta en escena muy austera, con una iluminación sombría, escenas con mucho contacto físico y una tensión constante desde el comienzo del montaje. Él mismo, junto a Ciru Cerdeiriña, ha diseñado la escenografía donde el espacio se reduce a pupitres (mesas y sillas) y unas cajas de madera al fondo. Es un espacio casi vacío. Ese vacío convierte el aula en un lugar abstracto. Ya no es un colegio concreto, sino cualquier lugar donde la educación intenta resistir frente a la violencia. La historia podría estar ocurriendo en cualquier país y en cualquier época.
Sin embargo, a pesar de la coherencia de esta estética sobria con el tono de la obra, la dirección imprime una atmósfera amenazante desde el primer momento, sin dar demasiado respiro a la sensación de opresión. Aunque esto subraya la intensidad emocional, se echa en falta más variedad de contrastes. Por ejemplo, yo habría agradecido que -al principio- el aula pareciera más «normal», con momentos típicos de adolescentes, bromas entre compañeros, algo más ligero como ocurre en el texto de Holcroff -que no es uniformemente oscuro-. Así, cuando llega la violencia, el contraste sería mucho más evidente. En la versión de Fuentes Reta, la amenaza está tan presente desde el principio que sales del teatro con una sensación de opresión, y probablemente eso es exactamente lo que buscaba el director. Pero, cuando todo está en un registro tan alto de intensidad, los contrastes y los matices se pierden.

Otro de los aspectos más importantes de la puesta en escena es el trabajo corporal que desarrollan todos los interpretes. Durante una hora y cuarenta y cinco minutos, los actores se dejan la piel sobre el escenario -literalmente-, manteniendo una intensidad física y emocional que convierte la obra en una experiencia asfixiante. Esto nos deja, sin duda, imágenes impactantes, de una gran potencia estética y crudas a la vez. Podríamos decir que es un montaje como ‘Cucaracha’, el trabajo físico no es un complemento de la interpretación; es la interpretación en sí misma.
Uno de los puntos fuertes de ‘Cucaracha’ es su magnífico reparto, encabezado por Hiba Abouk (que se ha alternado con Esther Acebo), dando vida a Beth, la profesora. Se trata de un personaje tremendamente difícil. Ella intenta mantener unas normas éticas mientras el mundo se descompone. Quiere seguir hablando de biología, pero poco a poco pierde autoridad porque las reglas del exterior entran en el aula. Abouk sale muy airosa del reto y nos brinda una actuacion muy sólida. A nivel interpretativo, está muy bien y tiene momentos brillantes como ese dolorosísimo final, aunque quizá se echa en falta una mayor expresividad corporal, algo que puede deberse a su todavía escasa experiencia sobre los tablas.
Junto a ella, encontramos un excelente grupo de jóvenes intérpretes que forman un elenco muy compacto, en el que todos aportan credibilidad y equilibrio. Julio Peña está muy convincente dando vida a Davey aportando frescura y naturalidad. Acostumbrado a verlo en el cine y series de televisión, Peña demuestra compromiso y valentía al enfrentarse a una obra de estas características. Mención especial merece Javier Amann, quien además de encarnar a Lee, uno de los personajes más conflictivos de la obra, es también productor y adaptador del montaje, lo que hace aún más meritorio su trabajo. Su actuación está llena de fuerza e intensidad y consigue captar la atención del espectador desde su primera aparición.
Completan el reparto Lucía Díez (estupenda en la piel de Leah, la atormentada novia de Lee), Nakarey (interpreta a Danielle, la inquietante chica de la que está locamente enamorado Davey, y también es productora de la obra) y Miriam Keba. Destacar especialmente a esta última, fantástica dando vida a Mmoma, que protagoniza algunas de las escenas más bonitas de la función. Como por ejemplo, aquellas en las que conversa con un soldado imaginario y termina cantándole ‘Where do I begin’, el tema que interpretaba Shirley Bassey en ‘Love Story’. Por cierto, canta genial y tiene una voz preciosa.
Como señalábamos anteriormente, el elenco funciona como conjunto. De hecho, creo que ahí radica uno de los mayores aciertos de Fuentes Reta como director. Aunque tenga algunas reservas sobre su propuesta escénica, él consigue que el reparto se comporte como un auténtico bloque. Todos ellos se miran, se observan, reaccionan constantemente unos a otros, incluso cuando un personaje no está hablando. Eso requiere mucho trabajo de dirección.

Lo mejor:
El magnífico trabajo de todos los miembros del elenco, que se dejan la piel en el escenario interpretando unos personajes llenos de aristas en un texto complejo y cargado de profundidad.
Lo que se podría mejorar
Algunos aspectos de la propuesta escénica de Julián Fuentes Reta. Quizás se echa en falta una mayor variedad de contrastes y matices a lo largo de toda la obra.
Aldo Ruiz
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