‘EL JARDÍN QUEMADO’: MAYORGA SE ADENTRA EN LA MEMORIA HISTÓRICA CON UN DESLUMBRANTE EJERCICIO DE DIALÉCTICA AL QUE LE CUESTA ENCONTRAR LA EMOCIÓN

CALIFICACIÓN: BIEN.- 6

Salgo de El jardín quemado con la misma sensación agridulce que tuve tras ver dos de los últimos montajes de Mayorga en La Abadía, María Luisa y La colección (Los yugoslavos no tuve la ocasión de verlo por cuestiones de salud). Y es que no cabe duda de que estamos ante un dramaturgo extraordinario, con un dominio absoluto del lenguaje y un don descomunal para la escritura, pero ¿dónde queda la emoción? Reconozco que, en sus últimas obras, el Premio Princesa de Asturias de las Artes me ha fascinado por momentos con esa magia que solo él es capaz de crear en una sala de teatro y ese halo de misterio que envuelve su dramaturgia. Sin embargo, la complejidad de sus textos y la eternidad de sus parlamentos terminan lastrando unas obras que, por unas razones u otras, no me han tocado la fibra.

Con El jardín quemado me ha vuelto a ocurrir y, a tenor de la respuesta del público que abarrotaba la sala grande de la Abadía, no soy el único al que le ha pasado. Poco más de un minuto de aplausos puso el punto final a la función. A la salida, conversé con siete u ocho espectadores, habituales del teatro, y la sensación era bastante generalizada. El exigente texto de Mayorga no solo no les había emocionado en líneas generales, sino que, además, a la mayoría les había resultado difícil seguir el hilo durante la hora y cuarenta minutos que dura la función.

Es incuestionable la riqueza, la profundidad y la belleza del texto, cargado de matices, sutilezas y recovecos. Pero yo me pregunto si, en ocasiones, su complejidad puede levantar una barrera con el espectador, porque hay momentos en los que resulta necesario hacer un esfuerzo considerable para no perderse. La escena inicial, que te atrapa por completo, hace presagiar una obra fascinante. Sin embargo, a medida que avanza, Mayorga se adentra cada vez más en la complejidad de su discurso, hasta convertir el desarrollo en un deslumbrante ejercicio de dialéctica que no sé muy bien a dónde va. Hay, por supuesto, grandes momentos sustentados en un magnífico trabajo actoral y en un soberbio trabajo artístico en todos sus apartados, pero quizá todo ese despliegue termina dejando la emoción en un segundo plano. Y mira que la historia tiene todos los mimbres para tocar la fibra.

Mayorga escribió El jardín quemado en 1997 y ahora lo vuelve a estrenar casi 30 años después en la Abadía, en el que es su cuarto espectáculo —como autor y director— desde que asumió la dirección artística de este teatro en 2022. Estamos ante una obra compleja y con muchas aristas que aborda el espinoso tema de la memoria histórica y reflexiona sobre lo imprevisible del tiempo y la dificultad de juzgar los hechos pasados.

La acción transcurre en una isla, en los años setenta, recién llegada la democracia, concretamente en el hospital psiquiátrico de San Miguel. Mayorga ha eliminado todas las referencias a España que aparecían en el texto original de 1997. Durante la guerra, varios hombres sanos fueron ingresados allí. Garay, la directora del psiquiátrico (estupenda Adriana Ozores), construyó un espacio para proteger a las víctimas de la represión fascista. Años después, con ella todavía al frente, llega a San Miguel su discípula más brillante, Benet (magnífica Loreto Mauleón), dispuesta a resolver los enigmas que encierra aquel lugar y a descubrir qué se esconde en ese jardín quemado del hospital. Benet se enfrenta a Garay con la firme intención de restituir la memoria de las víctimas, pero pronto se dará de bruces con una realidad mucho más compleja de lo que imaginaba: aquellos internos que han sobrevivido allí durante todos esos años parecen habitar ya un mundo propio, suspendido entre el pasado y el presente.

Los internos del psiquiátrico son Cal (Miguel Hermoso), que dice ser Blas Ferrater, el poeta desaparecido por el bando fascista —es inevitable no identificarlo con Lorca—; Oswaldo (Joserra Iglesias), un criador de perros imaginarios; y Pepe y Néstor —interpretados brillantemente por Mariano Llorente y Jesús Barranco—, dos internos «siameses» que juegan una partida de ajedrez eterna a la que se suma Benet. Otro de los internos, aunque ya no esté en el sanatorio, es Calatrava (maravilloso Jesús Barranco), que se mete en la piel de un hipnótico mimo, lastrado por un oscuro pasado. Este personaje es una pieza clave en la historia y Mayorga lo utiliza, con muy buen tino, para arrancar la pieza y ponerle el colofón.

Otra cuestión que me subyace tras ver ‘El jardín quemado’ es si Mayorga es el más apropiado para dirigir algunas de sus propias obras. Y es que es tal el calado, la profundidad y la complejidad de sus textos que, quizás, la mirada de un director ajeno a la obra original podría ayudar a sacar más partido a la puesta en escena y, al mismo tiempo, acercarla a los espectadores. Alguien que, sin estar condicionado por el universo que él mismo ha creado, pudiera aportar una mirada diferente y encontrar otras vías para hacer más accesible todo lo que encierra su dramaturgia. Yo, sinceramente, creo que otro director de escena podría sacar mucho más rendimiento a algunas de las obras del genial dramaturgo y, concretamente, a la gran historia que encierra El jardín quemado.

Dicho esto, y como Mayorga se rodea siempre de los mejores profesionales, la puesta en escena del montaje tiene momentos realmente brillantes, como el maravilloso y misterioso arranque, el gran duelo interpretativo entre Adriana Ozores y Loreto Mauleón, el excelente diseño de luces de Juan Gómez-Cornejo —precioso el arranque con esa iluminación que se cuela por los huecos de las paredes de madera— y la espléndida partitura musical que ha creado Jaume Manresa, junto al espacio sonoro, que constituyen uno de los puntos fuertes del montaje. Y, por supuesto, la escenografía minimalista y el vestuario que ha creado otra grande en su campo, Elisa Sanz.

Ahondando en la puesta en escena, Mayorga se atasca en la parte central de la función, donde la dirección se hace un tanto monótona y reiterativa. Los artificios a los que recurre llegan un momento en que parecen más de lo mismo y no hay elementos innovadores que ayuden a sobrellevar la exigencia del texto. Quizás sea esa su pretensión, no lo dudamos. Por eso sugeríamos antes la posibilidad de introducir otro director de escena que, a buen seguro, ayudaría a desatascar determinadas partes del texto y a soltar lastre en algunos momentos. A pesar de todo, siempre es un reto y un disfrute enfrentarse a un nuevo trabajo de una de las mentes más privilegiadas que ha dado el teatro español.

Lo mejor:

El arranque del montaje, muy bonito, fascinante y lleno de misterio; el duelo interpretativo entre Adriana Ozores y Loreto Mauleón; el magnífico diseño de luces; y la espléndida partitura musical y el espacio sonoro.

Lo que se podría mejorar:

Al montaje le falta un clímax realmente emotivo que toque la fibra del espectador. También se podrían aligerar algunas partes del texto, que terminan resultando un tanto monótonas, y mejorar algunos aspectos de la puesta en escena para hacerla más inteligible a todos los públicos (al menos, a una buena parte).

Aldo Ruiz

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Un comentario en “‘EL JARDÍN QUEMADO’: MAYORGA SE ADENTRA EN LA MEMORIA HISTÓRICA CON UN DESLUMBRANTE EJERCICIO DE DIALÉCTICA AL QUE LE CUESTA ENCONTRAR LA EMOCIÓN”

  1. no puedo compartir con usted que al montaje le faltara un clima emotivo que tocará la fibra del espectador. A este espectador si le emocionó, y tal vez fuera lo que más le gustara de la obra, el texto no le pareció monótono y el conjunto le resultó inteligible.

    Comparto sus opiniones sobre el montaje y la interpretación.

    Atentamente.

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