‘HERMANAS’: MAGNÉTICAS IRENE ESCOLAR Y BÁRBARA LENNIE EN EL EXPLOSIVO COMBATE DIALÉCTICO DISEÑADO POR PASCAL RAMBERT

CALIFICACIÓN.- EXCELENTE: 8

‘Hermanas’ es, sin duda, uno de los platos fuertes de este comienzo de 2019. Un cara a cara de Bárbara Lennie e Irene Escolar encima de un escenario no se ve todos los días. La ocasión merece la pena. Pascal Rambert, autor de ‘La Clausura del Amor’, las enfrenta en un combate a cara de perro, sin miramientos y, eso, que interpretan a dos hermanas. Una batalla de muchos quilates en la que las dos actrices sacan a relucir sus mejores armas. El duelo está servido; Bárbara Lennie versus Irene Escolar en el Teatro Kamikaze hasta el 10 de febrero. Y, lo peor de todo, es que ya no quedan entradas. Tendrá que haber un segundo asalto. No queda otra. 
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Bárbara Lennie e Irene Escolar, las dos protagonistas de ‘Hermanas’.

Noventa minutos sin tregua de principio a fin. Esto es lo que nos brinda Pascal Rambert en ‘Hermanas’ con un duelo interpretativo de altos vuelos entre dos de las mejores actrices de este país. Siguiendo la estela de sus anteriores textos estrenados en España, ‘Ensayo’ y ‘La clausura del amor’, Rambert nos ofrece un montaje cargado de intensidad –y de monólogos-, con diálogos vertiginosos y profundos, muy sencillo en su puesta en escena, en el que disecciona las relaciones humanas, en este caso, la tormentosa y tóxica relación entre dos hermanas; Bárbara -la hermana mayor- e Irene, la pequeña. 

La obra comienza ya de manera fulgurante, con la irrupción por sorpresa de las dos protagonistas discutiendo en medio del patio de butacas. Irene se ha presentado en el lugar de trabajo de Bárbara para montarle un pollo y saldar, así, las deudas que tienen pendientes desde hace muchos años. A medida que se va desarrollando la trama, entenderemos los motivos que han llevado a la hermana pequeña a aparecer repentinamente en aquel lugar.

Desde ese primer momento se sucede el cruce de reproches entre Irene y Bárbara. Si la una ataca, la otra le responde aún con más contundencia. Así transcurre la primera parte de la obra, sin respiro,  que concluye con un clip musical -magnífico- en el que las dos hermanas bailan juntas al ritmo de una pegadiza y discotequera canción. Siguiendo el lema del famoso refrán español de que la música amansa a las fieras, Rambert introduce ese oasis de paz en medio de tanta guerra, que sirve -y mucho-, para desengrasar y  rebajar la tensión que se había acumulado hasta ese momento. Además es incuestionable su potencia estéticamente. Pero todo queda en un espejismo, porque si piensan que la guerra había parado ahí, están muy equivocados. A continuación, se hace más virulenta, aún si cabe, mucho más cruda. Bárbara e Irene, Irene y Bárbara se atacan mutuamente, sin compasión, sin tregua, sin miramientos, y se sueltan todo aquello que tenían guardado hasta las mismas entrañas. Es, en esta segunda parte, cuando se alcanza el culmen de la obra. Cuando Bárbara Lennie nos estremece con un monólogo en el que reivindica su trabajo -ella es trabajadora social-. Un monólogo contundente, muy emocional, en el que ella se desnuda y se desfoga contra su contrincante y, a la vez, hermana. Irene le replica con otro monólogo arrollador, metiéndose en la piel de la madre de ambas, en una actuación soberbia que nos deja sin aliento. 

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Bárbara Lennie, Pascal Rambert e Irene Escolar. Trío de ases entre las sillas de colores que tanto protagonismo adquieren en la segunda parte del montaje.

Lo cierto es que las dos están increíbles. Quien vea ‘Hermanas’ llegará a la conclusión -por si no lo había hecho todavía- que estamos ante dos animales escénicos. La Lennie es una actriz inmensa y todoterreno donde las haya y, si no, fíjense en lo que hizo el año pasado en todos sus papeles en la gran pantalla. En ‘Hermanas’ saca a relucir lo mejor de sí misma; su luz. Brilla y deja brillar a Irene Escolar que, en la piel de la más pequeña, nos sacude en varios momentos de la función. Escolar derrocha fuerza a raudales y, al mismo tiempo, es capaz de transmitir toda la fragilidad y la sensibilidad que atesora su personaje. Irene es un torbellino de emociones que, Escolar, canaliza como nadie. Rambert ha hecho un trabajo extraordinario dejando que estas dos ‘hermanas’ españolas vuelen por sí solas y muestren su esencia sobre las tablas. Para ello las mueve por todos los rincones del teatro e, incluso, las hace bajar en varios momentos al patio de butacas, para que sus personajes exploten y desfoguen. 

Al igual que hacía en ‘Ensayo’ o en ‘La Clausura del Amor’, el francés nos ofrece una puesta en escena muy sencilla dejando todo el protagonismo a la actuación de las dos actrices que se dejan la piel -y las manos- sobre las tablas del Pavón. La escenografía es simple; la acción está ambientada en una sala de conferencias, vacía durante toda la primera parte, en la que hay dos altavoces, muchas botellas de agua situadas por todos los rincones la sala y, el techo, que está poblado de barras lumínicas de color blanco -al igual que las paredes-. En la segunda parte -muy acertadamente-, el escenario se llena de sillas de colores, -que la propia Bárbara se encarga de colocar meticulosamente-. Entre esas sillas, que simbolizan -a las mil maravillas- el laberinto emocional en que se encuentran las dos hermanas, se desarrolla la segunda parte de la obra, una batalla explosiva en la que la que no hay ganador. Las dos hermanas pierden, pero sale ganando el teatro en un combate dialéctico de muchos quilates con dos magnéticas y poderosas actrices. 

Aldo Ruiz

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