CALIFICACIÓN.- 5
Se acaba de estrenar en el Fernán Gómez ‘Testigo de cargo’, de Agatha Christie. Una adaptación, que lleva la firma de Roberto Santiago y está dirigida por Fernando Bernués, y que podrá verse hasta el próximo 26 de enero. Se trata de una de las obras más redondas y ambiciosas de la dama del misterio y, para muchos, el primer thriller judicial de la historia. En ella se tratan temas esenciales como la toxicidad de las relaciones de pareja, la manipulación de las personas que amamos y el límite de la justicia. También se habla de la identidad humana: quiénes somos en distintos momentos de nuestras vidas; cómo esa esencia es algo mutable, en permanente cambio.
La trama está ambientada en Londres, en 1947. Allí, entre la niebla que envuelve la ciudad al anochecer, se produce un terrible crimen: una viuda solitaria y adinerada (Emily French) es apuñalada en su mansión. El único sospechoso es Leonard Vole, atractivo buscavidas que mantenía con la difunta una extraña amistad. Para más inri, en su testamento la anciana deja toda su fortuna a Leonard y todas las pistas apuntan a él. Para sorpresa de todos, el famoso e implacable abogado sir Wilfrid Roberts acepta defender al acusado, enfrentándose a un caso prácticamente imposible. La única coartada del sospechoso se desmorona cuando su propia esposa, Romaine Vole, testifica contra él, asegurando que la noche del asesinato su marido regresó a casa de madrugada con las manos y la ropa ensangrentadas. Tras este inesperado “testigo de cargo”, el juicio parece visto para sentencia.
Roberto Santiago firma esta notable versión que tiene como gran objetivo mantener la intriga atrapando al espectador desde el minuto uno y no lo soltándolo hasta el impactante desenlace. Santiago incide en potenciar todos los elementos de thriller contemporáneo creando una atmósfera que se va haciendo más y más densa durante el juicio hasta el sorprendente final con ese gran giro que deja a los espectadores con la boca abierta. Además, el Santiago se deja llevar por la otra seña de identidad de Christie como dramaturga, que es la construcción de personajes universales con los que nos identificamos enseguida, prototipos muy particulares de la lealtad, la codicia, el poder o la traición.
Partiendo de esta excelente materia prima, Fernando Bernués se encarga de llevar a escena la historia. Y aquí radica, a nuestro juicio, el punto débil de este montaje. En primer lugar, el espacio escénico diseñado por él mismo resulta frío y poco acogedor. En el tapiz blanco (con fondo blanco), los personajes se desdibujan entre medias de unos cuantos bancos negros que se van moviendo componiendo las distintas estancias en las que transcurre la trama. En uno de los laterales, además, hay un piano que Nerea Mazo toca en diferentes momentos de la representación. Otro elemento que queda completamente diluido en la puesta en escena.
A todo ello, hay que sumar las inexpresivas ilustraciones audiovisuales que poco aportan a la puesta en escena y que resultan bastante planas. En estos tiempos que corren donde, en muchos montajes, se utilizan videoproyecciones exquisitas y espectaculares, aquí resultan totalmente insulsas y desvirtúan el resultado final. Nosotros hubiéramos apostado por otras mucho más cálidas o apropiadas, que te metan de lleno en la trama y no que te saquen.
La dirección, en líneas generales, lastra el maravilloso texto de Agatha Christie, tanto en la puesta en escena como en la dirección de algunos actores. Para todos aquellos que tenemos muy presente la obra original de la novelista británica o la adaptación cinematográfica de Billy Wilder, nos ha decepcionado esta nueva adaptación, a la que íbamos -desde luego- con muchas ganas. Quizás para quitarnos el sabor agridulce que nos había dejado aquella otra de hace diez años en el Teatro Amaya con Manuel Galiana interpretando al famoso abogado y Paca Gabaldón dando vida a Romaine.
Dentro del montaje, sí nos gustaría destacar el fantástico trabajo de Elda Noriega en el diseño de vestuario, la iluminación de Ciru Cerdeiriña, y la música original de Orestes Gas, también responsable de la ambientación sonora.

Uno de los grandes atractivos del montaje es el elenco encabezado por Fernando Guillén Cuervo, que está estupendo dando vida a sir Wilfrid Roberts. Suyos son los mejores momentos de la función, en la que está acompañado muy bien por Adolfo Fernández (interpretando al juez y al mayordomo), Markos Marín (dando vida al fiscal) y María Zabala, en la piel de la procuradora. Completan el reparto: Bruno Ciordia (Leonard Vole), Isabelle Stoffel (Romaine), Borja Maestre (el inspector) y Nerea Mazo (pianista y novia de Leonard).
Lo mejor: el texto original de Agatha Christie, adaptado aquí por Roberto Santiago, y la magnífica actuación de Fernando Guillén Cuervo dando vida al protagonista.
Lo menos bueno: la puesta en escena de Fernando Bernués, fría, plana y poco acogedora, que nos aleja totalmente del alma de la obra de Christie.
A veces hasta en el teatro hay días fatídicos y el sábado 3 de Mayo en el Teatro Arriaga lo ha sido en cierto modo para esta representación
Es cierto que en una obra de teatro, la flexibilidad en la interpretación es importante para darle vida a los personajes y hacer la puesta en escena más natural y dinámica. Los actores pueden añadir matices a sus diálogos, improvisar ciertas partes o ajustar el texto para que se sienta más auténtico, dependiendo del contexto y la dirección.
Sin embargo, cometer errores gramaticales en una obra escrita puede resultar problemático, ya que la estructura del lenguaje es parte fundamental del mensaje y la estética de la obra. Los errores gramaticales pueden romper la inmersión y la credibilidad del personaje, especialmente si el texto original fue cuidadosamente elaborado. Además, la correcta pronunciación y uso del lenguaje son esenciales para transmitir el tono, la intención y la profundidad de los diálogos.
En resumen, aunque la improvisación y cierta flexibilidad son clave en la interpretación teatral, la precisión gramatical sigue siendo fundamental para mantener la calidad del texto y la coherencia de la obra.
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