‘PUÑOS DE HARINA’: JESÚS TORRES, SOBERBIO, NOS REGALA UNA DE LAS MEJORES INTERPRETACIONES DEL AÑO EN UN MONTAJE EXQUISITO Y LLENO DE BELLEZA

CALIFICACIÓN.- SOBRESALIENTE: 9

‘Puños de harina’ regresa los escenarios madrileños, en este caso al Teatro Quique San Francisco, donde se podrá ver hasta el 21 de noviembre. Estamos ante uno de los mejores monólogos de 2021 que, además, ha sido candidato a cuatro Premios Max. Es una obra escrita, dirigida y protagonizada por Jesús Torres que reflexiona sobre el racismo, la homofobia, la violencia y la masculinidad.

Tras representarse en el Teatro Fernán Gómez y en la Sala Mirador, ‘Puños de harina’ aterriza ahora en el Teatro Quique San Francisco. Jesús Torres ha confeccionado un magnífico monólogo impregnado de belleza y sensibilidad, que se ha convertido en una de las sorpresas más agradables de 2021. Siguiendo la estructura de un combate de boxeo, la obra nos cuenta, en diez asaltos, dos historias de forma paralela. Por un lado, la historia real de Rukeli, el boxeador alemán y gitano que desafió al mismísimo Hitler en la época de la Alemania nazi. Por otro lado, conoceremos a Saúl, un gitano homosexual que, en la España rural de los 80, busca su identidad e intenta sobrevivir en el seno de una familia tradicional con un padre autoritario y maltratador. Una de las claves del texto es que las dos historias empastan la perfección -confluyen en un final hermosísimo-, el ritmo no decae en ningún momento y la estructura es todo un acierto: funciona como el mecanismo del un reloj. 

A lo largo de noventa minutos, Jesús Torres aborda la historia de Rukeli y la de otros gitanos que lucharon, murieron o intentaron -por todos los medios- sobrevivir al Holocausto o a la sociedad que les tocó vivir. Además del racismo y la violencia, el dramaturgo gaditano analiza el concepto de masculinidad y fija su mirada en aquellos hombres que se esfuerzan por encajar en el concepto ideal de ser hombres de verdad en un contexto que los rechaza por su raza u orientación sexual, como es el caso de Saúl. 

Hay que quitarse el sombrero ante Jesús Torres que, además de escribir un texto excelente, ha sido capaz de llevarlo a escena con la misma brillantez, sensibilidad y elegancia. En muchas ocasiones, se parte de un maravilloso material pero la dirección lleva un enfoque radicalmente diferente que te aleja de la esencia de la historia. En ‘Puños de harina’, texto y puesta en escena van de la mano en un montaje exquisito en el que la escenografía de Jesús Díaz juega un papel fundamental. Un gran cubo cubierto de tela blanca preside el escenario. Ahí, transcurre el cincuenta por ciento de la acción. Un elemento muy importante en la puesta en escena sobre el que se proyectan imágenes durante toda la función (gran trabajo de Elvira Zurita). La escenografía se completa con tres estructuras metálicas, situadas a la izquierda del cubo, que van cambiando de posición a lo largo de los noventa minutos y configurando las distintas estancias donde transcurre la historia de Saúl. En la parte derecha, hay un saco de boxeo y un cubo con harina, cruciales en la trama de Rukeli. Con muy pocos elementos pero brillantemente utilizados, Díaz y Torres nos brindan una puesta en escena de muchos quilates.

Otro de los puntos fuertes de ‘Puños de harina’ es, sin duda, el extraordinario diseño de luces de Jesús Díaz Cortés, que es una auténtica delicatessen, y que nos deja imágenes bellísimas con una estética realmente potente. Un trabajo sensacional que merece ser estudiado en las escuelas de teatro y que ha sido finalista en los premios Max. Finalmente, no se llevó el galardón, pero el ser finalista ya es un logro importantísimo. Destacar también el espacio sonoro y la música, obra de Alberto Granados, que ponen el colofón perfecto a una puesta en escena sumamente cuidada y estudiada hasta el más mínimo detalle.

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Hemos dejado para el final la actuación de Jesús Torres; una actuación redonda que también ha sido candidata -en 2021- a los premios Max como Mejor Interpretación Masculina. Sin lugar a dudas, el actor gaditano nos brinda una de las mejores interpretaciones del año. A lo largo de noventa minutos, se deja la piel en los diez asaltos desdoblándose en Rukeli y Saúl, dos personajes muy diferentes pero que tienen mucho en común, y que permiten a Torres dar todo un recital interpretativo -sin hacer alardes-. La fuerza y la lucha titánica de Rukeli para intentar sobrevivir dentro y fuera del ring están plasmadas a la perfección por Jesús, al igual que la sensibilidad y la gracia de Saúl. (Es de vital importancia el humor en este personaje porque, a pesar de todas las vejaciones que sufre, en ningún momento se recrea en la herida ni en el drama). El actor borda los dos personajes, dotándolos de una enorme humanidad que es capaz de transmitir en cada uno de sus gestos, sus palabras o sus movimientos (destacar el trabajo coreográfico de Mercé Grané). En definitiva, Jesús Torres realiza una actuación soberbia y llena de verdad, que te remueve por dentro y que el público, en pie, le recompensa con una cerradísima ovación. 

Aldo Ruiz

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